viernes, 5 de diciembre de 2008

Naufragios


Fotos: (AFP)

Veo las imágenes de una Venecia mojada hasta la cintura por el acqua alta y me acuerdo del triste Aschenbach en el momento de embarcarse rumbo a la Serenissima, intentando enmendar un falso destino. Lo acoge un marinero jorobado y sucio, un sardónico Caronte que no tardará en llevárselo adonde nadie quiere ir. Detrás de la cortesía del barquero hay un paisaje lóbrego, un cielo gris que, unido a las corrientes y a los vientos del este, consigue que la ciudad se ahogue en ese espejo turbio que ahora veo en los telediarios, el espejo de Narciso, tal como lo recuerda Joseph Brodsky, donde, además de los carteles llameantes está la música (Vivaldi), caminando sobre las aguas.
Yo, como Aschenbach, tengo un destino rebelde (una fatalidad insumisa), pero su etapa intermedia no ha pasado aún por Venecia, por eso no siento nostalgia: siento curiosidad. Probablemente la curiosidad tenga las mismas carencias que la imaginación y no se pueda hacer con ella una realidad lenta e indescriptiblemente circunstanciada, como señalaba Rilke. En mi curiosidad no hay (no puede haberla) una tarde de abril como aquella en la que Tiziano Scarpa salió del cine y se encontró con el agua hasta las rodillas. Quiero pensar que no fue el acqua alta la que mojó sus pantalones, sino su prolongada ensoñación de cinéfilo, porque aquellos que disponen de memoria siempre pueden engañar a la realidad, olvidando que sus pies se mojan por el efecto conjugado de los vientos, las mareas y los canales excavados para evitar que los petroleros encallen. La costumbre hace que esa calamidad se reciba con una sonrisa, la que Scarpa ve dibujada en la cara de los improvisados centauros calzados con botas de goma o bolsas de plástico que transportan a amigos y amantes sobre su grupa. En su lenta y circunstanciada realidad ese recuerdo es más dichoso que el Eros que guía a Aschenbach hacia la Belleza y la Muerte, donde finalmente no hay nadie, ni siquiera los frailes franciscanos de San Michele, tan viejos y consumidos –tan diezmados– que han decidido irse a morir a otra parte.
Veo las imágenes de esta Venecia desconocida y anegada, compongo con ellas una falsa memoria y pienso en la verdadera catástrofe, cuando las aguas se retiren, cuando desaparezca el espejo de Narciso y surja la pestilente herida de Filoctetes. En ese momento habrá que partir, justo antes de haber llegado…