miércoles, 19 de noviembre de 2008

Números enteros

Marinus van Reymerswaele. El cambista y su mujer (1539)

Hay personajes perdidos en una página silenciosa que piden a gritos un universo para ellos solos, tal vez incluso una novela. Nikolaj Kusmitch es uno de ellos. Su historia está dentro de otra historia, la de Malte Laurids Brigge; allí la depositó Rilke, como una entrañable e insólita matrioshka. En esencia, la historia de Nikolaj Kusmitch es la de cualquier hombre que se enfrenta al tiempo con los números en la mano; amasa los años por venir como un capital que crece, distanciándolo de la muerte, aunque para crecer ese capital tiene que dividirse hasta el infinito. Así es como Aquiles se queda sin atrapar a la tortuga. La tozuda realidad ya desmintió a los eleáticos, transformando sus paradojas en infame moneda suelta, que es lo que al final le queda a Nikolaj Kusmitch en las manos, la calderilla de los días que huyen, acelerados por el vértigo que se experimenta al contar el infinito; acelerados hasta la nada, cuya ruina deja a nuestro hombre sin crédito para pagar al barquero. Todo acaba para Nikolaj Kusmitch cuando esa primitiva usura deja de producir (o de dividirse) y se convierte en serena hipocondría. Ante la perspectiva de un capital infinito, uno se concede la magnanimidad de perdurar, pero la eternidad produce cansancio. Y para descansar nada mejor que la cama y la rima, el útero de la musa. Nos cuenta Rilke que un día, alcanzada la ruina del tiempo como se alcanza la madurez -esto es: a golpes de desengaño-, Nikolaj Kusmitch empieza a sentir que el mundo es tan inestable como la cubierta de un barco, como el útero de una musa ebria. Nada lo sostiene en pie, ni la esperanza ni el miedo, sólo el instinto de supervivencia, que es quien lo devuelve a la cama y trae hasta sus labios los versos de Pushkin y Nekrásov. Los poetas que Platón expulsó de la República sólo podían acabar así, tan lejos de la verdad de los filósofos como de la inspirada locura de los dioses, recitados como una melopea o un mantra para conjurar el vértigo de todo lo que fluye. No es mal destino para la poesía en tiempos de crisis. El pan y vino de la época escasa es un recuento armonioso de asonancias, una repetición sin variaciones, una disciplina mental… A la poesía le corresponde el menos poético de los destinos y el más seguro, donde todo ha de carecer de valor para evitar así la quiebra.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El fin, desde el principio

Imagen: Roberto Bolaño

Estaba leyendo lo último de Bolaño, que en realidad es lo penúltimo, porque un muerto siempre tiene una chistera en el cajón. De ella sólo podemos esperar que salga un conejo zombi, un cadáver hambriento y desmemoriado capaz de saciar nuestro miedo (o nuestra expectación) con su ferocidad. Hay algo prematuro en estos textos velados por la muerte, y todo lo prematuro es violento, como si fuera arrancado de los brazos de una mater dolorosa. Es ésta una violencia de destellos, de iluminaciones súbitamente apagadas al ser privadas de destino. Leer a este último Bolaño es amanecer en el desconcierto, despertar sin noche, en medio de una batalla, herido por la metralla del sueño interrumpido. Leemos para buscar el sentido, para hilar en nuestra memoria un tapiz de noctámbulo. Leemos para encontrar la salida…, pero aquí no hay salida, no hay final, sólo una sucesión de principios. Decía Pavese que la verdadera felicidad está en los comienzos, pero aquí sólo está la masacre: llamadas a medianoche, viajeros insomnes y cotillas, zombis enamorados, sabios de Sodoma, ninfómanas, músicos desaparecidos… El bestiario de los muertos es infinito, como las historias que no acaban, como las pesadillas. Me pregunto si los libros que Bolaño no llegó a escribir tendrían esa deriva gore. Me pregunto también si Bolaño no se nos estaría convirtiendo poco a poco en un Tarantino inspirado por su propia moribundia. Dice Alexander Kluge a propósito de Las Metamorfosis de Ovidio, que los seres que sufren mudan de forma, pero, lejos de la apoteosis ovidiana que transformó a Julio César en etéreo astro, la última mudanza sólo consigue que la vida pierda para siempre la belleza del cambio y se quede historiada en una página de realismo sucio, dispuesta a mercadear con sus últimas y falsas voluntades. No es de extrañar pues que, para escapar a este destino, Bolaño dejara todos estos comienzos sin finalizar, abandonados en el disco duro de su ordenador, en un aparente desierto de tedio que en realidad era –ahora lo sé– un verdadero oasis de horror

martes, 4 de noviembre de 2008

Shopping

Hay momentos, días en que los ánimos viven en cautividad. Días que el calendario mancha de rojo y uno se siente como esa jaula kafkiana que sale a buscar un pájaro, porque de eso se trata, de capturar a un ser salvaje, hermoso, libre y –a poder ser– con un toque de distinción. En días así uno sale a la captura de una pantera como Simone Simon, o se sienta frente al televisor, esperando a que pase un ángel como Audrey Hepburn, vestido para desayunar en Tiffany’s.
Recuerdo otros días de rojo donde la vida sólo recoge el latido intenso de un silencio parecido a la muerte; Bergman está detrás de ellos, como una fiera en reposo, tan inofensiva y brutal que recuerda a un toro afeitado y a su remedo masoquista, capaz tan sólo de gritar o de autoinmolarse. Ahora, de la mano de Audrey, esos silencios tienen coquetería, suntuosidad y un punto de amargura que viste como un perfume. Sólo una mujer así, delgada y triste como una sombra o un reflejo, podía desayunar con diamantes, aunque Capote, dueño del relato original, estuvo a punto de impedirlo; quería meter a Marilyn en el cuerpo de Audrey, algo física y dramáticamente imposible. Marilyn nunca podría ser esa criatura salvaje que, como escribió Capote, sube volando a un árbol a devorar nuestro corazón. La recta intención del azar acierta siempre, entre otras cosas porque se permite la venganza. Sólo Audrey podía desayunar en Tiffany’s, un lugar que es un poco como la Itaca de Kavafis, a él hay que volver siempre, pero de manera compulsiva, sin reparar en gastos y apresurando el camino de vuelta, que siempre es amargo, tanto que su memoria, a menudo, se declara enemiga de la belleza. Nada malo le puede pasar a Audrey cuando se encuentra en Tiffany’s. Así me gusta recordarla, para no tener que quererla tanto como a la Glenda del cuento de Cortázar y anticipar así, en el desánimo, su última e inviolable perfección.
Me quedo ahora en esa secuencia en la que Audrey y Peppard entran en Tiffany’s y se sienten como si estuvieran en el útero de su bienestar. Allí el lujo les protege como una madre, arrullados por una nana de brillos y espejos que siempre mienten. El lujo es como la infancia, algo cuyo valor viene determinado por su carencia, y ésta se incrementa al paso de los días, por eso somos más pobres a medida que nos hacemos más viejos, por eso Tiffany’s se nos convierte de pronto en el Metro-Centre de J. G. Ballard, el último templo de la pesadilla consumista, cuya opulencia puede resultar alienante, pero también redentora (no en vano escribe Ballard que el consumismo es el único sistema político que cumple lo que promete), de modo que por esta vez vamos a pensar que el lujo es como Audrey, un animal salvaje que huye y sube al árbol, así nuestra desesperación dejará de alienarnos y nos hará mirar con nostalgia al cielo, al lugar donde una criatura salvaje devora nuestro corazón…