sábado, 30 de agosto de 2008

Hechos comprobados


Imagen de "La invención de Morel", film de Andrés García Franco. México 2006

Utopía y exilio no son conceptos dispares; ambos son el infierno esperado. Esta convicción me asaltó al leer “La invención de Morel”. Tiene razón Bioy —pensé—, nada peor que una vida irreparablemente casual, alejada de la felicidad del anacronismo y de su eternidad repetida. Conservarse en ella es una utopía imposible, pero también una esperanza para el exiliado, un ser que vive sin ley, desobedeciendo puntualmente al Universo…
Saber que algo es imposible nos convierte a veces en animales obstinados, adictos al absurdo. Acertamos tan pocas veces que, al atinar, desdeñamos la novedad. Nuestra vida debería discurrir como una de esas historias que nos ayudan a dormir; siempre la misma, para que al sueño no le entre el miedo de la sorpresa. De eso se trata al fin y al cabo, de vivir entre postergaciones y anacronismos, atrapados en un bucle, sabiendo que nuestra historia conocida jamás dejará de interesarnos. Con esa intención regreso ahora a todo lo que el pasado hizo posible y a todo lo que anunció y dejó postergado en el tiempo infinito de la promesa; tolero incluso esa virtualidad, porque hay cosas que, al no acontecer, dejan de ser fortuitas y se mantienen posibles incluso en la memoria, sin haber conocido la angustia de lo real. También lo repetido se nutre de ese vacío, de libros nunca leídos, de ciudades nunca visitadas, de hechos nunca comprobados que han de permanecer así en nuestra nostalgia, inmunes a lo real.

viernes, 29 de agosto de 2008

Lugares vacíos en la celebración

Un año sin Umbral, eso nos recordaba ayer la prensa, pero sólo aquélla en la que él escribía, la última, que al final siempre es la única. Me lloverán las críticas, pero no dejo de pensar que el Umbral sectariamente recordado era un ser cada vez más reducido a ese tiempo de espera que es la vejez y la columna periodística, ventana abierta a un mundo que, cansado él también de esperar, reduce sus dimensiones a las de un recoleto patio de luces.
Uno no se acuerda mucho de Umbral, pero siente nostalgia de esa universalidad: del trinar de los pájaros en el alambre (del tendedero), de las voces de portera y del olor a estofado, entre otras cosas. Bien pensado, el patio de luces es como el infierno de Dante, una verticalidad suicida en la que se acumula una vida decreciente. La pirámide social no deja de ser un sumidero, y nuestra memoria también lo es; deja a los muertos blasfemando en el abismo de los réprobos y de vez en cuando baja a rescatarlos; se trae su vestuario, pero deja su alma en la oscuridad, quizás para no desmentir a Virgilio (facilis descensus averni, etc.)…
De la muerte de Umbral sólo hacen efeméride sus compañeros de armas, hermanos, primos y demás familia literaria, porque la escritura es ante todo genética, y la memoria, de padres a hijos, es como una de esas reuniones familiares en nochebuena: finge amor y sonrisas mientras devora un cadáver. El amor escribe como mata: por la espalda, pensando que lo único horrible de la muerte es el lugar que deja vacío. Porque de eso se trata al fin y al cabo: de ocupar un lugar. Quien les escribe afronta, en lo suyo, el mismo dilema, sabiendo que el olvido —de sí mismo y del otro— queda pendiente de una engañosa vindicación que lo clausure. En eso estamos, esperando la efeméride y el eterno retorno, alimentando la nostalgia como un cuervo que nos ha de sacar los ojos. Como ven, al final yo también he llegado a mi patio de luces, a mi verticalidad suicida, a mi vejez de escritor sin columna. Desde esas alturas miro con tristeza la vida decreciente de mis páginas en blanco, el lugar que, por respeto, he decidido dejar vacío…

jueves, 28 de agosto de 2008

Soliloquio

Acabo de releer “Amore”, de Giorgio Manganelli, un texto monumental y oscuro, de digestión lenta y difícil y de belleza abrasiva, de esa que no se puede (ni se debe) mirar directamente a los ojos, no por el espanto, sino por la contagiosa voluptuosidad de su prosa. Me atreveré a decir, sin embargo, que los caminos del amor eran inescrutables hasta que este olvidado milanés los ha desbrozado y convertido en elegía, en testamento escrito por quien ya ha librado todas sus batallas, por quien ha muerto ya todas las veces y de todas las muertes que el amor define, por quien vive ya en las postrimerías, en el poso, en el excremento, en la noche y la ciénaga definitivas del amante. Adentrarse en esa noche supone, además del esfuerzo lector, un doloroso ejercicio de memoria.
Eso me dicen la noche y la memoria como devota lectura: que el amor escribe en un pergamino viejo que no se llega a renovar como palimpsesto, y que, en realidad, cada escritura nueva es una ironía que nos otorga la derrota de saber lo viejo: que sólo una ausencia, querida e impronunciable, nos define. Si el amor no existe es porque su verdadero objetivo —la búsqueda de esa ausencia— es un juego desleal. Jugamos para perder, pero también para escribir, y esta escritura mía, imprudente glosa, no es más que el cínico despojo de esa abrasiva belleza que nombré al principio; la soledad que me convierte en incomprensible pergamino

martes, 26 de agosto de 2008

Carmen et error

Joachim Patinir. Caronte cruzando la laguna estigia

Una vez fui severo con Ovidio; leí su libro de pelo despeinado, las humilladas Tristia, y no le perdoné el perdón solicitado ni acepté que quisiera salvarse sin sus palabras. No me pareció cobarde el miedo sino la tristeza de quien no sabe vivir sin la hiedra de los poetas felices coronando su cabello. Hasta que la compartí no entendí la ingrata piedad de los tristes ni su humillado esfuerzo por regresar a la felicidad de la que tomaron sonoro nombre y dorada efigie. No supe ver que la tristeza teme el despojo hasta la usura y especula con él para poder quedarse en el mismo lugar que la muerte, postrada al pie de los Lares…
El exilio es un lugar sin nombre, donde las palabras se vencen en la humillada retórica de la compasión o caen en el más secreto odio, quedándose entonces sin sintaxis, en la pura crepitación, en el trueno… Quién sabe cuántas veces escupió Ovidio sus adjetivos contra el cielo de Tomis, lamentando lo ilustre, la proximidad de ese alcázar que sólo debería darnos a conocer la soledad de los poderosos, no su justicia. Pero nada de eso nos queda, sólo un recuento de ausencias que acompañan el paso tácito de la edad hacia la muerte y la aplicada retórica de quien cree que para defenderse debe castigarse aún más…
Quien como Ovidio se ve caminando hacia un lugar sin retorno, comprueba que en su fuga lo quema y lo salva todo, pues aquello a lo que renuncia tiene más vida de la que se puede matar. No ejerce su fuerza, sino que lo somete todo a su debilidad; se abandona a la teatralidad del que sufre y escribe esperando el aplauso o la irrisión, pálidos remedos de justicia. El triste prepara su funeral sabiendo que el olvido perdona siempre; para eso escribe su epitafio, a pesar de saber que las palabras no son nunca inocentes y que su rastro indeleble es poema (carmen), pero también error

martes, 19 de agosto de 2008

Mientras dormía…

La Bella durmiente. E. Burne-Jones

Yo, como Gil de Biedma, me acuerdo del cuarto en que he dormido, pero no entierro mi cabeza en las almohadas: sé que nada me protegerá de la irritación y el frío del amanecer frente al calor de la noche terminada. Mientras dormía he sido secretamente las páginas de un libro; todos han podido leerme en él sin saberlo, mientras yo me perdía dichoso en el secreto infinito jardín de sus páginas, sabiendo pero olvidando que toda eternidad es una caída en la muerte.
Pero es ahora, al despertar, cuando creo estar cortejando mi verdadero fin, como un lector borgeano, perseverando en mi propia disolución al hacer que mi memoria desespere de la lectura, al hacer que la lectura desespere de su propia virtud sonora y acabe enmudeciendo. El amanecer, como un libro cerrado, sólo enseña su cara, la precaria página de su perfección, donde todo lo expresado como temor está lejos aún de realizarse como deseo. Yo estoy ya al otro lado, en la otra cara, rebuscando en las páginas escritas como un arúspice tardío, buscando signos de lo que ayer fue augurio y hoy es adversidad, palabras de este amanecer que regresa desde su propio olvido, transparente y vacío, como una revelación, como un anacronismo…

sábado, 9 de agosto de 2008

Sombras

Hay que habitar las sombras no con la luz, sino con el artificio. Esto lo he aprendido leyendo “El elogio de la sombra” de Tanizaki, mientras el punzante sol de agosto me obliga a mantener la casa en tinieblas. En contraste sólo el ruido ejerce de luz, con esa rara discontinuidad suya, nunca iluminadora, siempre invasiva…
El librito de Tanizaki es, en efecto, una lectura breve y encantadora. Todos los ensayos deberían ser así: sugerentes y ventilados, como el papel de los shōji, como la deliberada y armónica oscuridad del tokonoma. En esos espacios luce más lo blanco, toda esa belleza que surge de lo insignificante. No es necesario que entre la luz en esos espacios, basta con que estén bien ventilados. La brevedad es el aire de las sombras, que permanecen veladas para tolerar la impureza y el paso del tiempo a cambio de mostrar incompleto el rostro de su desperdicio.
Mantener un hogar en tinieblas es como ocultar una verdad. Poco a poco uno va claudicando ante las persianas subidas, las cortinas corridas, las paredes blancas y los mediodías. Tal vez, como dice Tanizaki al final de su librito, sólo se puedan oscurecer las paredes de la literatura, hundir en su sombra lo que es secreto. Sería hermoso tejer palabras para que adquiriesen la serenidad y el artificio de la sombra, su espacio ganado a la luz, su refinamiento, su frío, su tolerancia, hasta adquirir esa pátina sencilla y antigua de espectro benévolo, de misterio amable cuyo sentido permanece latente en la esperanza de no ser nunca revelado…
Hay algo reaccionario en el libro de Tanizaki, pero la belleza lo es; tiene orgullo y vergüenza a partes iguales, y precisa lugares oscuros en los que ocultar sus excesos, seres sometidos, mujeres sin cuerpo, dientes oscuros, cejas depiladas, trazos verdosos en los labios, hilos dorados en la ropa, retretes de madera, impregnaciones grasientas… La impureza se oculta de la luz como el pasado, y sólo quién permanece en ambos resiste el cambio; vive inocente y desnudo, sabiendo que la verdad, como el traje, no es más que una transición entre la sombra y el rostro

jueves, 7 de agosto de 2008

En razón de las circunstancias

“Vino el señor solemne y me encargó un himno. Cuando escribí el himno me salió un responso. Vino el señor solemne y me encargó una arenga. Cuando la escribí me salió un balido. […] Vino el señor solemne y me borró del mapa. Y yo salí inconfeso en otro punto…”. A mi modo he sido himno, responso, arenga y balido, como en este poema de Valente. Me he ido de muchos sitios que fueron palabra y a la vez mentira, dejando un trazo seco de tinta que ha devenido borradura. Salgo ahora inconfeso en otro punto, sin memoria de mi primera fe, sin recuerdo de ese himno que surgió como insumiso responso, pasando luego a cobarde arenga y finalmente a abnegado balido. Nada de lo que permanece es fiel; sólo queda el privilegio de la destrucción, la sencilla, involuntaria acción del tiempo que convierte la tachadura en huella para escarnio del “señor solemne”. Su presencia anuncia la pálida transfiguración de este último balido en renacida muerte…