miércoles, 21 de enero de 2009

Rapsodia (para empezar el año)


Comienza el año, para mí un poco tarde. Me desperezo. Leo las primeras páginas de “Carta breve para un largo adiós”, de Peter Handke, esa mezcla de felicidad y terror que hay en los comienzos. Son páginas heridas por el desconcierto, por el exagerado sentido del tiempo que socava la serenidad. El libro es un viaje y una despedida; todos los comienzos, de algún modo, lo son…
Más allá del libro hay un paisaje nevado… o lo había. La nieve ha dejado de caer sobre los vivos y los muertos, como la última postrimería… No conozco otro cuento de Navidad mejor que “Los muertos” de Joyce, si exceptuamos las historias que la vieja hechicera susurraba al oído de la Bella durmiente en una breve y perturbadora novela de Robert Coover, sus mil y una noches para no dormir, ilustradas con la pedagogía del abandono, la mutilación, los asesinatos en masa y los finales felices, cuya crueldad el tiempo conoce. Los muertos de Joyce no saben de estas cosas, parecen vivir en el declinar de una época gloriosa y conocer tan sólo la trivialidad del momento que la concluye. Por eso nos gustan tanto. Son como una foto vieja en nuestras manos. En ella apreciamos el pasado que nos espera.
Pero volvamos a Handke; su carta breve es una rapsodia de caminante, una articulación nerviosa y perpleja que aventura un ritmo, pero no una idea general. En los comienzos cada paso carece de un significado previo, se adhiere a una memoria defectuosa, a una fantasmagoría. La mía, en este enero tardío, la he encontrado en YouTube, relámpagos de intriga y de nostalgia que no responden a una historia personal, sino a momentos donde la trivialidad se puede vivir como grandeza, más o menos como hacían los difuntos de Joyce. Entre el principio y el fin, una simple acumulación de nimiedades: una pesadilla, un vals en el espacio, lágrimas en la lluvia, música distante, un horizonte acuchillado, un chapuzón nocturno, una partida de ajedrez y un patchwork erótico. No están todos los que son, pero los que son se bastan para conjurar este desconcierto.