lunes, 18 de mayo de 2009

Quisimos tanto a Mario…

Mario Benedetti (1920-2009)

Empezó como un parpadeo rojo en la pantalla del ordenador. Los heraldos siempre vienen de noche. Los de la muerte, además, se adelantan al sueño para tomar posesión de sus desvelos y quimeras. «Fallece Mario Benedetti a los 88 años…» Dejé lo que estaba haciendo y volví la mirada hacia la estantería repleta de libros. A primera vista no encontré libro alguno de Benedetti. Me sonreí al recordar los versos de Ovidio; ciertos libros (y ciertas mujeres) son más hermosos de espaldas, y esa es la cara que deben ofrecer a los ojos del lector… o del amante: la negra espalda del tiempo. Allí están las citas, los descubrimientos, los subrayados, las digresiones… Si leer es un acto de amor, amar ha de ser una nota al margen, y eso quise recuperar en primera instancia: mis tatuajes en la piel, mis páginas marcadas.
Después de revolver en mi pequeño y recoleto Babel, encontré algunos libros de Mario, libros que ni siquiera sabía que fueran míos y que –peor aún– no recordaba haber leído; las nieves del tiempo platearon sus sienes a conciencia, cosa que me hizo sentir culpable y triste a la vez, por ese olvido que también me olvida. No es cierto que el olvido esté lleno de memoria: está lleno de polvo, pero el poeta aspira a un olvido exaltado y perfecto, irracional, como el acto de amor que nos convoca ante su tumba, y uno, entonces, se siente en la obligación de ofrecerle al difunto esa última perfección inviolable, como al personaje de aquel cuento de Cortázar, sólo que en esta ocasión la muerte llega a tiempo de escapar al destino de víctima. Esa sensación tengo ahora, la de que en su último acto, el viejo Benedetti accedió a morirse para no tener que bajarse vivo de la cruz de mi olvido.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Reader-made

Imagen: “The Reader”. Stephen Daldry (2.008)

La primera vez que vi “Psicosis” todavía era capaz de juntar las palomitas con el miedo en una sala a oscuras. Recuerdo que entonces me senté a ver la película de Hitchcock cuando la rubia Janet Leigh acababa de llegar al Motel Bates y se disponía a darse una ducha. A partir de ahí, 45 segundos, 70 emplazamientos de cámara, un cuerpo prestado —el de Marli Renfro, una bailarina profesional—, la chirriante banda sonora de Bernard Herrmann, y no sé cuántas cosas más. La famosa escena de la ducha produce un efecto curioso; por un lado funciona como epítome de todo el film (“Psicosis” será para siempre el grito de Janet Leigh en la ducha del Bates Motel), por otro provoca una interminable cascada de digresiones que van desde la técnica soviética del montaje corto hasta la interpretación en clave psicoanalítica del asesinato de Marion Crane. Entre el aleph y el Zahir: la totalidad en un objeto que amplía o reduce el infinito. Todo depende de nuestra mirada (y de Borges, claro).
Mi mirada de entonces se quedó en aquella bañera por cuyo desagüe escurría la sangre de Marion Crane. Con aquel crimen empezaba el reino del terror y las palomitas en el Motel Bates; con aquel crimen empezaba también otra película dentro de la misma película, cosa que tardaría varios años en averiguar. Lo que entonces me pareció un crimen gratuito, a mayor gloria del perturbado Norman Bates, era en realidad un acto de justicia poética, porque Marion Crane, no lo olvidemos, es una ladrona que se da a la fuga con un sustancioso botín y una indescifrable angustia que Hitchcock le hace pagar con sangre. Eso lo supe mucho después, cuando el escalofrío y el hambre iban ya por separado, porque juntos no hacen bien la digestión. Hacerse adulto probablemente consista en eso, en disociarse (divídete y serás vencido), en buscar nuestros 70 emplazamientos de cámara, nuestra chirriante banda sonora, nuestros cuerpos prestados y la anticipación de nuestra muerte; la Información, como la llama Martin Amis, que no es nada, y llega de noche, quizás en la bañera…
Pensaba en todo esto mientras veía The Reader, la película de Stephen Daldry. De nuevo una sala a oscuras, de nuevo las palomitas, de nuevo una bañera, donde una pareja de amantes practica sus constantes (y feroces) abluciones mientras lee a Homero… Antes de aburrirse y dedicarse al ajedrez, Duchamp tuvo tiempo de averiguar que el arte (al igual que el crimen) se hace sin esfuerzo (y sin gusto), posando una mirada indiferente sobre un objeto sin belleza. De camino a la pereza de los días futuros, en los que tal vez yo también renuncie al arte en beneficio de la defensa siciliana, me detengo en la bañera de Daldry, un infeliz ready-made cuya perversión semántica nos lleva desde la higiene personal hasta el despertar sexual de una generación desmemoriada que, al copular con sus mayores, descubre de golpe el terrible saldo de una historia reprimida. Otro déjà-vu. A su modo, Daldry consigue el mismo efecto que Hitchcock: decepcionar al espectador, que esperaba una secuencia erótica y se encuentra con un crimen, aunque aquí al erotismo lo llamamos amor y al crimen Historia (con mayúsculas, sí)… Al recuperar el gusto y el esfuerzo, el arte recupera también la tragedia, pero sólo para que alguien manipule nuestros sentimientos. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a dejarme embaucar siempre que así pueda recuperar la fascinación (y mi bolsa de palomitas). No me digan que no se vivía mejor con el miedo y el hambre juntos en la misma risa…