viernes, 19 de septiembre de 2008

Perífrasis

La biblioteca, al igual que la vida, es un lugar propicio para la postergación. En ella el vacío ocupa un espacio ostensible y neutro (¿un tesoro intacto y secreto?), un espacio que, las más de las veces, contiene nuestra vindicación, y es que ésta, si hemos de hacerle caso a Borges, está siempre en aquellos libros no leídos. Igual que la vida, nos aguarda entre la plenitud y el vacío, convirtiendo nuestra esperanza en simple hipocondría. Si tal cosa ocurre es porque tal vez buscamos en el lugar equivocado. Nuestra apología no está “escaleras arriba”, en las diferentes y opuestas direcciones de nuestra esperanza, sino en la propia muerte. De ella brotan los obituarios como flores fugaces y extrañas.
Tal vez quienes escriben los obituarios en la prensa del día no son del todo conscientes de estar plantando un jardín. A la siega continua de la vida debería corresponderle la poda de las palabras, pero el silencio no se resigna a la dignidad de la soledad definitiva. Muerte a muerte el jardín se va convirtiendo en un Bomarzo, aunque tenga la apariencia recoleta y adánica de un Edén sin pecado concebido (ya sabemos que el muerto regresa siempre a la respetabilidad), pero ahí están sus feas caras documentadas hasta el exceso, inamovibles sueños de piedra que parodian la verdadera monumentalidad, que es solitaria, incomunicable, autorreferente hasta el absurdo, decía Szentkuthy.
Nunca he estado en Bomarzo, un lugar de espantosa belleza, y ni si quiera sé qué me ha llevado a escribir sobre un lugar que no conozco. La verdad es que yo, lo que quería, era recordar al difunto David Foster Wallace, pero me he detenido en el Bosque Sagrado del jorobado conde Orsini, y me he puesto a hablar de sus monstruos, tal vez porque estaban ahí, como el Everest, y había que «escalarlos». Siempre he pensado que el camino más corto es la distancia más larga, que el mejor relato es una perífrasis, por eso no hay que apresurar el viaje de regreso a Ítaca, como bien decía Kavafis.
De David Foster Wallace sé menos de lo que nos cuentan los obituarios. Nada he leído de él, pero hubo un tiempo en que lo seguí mucho, como decía una de nuestras impagables misses a propósito de Vargas Llosa. “La broma infinita” y yo tenemos una hermosa historia de amor a nuestras espaldas, una de esas historias que acaban pronto, como ocurre cuando uno se apasiona demasiado y de repente descubre que, en realidad, ama muy poco. Nos encontramos, la Broma y yo, en varias ocasiones, en el reservado de algunas librerías, y practicamos un magreo torpe y rápido, como el de dos adolescentes inexpertos. Yo solía meterle mano a sus páginas y ella se dejaba leer tímidamente, sin reírse y sin darse entera. Era un amor verdaderamente imposible, un amor de 1.200 páginas (de soledad). A uno le gusta que la cosa dure, pero no tanto, porque con el tiempo las bromas infinitas pierden su gracia y uno termina queriendo volver a la «limitada» seriedad. El amor ha de durar hasta que la lectura nos separe, pero no más allá. Confieso que, pese a todo, me hubiese gustado traerme el libro de Foster Wallace a casa y acomodarlo en el estante de las vindicaciones, en su plácido vacío de esfinge sometida a intermitentes filias y a recurrentes fobias, pero no a su desciframiento. El amante esconde una perversión de coleccionista, al estilo de la novela de John Fowles, y a menudo le gusta conservar en el mismo mausoleo los amores muertos y los imposibles, haciendo que memoria y promesa sean la misma postergación. La única dignidad que le queda entonces es la de no someter sus cadáveres a la usura, porque no se debe especular con los amores imposibles, hay que conservarlos en su simplificación sádica (de nuevo Szentkuthy), como las máscaras de Bomarzo. A ellas quisiera volver ahora, a esa monumentalidad solitaria y absurda, sabiendo que su fealdad es arte porque es producto de la soledad y la desesperación, pero también del dinero y el poder, al contrario que mi biblioteca. No hay nada igual a Bomarzo. Bueno, tal vez Disneylandia…

viernes, 12 de septiembre de 2008

Una incurable lucidez

El triunfo de la muerte. Pieter Brueghel

Hace unos años, en una época especialmente saturnina, estuve en la consulta de un psicólogo (psicóloga) quien, tras varias sesiones de terapia diferidas a lo largo de algunos meses, manifestó su impotencia ante mi intratable e incurable lucidez (o eso dijo ella). Salí de la consulta rumiando esas palabras que eran suyas y eran sobre mí: una verdad compartida; una verdad, pues, a medias. Me recuerdo luego en plena calle, bajo una lluvia fina, sintiendo esa orfandad que se experimenta al final de algo cuando ese algo tiene esperanza de continuidad. Una verdad compartida es, ante todo, un compromiso, pero un compromiso, a solas, es una traición. Recuerdo haber escrito entonces con letra diminuta en uno de esos minúsculos papelajos que uno lleva siempre en el bolsillo (¿Síndrome de Walser?) algo así como que aquel final abrupto de la terapia acababa con el fingimiento, con la burla, con el aburrimiento… pero no con la enfermedad. Contemplado todo esto en la distancia, considero ahora que esta accidental epifanía se ha convertido en ley por la fuerza de los hechos, demostrándome que lo mismo que le ocurrió a mi saturnina lucidez le ocurre también a los viejos amores o a los libros inacabados (por ejemplo): ellos y tantas otras cosas se extinguen como síntoma, pero continúan como enfermedad. La enfermedad pues, o como diría el atormentado Kurtz ¡¡La enfermedad, la enfermedad!! Eso es todo lo que hay, nada más; This is the end… my friend. Poco a poco he aprendido a vivir en ese estado latente, resignado al tiempo unredeemable de T. S. Eliot, su presente eterno y mudo, como la belleza descrita por Baudelaire. Ese tiempo sin tiempo parece hecho a la medida de la prosa de Miklós Szentkuthy, un delirio intemporal y barroco, una larga, inacabable lista, un catálogo falso de todo lo que el fin actualiza y mezcla, de todo lo que, abolido el pasado, sale a la superficie y sobrevive al juicio; la escritura de un náufrago, hecha con la voz simultánea de todos los muertos, su novela sin época y sin épica, hecha como esta enfermedad: con la incurable lucidez de los finales...

lunes, 8 de septiembre de 2008

Sonata antes del otoño

Imagen de Sonata de Otoño, de Ingmar Bergman (1978)

«La perfección es terrible, no puede tener hijos» dice Sylvia Plath… pero los tiene, y estos responden parafraseando a la misma autora: “El no ser perfectos, nos hiere”. He pensado en esto mientras sufría con la Sonata de Otoño de Bergman, ese devastador tour de force madre/hija. Entro en ese dolor con curiosidad y salgo de él enfermo. Nada presagiaba ese contagio en esta tarde serena y vacía. Dentro de casa la soledad es completa; el sol queda velado por las cortinas y los ruidos del domingo respetan los silencios metafísicos del cine de Bergman, esa pausa cruel donde uno sólo puede sentir el dolor como un corazón extraño. Pienso en ese corazón duplicado y hostil latiendo lejos del pecho, en alguna parte de mi cuerpo, y siento mi imperfección herida, como Liv Ullmann mientras escucha a su madre (Ingrid Bergman) ejecutando al piano el preludio nº2 de Chopin. Es el gran momento para la madre, toda la pedagogía de la que es capaz: la corrección amarga de la imperfecta hija, humillada por ese Chopin impecable y frío. Para ponerse a la altura de la madre, la hija sólo dispone del odio, un odio infinito y antiguo, desgranado en una inacabable noche. Lo había comprobado antes, pero ahora, viendo esta Sonata en una apacible tarde de domingo, esa certeza se me aparece como una revelación: Los sentimientos sólo son perfectos de ese modo: afilados, brutales, crueles. No hay más que belleza en ese odio perfecto de la hija hacia la madre, en esa culpa perfecta también en cuanto definitiva e irredimible. La culpa es la obra maestra del amor, su verdadera epifanía. Un silencio grande y bergmaniano asiente conmigo cuando salgo de casa con ese corazón extraño y hostil latiendo en mi mano. Quisiera arrojarlo al río, pero no quiero romper la serenidad de su reflejo ni asomarme a su espejo, temo que vuelva contra mí su perfección herida

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un apunte nítido e irreal

Giorgio de Chirico. El enigma de la llegada y la tarde (1912)

La promesa de la lluvia en la ventana me retuvo hoy en casa. La marquesa, pues, no salió a las cinco, para regocijo de Valéry y desgracia de los 80 mundos que el día vislumbra al doblar la esquina. Sin novela y sin mundo, el día se quedó en el apunte nítido e irreal de esa lluvia fina que golpeaba con suavidad el cristal. Frente a la ventana sentose pues la marquesa, nítida e irreal ella también, como un enigma, sin mover un dedo, sin pestañear siquiera, viendo así cómo su paseo acostumbrado –su acreditada trivialidad– se convertía en frustrada promesa. A los pies de la cama se quedó mirando la lluvia y escuchando conmigo el Lamento de Dido: Remember me, but ah! forget my fate, ese aria de Henry Purcell que llegó a mí como regalo y que pertenece a un tiempo también regalado y por el que no dejo de estar agradecido. Ando por la vida con cosas prestadas, como decía Pessoa, sintiendo que algo me falta en lo que ya no tengo, memoria o destino, como lloraba Dido antes de su muerte. Así estamos ahora la marquesa y yo, sin saber aún de quién es la memoria y de quién el destino, más cerca del lamento que de las preguntas, unidos en una misma trivialidad… Tal vez a ella nada de esto le importe; sus pensamientos, en la clausura, se centran igualmente en los acontecimientos consuetudinarios que acontecen en la rúa, y de ahí no la va a sacar nadie, ni Purcell ni Sergio Pitol, quien asegura que la marquesa saldrá a la calle a la hora convenida, si, pero dentro de un modesto ataúd…