miércoles, 29 de octubre de 2008

La Parca

Al despertarme –esto es: al bajar de la montaña… o del anterior post– la Parca aún estaba ahí (y también ahí). El cuento más breve de la historia es en realidad una novela de terror, y parece que últimamente va ganando lectores. Como algunos de ellos son amigos, les recomendaría que, antes de seguir leyendo, tomaran en consideración los miedos de Cortázar y no se asomaran a una página en blanco cuando el reloj marque las 3 de la tarde, hora escocesa. Hay que ajustar los relojes para no tropezarnos con la muerte, a costa incluso de vivirla como propia, tal como pedía Rilke. Esas dos opciones tenemos: la muerte súbita del lector que sucumbe a la curiosidad felina y al miedo de sobremesa, o la exagerada y envilecida agonía del chambelán Brigge en Ulsgaard, que no desembocó en la página prevista hasta pasadas 10 semanas y un perro. Morir tal como vivimos o tal como leemos. Ser o no ser, pero con la calavera en la mano. Hagamos lo que hagamos, siempre acabaremos viajando a Escocia (menos yo, que me vuelvo a la montaña…).

jueves, 23 de octubre de 2008

Moi, hypocrite lecteur


Pensaba transcribir aquí las copiosas páginas de un diario improvisado, pero he desistido. Son breves sus días, demasiado, y su narración, en cambio, no sabe decir su muerte. Ha sido una semana entera viendo este decorado que cambia de luces entre el amanecer y el ocaso, respirando aire limpio como una herida que sana, el aire de las lejanías, que decía Thomas Mann, el brebaje del Leteo. Imposible venir a esta montaña y no acordarse de ese libro, al fin y al cabo mi lugar de reclusión también fue en su día un sanatorio para tuberculosos. Hay, hubo memoria pues, en este Leteo, pero ni rastro de esa voluptuosidad del enfermo a la que aludía Mann, una forma depravada de la vida. De eso tenía que haber hablado mi diario, de enfermedades depravadas, como el amor o la literatura, de lejanías heridas, como los pinares de San Rafael, un lugar ideal para volver e iniciar un viaje de invierno, incluso ahora, en este templado otoño. Schubert y sus lieder de caminante son algo recios para sentir esa voluptuosidad, pero en este entorno son lo más parecido a la enfermedad que uno puede evocar. En realidad nada aquí es como debe ser, por eso no me extrañan mis renglones torcidos. De eso tal vez tengan la culpa César Aira y su falso diario alpino. Cambiar a Mann por Aira para subir a la montaña es como cambiar el Venusberg por una estación de esquí. Y sin embargo la magia funciona igual, tanto que, entre el revoltijo de objetos uno es capaz de encontrar su enfermedad, su forma depravada de vida. No sé cómo, pero el esfuerzo de Aira por convertir un juguete en un ready-made (empresa sencilla y colosal) me llena de melancolía. Poco a poco, a través de la enumeración y el catálogo voy llegando a una falsa infancia; el cuadro en la pared, el trompe l’oeil en la escalera, el paisaje de Corot, el reloj de Tintín, el teatro de títeres, la casa de muñecas… nada de eso es mío, pero guardo en mi memoria sus correspondientes remedos, en una secreta caja negra, en un cofre que sólo se abre cuando alguien como Aira, valiéndose de una totalidad caótica, moja su magdalena en una taza de camomila. Me gustan las historias sin historia de Aira porque bajo su aparente desaliño late la ambigüedad del fracaso, que no sé si es una manifestación del talento o de la incompetencia (o de un curioso y recurrente sadismo que consiste en abandonar una historia antes de que alcance su mayoría de edad). Porque de eso se trata, de confundir a propósito la chapuza con la iluminación, de convertir cualquier jerarquía en despojo y hacer de la memoria una olvidable fascinación. Sólo así podré regresar a mi mundo, bajar de la montaña y cantar sin duelo «Fremd bin ich eingezogen, Fremd zieh’ ich wieder aus»; o sea: “Llegué como un extraño, como un extraño me marcho". Y aquí no ha pasado nada…

domingo, 12 de octubre de 2008

Tomas falsas

Mario de Biasi. Los italianos se giran. Milán, 1954

No conocía a Mario de Biasi hasta que me topé con esta foto suya en una revista. El deseo de saber siempre es anacrónico, así que a menudo uno se hace más sabio a medida que crea un pasado, porque de eso se trata al fin y al cabo. No hay un depósito, un archivo; hay una sopa primordial expuesta a nuestra curiosidad o a nuestra nostalgia y en ella creamos algo que no existe y es sólo nuestro.
De Biasi pertenece más a mi curiosidad que a mi nostalgia. Imposible que yo tenga memoria de aquellas miserias neorrealistas, aunque estén tan bien vestidas como ésta. Ya sé (tengo noticia de ello) que hubo un tiempo en que filmar la realidad era filmar la miseria; de ese modo la realidad incurría en un insólito pleonasmo, porque el lujo siempre es teatral y falso y nada hay en la sopa primordial que anuncie las tiendas de vintage (Oparin debía saberlo).
En cuestiones neorrealistas fotografía y cine van de la mano. Ambos son papel pintado, como decía aquel personaje de Paul Auster. Yo, al igual que él, tiendo a pensar que la fotografía y el cine, cuanto más se acercan a simular la realidad, menos logran representar el mundo. Prefiero sin duda el artificio, el trampantojo, la coreografía… la mentira, y eso me gustaría que fuese este sórdido ballet que componen los italianos cuando se giran. Me gustaría que esta foto milanesa fuese tan falsa como el beso que Doisneau robó en el Hotel de Ville; sólo de ese modo podría ser ejemplar… y hasta romántica, tanto como para imaginar el final de esa escena: la mujer, poderosa, entrando en el bosque de las miradas y dividiendo su mar, como si fuese Moisés… La mentira tolera los finales alternativos, que están ahí, retenidos en el instante como en una absurda enciclopedia cuyo saber se ofrece entero, pero cuyo conocimiento, como bien decía Borges, sólo es una mera posibilidad. Esa posibilidad va unida a la muerte, porque la existencia de cualquier testigo no haría más que menguar ese conocimiento. De su memoria cierta no podríamos extraer belleza alguna; sólo el orden alfabético de las partes y el precio de salida de la subasta…

miércoles, 8 de octubre de 2008

Condiciones climatológicas

Henri Cartier-Bresson. París, Gare Saint Lazare 1932

Primera lluvia del otoño en la ciudad. La lluvia y el spleen. Siempre que llueve me acuerdo de Nabokov y de aquella dama rusa cuyo diario no era más que la sublimación del parte meteorológico. Los días son la lluvia y el sol, y lo que queda en medio: el niño de la memoria. Resulta irónico y a la vez entrañable que, al crecer, ese niño se convierta en un simple notario, o peor aún en el hombre del tiempo, aunque esa expresión, “hombre del tiempo”, deja un poso conceptual que va mucho más allá de lo meteorológico. Cuando pienso en el hombre del tiempo pienso en Marcel Proust y no en un higrómetro con forma de fraile capuchino sentado con un libro abierto y la bola del mundo a sus pies. Pienso también, como Nabokov, en un rey pasmado, quien, pese a tener al enemigo ad portas, se dedica a anotar cuidadosamente en su diario las finas gotas de lluvia que caen oblicuamente en los jardines palaciegos. En la puerta de casa, asomados a la ventana, todos somos reyes pasmados y proustianos, niños de nuestra memoria, que aprovecha los días de lluvia para florecer, justo cuando todo lo demás se cobija. A solas escribimos nuestros diarios meteorológicos sin importarnos nuestra vida, porque ya no somos hijos del capitalismo y la Reforma y nuestra soledad, a menudo, es un simple desarraigo y no una afirmación de nuestra conciencia. Escribimos con la esperanza o el deseo de que alguien, alguna vez, quiera saber qué cara tenía este día lluvioso. Tal vez sea importante; uno nunca sabe quién puede nacer en un día como hoy, y acaso nuestro apunte banal arroje su luz retrospectiva sobre una vida en ciernes. La lluvia cae para todos los niños de la memoria, incluso para aquellos que no han nacido aún y confían en que seamos su discreta dama rusa, siquiera para poder legar a su posteridad la climatología de nuestros días ocres…

viernes, 3 de octubre de 2008

Días contados

Graffiti de Rimbaud en el templo de Luxor, Egipto


21 de septiembre
En un mercadillo de libros viejos rescato un ejemplar de los Carnets de Camus, editado hacia 1.962. Está como el otoño entrante, tiene todas sus tonalidades, del gris al marrón, un libro lánguido, acaso muerto, hundido en la decadencia como una vela consumida… No en vano entre sus páginas aparece prensada la rosa de Yeats: una postal de París con el nombre y la dirección de quien quizá fue su dueño, un tal Ángelo Martínez; Place Saint Sulpice, 6, 29 juin 1.962. Esa libertad y esa molestia se ha tomado: la de entablar conversación con el tiempo a través de la escritura indolente del dato. Parece una ironía, pero el Sr. Martínez dejó su caligrafía en la misma página donde Camus escribió: «Ecrire (…). Mais ça n’intéresse personne. Ce qui intéresse dans un livre, c’est la marque d’une existence pathétique. Et nos vies ne son jamais pathétiques». Así queda resumido todo, la escritura que señala una vida y la brevedad que huye del patetismo, ya sea sentimental o simplemente grotesco. Es toda una astucia enterrarse en el tiempo para escapar de cualquier postrimería. A Rimbaud no le fue tan bien tras su herético graffiti en el templo de Luxor. El destino se tomó cumplida venganza de su provocación robándole la Musa. Para escapar al destino no hay que ser precoz sino astuto, como el Sr. Martínez; tanto como para convertir el misterio de una vida presumiblemente patética en manifestación irrepetible de una lejanía, y hacerlo así, sin tener que saquear una obra de arte, sin tener que enterrarse como un puñal en su sagrado corazón. Entre Duchamp y Debord, ahí está el Sr. Martínez, sabiendo lo que los demás ignoran: que el tiempo es la obra, y que al contrario que el arte no admite saqueo alguno, porque contiene todas las variantes de la catástrofe.

25 de septiembre
Hoy, al llegar al café, mi mesa habitual estaba ocupada por otra persona, una pequeña contrariedad en mi mundo, aumentada además por el hecho de que el sujeto en cuestión practicaba, como yo, el viejo arte de la caligrafía. Sobre la mesa –«mi» mesa– su pequeña vanitas: varias cuartillas dispuestas como una baraja sobre el tapete (¿el escritor como croupier?), algunos bolígrafos de diferentes colores, un mechero, unas gafas de sol y una enorme jarra de cerveza, ya mediada…
El escritor ¿con cerveza o con café? Ese podría ser el dilema, el to be or not de esta tarde otoñal y serenísima. En eso se queda la literatura. Ausente el fondo, se trata de rehuir también el debate sobre la forma (una mentira radical y desesperante, decía Szentkuthy) para recrearse en la estrategia que hace posible la destrucción, como dos jugadores de ajedrez. Eso es lo que ahora somos, mi vecino y yo; jugamos la misma partida en tableros diferentes. Nuestro mundo de palabras desbordadas parece quieto, esperando un movimiento que lo amenace. Pero no pasará nada, porque ninguno de los dos quiere ser nada, como en aquel verso de Pessoa. Entre ambos sólo cabe una oscura fraternidad y una muda cortesía. Somos diletantes y como tales sólo tenemos tiempo para vigilarnos y refutarnos sin conducirnos a la pregunta abrumadora


26 de septiembre
Me pierdo en los jardines de Campo Grande. Su frondosidad y su trazado circular convierten el jardín en un laberinto donde es tan fácil extraviarse como encontrarse con el pasado. Hay un momento proustiano en toda soledad, incluso en la más expuesta, cuando uno empieza a sospechar que se ha perdido en el bosque y no regresará jamás. El recuerdo, entonces, suplanta al miedo. Cada memento irreal crece al pie de un árbol, lleno de nostalgia y asombro. No hay miedo porque uno sabe que en el fondo el laberinto no es una trampa, sino un juego. Dios juega a los dados mientras el jardinero conjura el azar con arquitecturas frágiles y ornamentales: glorietas, parterres, fuentes… Cada una de esas construcciones es una certeza impar ante la monótona y angustiosa repetición del laberinto. Caminar en círculos es como acecharse por la espalda. Continuidad de los parques. En un trazado circular sólo estamos nosotros, pisándonos los talones y evadiendo el rostro…