lunes, 7 de diciembre de 2009

Veduta

Canaletto, Vista del Palacio Ducal de Venecia

Que la belleza no es contagiosa es algo que sabemos tras rozarnos con ella, y es que al invitarnos a su lujosa fiesta no hacemos más que declarar nuestra condición plebeya. Basta con echar un vistazo a las fotografías del álbum familiar; nuestro rostro, frente a una joya arquitectónica, convertido en una presencia grotesca que posa para una improbable posteridad. Dice Brodsky, y dice bien, que la belleza es un subproducto de otra clase de empeño más corriente; esa afirmación, que es todo un principio estético, adquiere en mi caso rango de categoría moral. No es lo que uno espera encontrar en las páginas venecianas de un Nobel ruso, pero eso es precisamente lo que se lleva como botín después de su lectura, una verdad líquida, desgastada por las aguas del tiempo, una verdad más cierta que aquella que a menudo encontramos labrada en la piedra.
Después de leer Marca de agua, ya sé por qué no iré nunca a Venecia. La presencia abrumadora de la belleza, lejos de provocar un desmayo stendhaliano, nos previene contra su efecto narcotizante, la verdadera castración del alma del artista. Si algo nos contagia la belleza es, pues, una enfermedad mortal, y por nada del mundo quisiera uno convertirse en esa clase de enfermos de los que habla Brodsky, autores y académicos locales, cuya disparidad de ocupaciones se ve comprometida por la tautología de los resultados netos. La verdad, siempre he pensado que la verdadera belleza tiene un carácter pionero y para proliferar necesita una tierra virgen, un espacio que civilizar. A Venecia sólo se puede ir a morir, no a crear, por eso en el recibidor de la stazione donde acude el viajero invernal que fue Brodsky, alguien debería poner un rótulo luminoso en el que se pudiera leer, en letras bien grandes, Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate.
Por otro lado, estoy convencido de que la verdadera belleza es refractaria a nuestro paso fugaz de viajeros, o aún peor, de turistas. Leyendo a Brodsky entiendo que el verdadero extranjero no es el hombre que llega en invierno a una ciudad inundada, sino el que sabe que no pertenecerá a esa ciudad hasta que se despierte en un lecho familiar de hierro forjado con sábanas de lino, cubrecama bordado, almohadas bien mullidas y un crucifijo de perlas incrustadas en el cabecero… Con esto Brodsky tal vez quiera decirnos que no se conoce una ciudad hasta que no se profana un lecho, y que en Venecia esa profanación ha de hacerse además en el dormitorio de un palazzo, porque la única carta de ciudadanía que la Serenísima tiene a bien otorgar es la de un libertino dieciochesco.


(Aquí lo dejamos… por el momento. Será hasta el año que viene. Feliz año a todos los lectores de este blog. Gracias por estar ahí)

jueves, 3 de diciembre de 2009

Apenas recuerdo...

Imagen: “El testamento del Doctor Mabuse”, de Fritz Lang (1933)

... mi lectura de Los siete locos (1929), de Roberto Arlt; una novela leída a trompicones y en lugares poco recomendables. Libro y culo de mal asiento, en el que cada lugar era una página distinta, en el que cada página era una taberna errante… Un libro arrugado es el testimonio de un penoso peregrinaje por las mesas de café y el bolsillo de algunos pantalones, pero su memoria, aunque incompleta, es gozosa: en ella se mezclan las epifanías literarias, las bienaventuranzas tabernarias y algunos lugares a los que volver cuando se necesita calmar el dolor.
Hace tiempo que los siete locos de Arlt demandan una lectura más sedentaria y más comprometida con las tristezas de Erdosain y –especialmente– con las locuras del Astrólogo, irónica Sherezade, capaz de llenar las mil y una noches de nuestros desvelos con máximas de Nietzsche y delirios de Raskólnikov, ingredientes que, bien o mal mezclados, le sirven al sectario para preparar una indigesta ensalada rusa [sic] de bolchevismo y fascismo. La irrupción del Astrólogo en la novela de Arlt es abrumadora y terrible; figura gigantesca, rostro romboidal, nariz fracturada, cejas abultadas, ojos profundos y negros, mejillas duras y estriadas… Parece un boxeador, pero es un profeta. De la embrutecida uniformidad de sus rasgos y de su llamativa confusión intelectual sólo podía salir un hombre de acción. Por contraste, cuesta pensar en las dificultades y resistencias que el escritor ha de vencer para exteriorizar la violencia que le atañe: le mot juste. Por eso resulta especialmente trágico cuando estilo y voluntad de poder conciertan sus objetivos.
El recuerdo de la novela de Arlt me vino mientras veía El testamento del Doctor Mabuse (1933), de Fritz Lang. La memoria, como la escritura, es propensa a las analogías, y en la locura del viejo Doctor que reescribe atropelladamente el Apocalipsis en la celda de un psiquiátrico, creí ver la utopía negativa de ese personaje arltiano que desea ser a través del crimen. No sé si estoy en lo cierto. De noche todas las películas son pardas. A pesar de los remilgos del primer cine sonoro y de sus terrores recreados en la filigrana, hay en la película de Lang como un silencio ritual que es la expectativa de ese primer ruido, tan esperado por el cine como la primera palabra de un niño. Pero detrás de toda esa ingenuidad, agazapado, viene el horror moderno, tanto más grande cuanto más invisible. No sé si en su fuero interno Lang y Arlt pretendían ser unos visionarios, pero su flecha del tiempo ha llegado hasta nosotros sin impugnaciones, como suele llegar toda esa fantasía paranoica y especulativa, a la que basta con renovarle el atrezzo para vestirla de actualidad. Lo compruebo ahora, mientras rebusco en las páginas de mi libro arrugado y me pregunto en qué medida su propia utopía se mantiene fiel a lo escrito…