miércoles, 25 de marzo de 2009

La trama

Imagen: Sylvia Plath con su hijo Nicholas, en 1962

En su último poema, Sylvia Plath escribe: “The woman is perfected”, a continuación abre la espita del gas y se quita la vida. Cuarenta años después un hijo suyo se suicida en Alaska… Las tramas, decía DeLillo, derivan hacia la muerte, pero para alcanzar su perfección, como en el poema de la madre, son necesarias las repeticiones, las variantes y las simetrías del destino. Para que su horror sea perfecto, escribía Borges, el César ha de reconocer algo familiar en la muerte que viene a ajusticiarle. Así el hijo, plegado de nuevo hacia el cuerpo de su madre. Él, como el César, como el gaucho de diecinueve siglos después, tampoco sabe que muere para que se repita una escena…

jueves, 12 de marzo de 2009

Seis semanas

Annemarie Schwarzenbach (1908-1942)

Hace una semana que regresé de viaje y todavía no he vestido el maniquí, esto es, todavía no he armado el relato. En la memoria tengo un cuerpo desnudo, y en la maleta llevo aún sus ropajes, entre ellos un libro de Annemarie Schwarzenbach, «Todos los caminos están abiertos». Memoria y lectura confluyen en un libro de viajes, un libro que viene dentro de una maleta, un viaje dentro de otro… El Universo se pliega, se esconde dentro de sí mismo, como una matrioshka, o mejor, como la rosa de Rilke: “sueño de nadie bajo tantos párpados”
Bajo todos mis párpados hay una memoria borrosa. Cada día que pasa se hace más imposible volver atrás y restaurarla. Cada día que pasa se hace más difícil vestir el maniquí. A los pies del Hindu Kush, anota Annemarie este lugar común periodístico: “Quédate seis semanas en un país y escribirás con ánimo sosegado un libro sobre el mismo. Quédate seis meses y con suerte lograrás acabar un par de artículos. Si te quedas seis años, no pronunciarás palabra”. En mis cálculos, seis días pesan como seis años. Al igual que la desolada Annemarie Schwarzenbach, tengo la certeza de haber ido muy lejos sin saber nada de mí. De algún modo yo también me siento un niño sin cama, un sacerdote sin iglesia, un cantor sin voz… La única razón del viaje es el despojo, pero siempre hay algo que queremos guardar, porque siempre hay algo a lo que queremos volver (aunque nunca para quedarse más de seis semanas). De eso se trata, de regresar sin expectativa al comienzo del viaje y esperar que en ese comienzo resuene aún nuestro pasado. Así fundamos nuestra mitología. Así vestimos el maniquí: con las alas prestadas de un «ángel devastado».

sábado, 7 de marzo de 2009

Pecados "portátiles"

Imagen: “El tercer hombre”, de Carol Reed (1949)

No sé si la Viena de los portátiles de Vila-Matas es la misma de “El tercer hombre” de Carol Reed. A mí, por momentos, me lo parece; esa fantasmal Viena en la que de pronto “el reboco de un muro al derrumbarse tomaba el aspecto de un hombre al caminar, y en las figuras que configuraba el hielo se formaban rasgos de caras rígidas”. Por esa Viena feliz y prebélica andaban los niños terribles de la conspiración portátil, decididos a actuar respecto a la vida y el arte como marionetas insolentes y célibes. En la Viena de Reed (y de Welles), las marionetas se refugian en un teatro de sombras, viven en los muros, como un trampantojo, y usan la sonrisa para arrancarse su rígida cara de muertos. No hay mucha distancia entre la tragedia y el arte cuando éste no es más que una conjura, y siempre lo es, por eso el destino trágico suele ser el mayor afán de un virtuoso. No le ocurre así al discreto escritor que encarna Joseph Cotten en la película de Reed. En una reveladora y trepidante secuencia, Cotten es raptado por un taxista y llevado en volandas a un club de lectura, donde le espera una verdadera inquisición. Allí tendrá que defenderse de preguntas (¿cargos?) sobre la angustia vital o James Joyce, cuestiones del todo ajenas a un discípulo del prolífico Zane Grey. Hay un punto en que todos quedamos retratados como impostores, incluso en aquello que nos define. Ir más allá, perseverar, cruzar ese límite, nos hace incurrir en el ridículo involuntario o en la desesperación fingida, pecados “portátiles”. No sabría decir si el silencio nos protege de ese doble desastre, pero al menos aplaza nuestra anhelada tragedia personal, aunque sea a costa de aniquilarnos. Ningún momento tan providencial como aquel que Thomas Bernhard describe en El malogrado, cuando el triste Wertheimer entra en el aula treinta y tres del primer piso de la Mozarteum y escucha a Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg. “Cuando encontramos al mejor tenemos que renunciar”, escribe Bernhard. Esa meta me he propuesto, buscar a mi Glenn Gould. Por el camino iré ensayando mi renuncia, o, como diría Quignard, “la voz destimbrada de los viejos en el momento de morir”