domingo, 21 de febrero de 2010

Home is where one starts from

Mientras escucho a Natalie Dessay cantando el Sempre Libera de Verdi, siento el alfilerazo de la belleza (potenciado por sus espectaculares agudos de soprano ligera). Suena cursi, pero en la intimidad la cursilería deja de ser un grotesco refinamiento y se convierte en una grata voluptuosidad. En la intimidad siempre vamos en cueros, sin ofender a nadie. Nuestros placeres y nuestros días son más hermosos aún en lo oscuro, donde al decir del difunto Benedetti, dan confianza. En esa confiable oscuridad es donde mi gratitud encuentra también su templo, en la desnudez de estos momentos arrebatados, a los que no hubiese accedido jamás sin ayuda de tantos que no sé nombrar. Valga pues mi gozo como disipación, pero también como homenaje.

Y con esto cierro mi Déjà-vu por tiempo indefinido. Una ausencia que preveo larga (y en ese caso será afortunada), pero que espero no sea definitiva. Gracias a todos y hasta pronto. Como dice Eliot, Home is where one starts from (El hogar es el punto del que partimos)…

sábado, 20 de febrero de 2010

Je me souviens… une autre fois

Imagen.: La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos (1998)

No sé si era muy prudente quedarse de madrugada viendo cine. Pensaba viajar temprano y necesitaba mis horas de sueño. La película en cuestión, además, era de un lirismo hiriente; “La eternidad y un día”, de Theo Angelopoulos, una de esas historias que proyectan una sombra alargada sobre las cosas íntimas y las arropan con su tiniebla. Me pasé todo el día evitando su recuerdo (a pesar de los efectos pitagóricos de la música de Eleni Karaindrou), y para conseguirlo lo hice todo aprisa, el viaje, la comida, el paseo, la tertulia familiar… Así hasta llegar a la mesita del café Real (mon café de la jeunesse perdue), donde se puede improvisar la calma coral de un interludio. Al regresar a casa, a la primera casa, vuelve uno con la sensación de que nada queda por añadir a su vieja historia, y para amplificar ese vacío finge, como en el canto XIII de la Odisea, cuando Ulises y la diosa Palas Atenea juegan al engaño, coquetean con él, como seductores, como pícaros, aunque ellos jueguen al encubrimiento y yo a la postergación. Confieso que ese pasaje me encanta, uno llega a su lectura henchido de simpatía por el afligido Odiseo, y por encima de todo desea un happy end al uso para redondear la historia, dejarse acosar por lo primario y provocar una respuesta sentimental que le sirva para salir del atolladero. El encuentro entre diosa y hombre es tan excitante como los preliminares del acto sexual, retarda el placer e instruye en su conocimiento, de ese modo uno es más feliz siendo más sabio. Sin llegar a tanto, yo también me regalo astucias para caer luego presa de la melancolía un tanto afectada a la que me incita el revisitado rostro de mis lares loci. La prisa es mi astucia, y me conviene esa astucia, porque la quietud es síntoma de desastre; se detiene uno y enseguida le alcanza la onda expansiva de todo lo que dejó preterido. Ahí estaba pues, en mi sosegado e inquietante interludio, con la vista perdida en la inmensa lámpara de cristal que cuelga del techo del Café, como una lágrima votiva y sucia. Contaba las bombillas fundidas, ojos de cristal en un rostro ciego. Afuera, la calle estaba tomada por las máscaras del carnaval, una fiesta estúpidamente transgresora que me hizo pensar en Tanizaki y en Kawabata y en la verdadera transgresión, que tiene lugar en la oscuridad del mundo, aquí mismo. Mirando la lámpara, su fulgor de luz refractada, me alcanzaron las imágenes de anoche, el rostro de Bruno Ganz haciéndose las preguntas ineludibles y eternas del último día:

¿Por qué tenemos que pudrirnos indefensos, entre el dolor y el deseo?
¿Por qué he vivido en el exilio?
¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua?
Cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas…
¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos?

Ante la falta de respuestas, sorbí mi café y volví enseguida a mis astucias…

miércoles, 17 de febrero de 2010

Je me souviens

Imagen: Marcello Mastroianni en Otto e mezzo (1963).

En esa ambición que Fellini tenía de verlo todo y representarlo todo, el mundo se me antoja más inmediato que la vida, que parece inabarcable, y a veces hasta insondable. Parece mentira que de esa paradoja no haya salido un moralista, sino un epicúreo capaz de transferir ese carácter festivo a su obra, incluso en sus pasajes más sombríos, en los que parece germinar un ideal de vida pagana; algo sensual y alegre. Los delirios fellinianos me recuerdan aquello que decía Flaubert de que la estética es una justicia superior. No caben ahí los actos de contrición, sólo las obras maestras, entre ellas la sonrisa galante de Mastroianni, cortejando la vida. Días atrás le echaba un vistazo a Mi ricordo, sì, io mi ricordo, un libro de memorias que en realidad es la transcripción de una serie de conversaciones con Mastroianni. Un libro que no se escribe; un libro que se habla. Las biografías escritas no dejan de ser un intento de detener la fluidez de la propia vida, de imponerle una trama manida y un sentido un tanto maniqueo. Siempre me ha parecido que al escribir una parte de nosotros nunca llega a hacerse adulta, así que no acabo de entender por qué razón al enfrentarse al pasado se convierte uno en un ser morigerado y triste que necesita de toda esa muerte para consagrarse sin esperanza y sin humillación, como el amor de Borges en las páginas de El Aleph. Por suerte, el retrato que Mastroianni deja de sí mismo es como un guión de Fellini, inexistente, improvisado, espontáneo, fresco… y así resume al propio Fellini, sin tener que hablar de dolores secretos y de complejos de culpa cuya desaparición, aseguraba Vittorio Gassman (otro seductor), es la verdadera señal de que uno ha empezado a envejecer.

domingo, 7 de febrero de 2010

Canto castrato

Imagen: Martin Amis (Oxford, 1949)

En pocos pasajes de Experiencia, la autobiografía de Martin Amis, estilo y moralidad están tan ajustados como en el célebre episodio de la dentadura. Digo estilo y moralidad como verdad literaria, más allá de cualquier tipo de decencia al uso. Tal cosa se podría decir de Nabokov, en ese sentido (en el sentido de Amis) el autor más moral del pasado siglo, a pesar de Lolita (o precisamente por Lolita); y de Samuel Beckett, el más inmoral de todos, si atendemos a la continua agresión que su fraseo produce en el fino oído del autor de estas memorias. De su penitencia bucal, Amis extrae (nunca mejor dicho) un relato tragicómico, lleno de punzantes epifanías en las que se miden el hallazgo estético y el dolor físico, esa clase de dolor despojado que no nos deja saber dónde acaba lo heroico y empieza lo ridículo. No es difícil imaginar a nuestro hombre tratando de comportarse estoicamente en ese potro de tortura que es el sillón del dentista, lo difícil es imaginar la clase de lucidez, la clase de verdad literaria que se le puede arrancar a un dolor de muelas. Tal vez para animarse, Amis emprende una somera búsqueda de antecedentes ilustres, de grandes escritores con dentaduras devastadas, haciendo buena -también en esto- la máxima borgeana de que cada escritor crea sus precursores. Ya sé que toda pretensión de hacer un catálogo exhaustivo es una tarea que choca con el infinito, pero como ejemplo ahí están James Joyce y otra vez Nabokov, dos prosistas exquisitos, tres con Martin Amis. No sé si tres son suficientes para elevar la anécdota a categoría, pero para consolar a Amis (puedo imaginarlo ya sin dientes, con la boca convertida en algo parecido a una casa sin muebles) bien podríamos decir que hay una relación directa entre la prosa de calidad y el dolor de muelas. No hay que escandalizarse, muchas de las deducciones científicas de nuestros días se basan en un muestreo más raquítico que este, en el que no sólo hay que considerar el número de individuos, sino la cantidad de páginas que hay que leer para poder formarse una opinión tan arriesgada. La incursión de Amis en los padecimientos físicos de sus -llamémosles así- precursores, constituye un verdadero deleite literario, mezcla de exégesis y narración, con leves toques de humor, de ira y de freudiana sexualidad. No es de extrañar que en medio de todo este martirio aparezca una discusión entre padre e hijo a propósito de Nabokov y la presunta inmoralidad de su estilo. Hasta llegar a la diatriba anti-nabokoviana del viejo Kingsley Amis (Edipo asoma), Amis hijo hace un imaginativo ejercicio de crítica literaria, contrapunto perfecto de cierta hipocondría. A veces olvido que mi escritura también tiene estos antecedentes, que nació de una mezcla de dolor físico y moral para el que no he encontrado todavía estilo (y por tanto moralidad). Me pregunto si este podría ser el camino para exorcizar ese mal: rastrear debidamente su linaje literario…

* * *

Termino ya, pero no sin antes transcribir este ejemplo de estilo y moralidad que destila la prosa del doliente Amis:

“Lo reconozco: lo sé todo sobre la maestría musical de los dolores de muelas. Sus metales, sus vientos y percusiones, y, sobretodo, sus cuerdas, sus cuerdas… (el «concerto para chelo» de Bach -cuando lo oí recientemente en una sala de conciertos- se me reveló como una impecable transcripción de un dolor de muelas: la persistencia, el irresistible poder de persuasión). Los dolores de muelas pueden tocarse staccato, glissando, accelerando, prestissimo y, sobretodo, fortissimo. Pueden ser rock, blues y soul; pueden convertirse en doowoop, en bebop; en heavy-metal, en rap, en punk y funk. Y, tras todo ese fragor anárquico siempre hay una sola, suave, insistente voz, siempre audible a mi imaginación servil: el trágico lamento del castrato”.

jueves, 4 de febrero de 2010

Café y aceitunas

Me entretengo leyendo una y otra vez la entrevista a Claudio Magris del pasado sábado. Conviene poner atención, porque nada de lo que Magris dice es inútil. Es como asistir a clase de un viejo maestro, donde el aprendizaje da cuenta de una antigua amistad, de modo que todo lo que leo me deja una sensación cercana, como si actualizara un recuerdo imposible. Al comienzo de la entrevista se lee: “Encuentro a Claudio Magris en la Universidad y nos vamos al San Marcos, el café donde comienza precisamente uno de sus mejores libros: Microcosmos. Allí, il professore, como todos le llaman en Trieste, tiene reservada una mesa que se conserva invariablemente vacía hasta que éste, a cualquier hora del día, llega, se sienta y trabaja. Los camareros lo saludan y le traen aceitunas, café, pan. Él devuelve el saludo y me invita. Por cada pregunta que hago, Magris estira la mano y coge una aceituna. Una pregunta, una aceituna, me dice. Las aceitunas son como la vida, vuelve a decirme: si las exprimes mucho, se secan. Y sonríe”… Las he contado: once preguntas, once aceitunas… Por un momento no quiero seguir leyendo, pienso que si sumase la luz velada de este día de invierno al pan y las aceitunas del café San Marcos se podría componer un bonito haiku. No hace tanto solía escribir estas breverías en una mesita de café, junto a un pequeño y extraño ventanal, mezcla de tragaluz y ojo de buey, que convertía el café en un desván o un camarote, un lugar solitario y bullicioso, sin que ambos términos sean excluyentes, porque a veces sólo hay soledad donde hay ruido. Era un lugar muy diferente al que se alude aquí y en las páginas de Microcosmos, la mesita de mármol del café San Marcos, con el pie de hierro colado que acaba en un pedestal apoyado sobre garras de león, pero su efecto era el mismo: café, aceitunas y palabras, muchas de ellas vertidas en cartas que fui escribiendo y rompiendo, casi a la par, sabiéndome incapaz de soportar la nostalgia cuando va acompañada de los ripios de la juventud. Me duelen más las palabras feas que las amargas; debe ser cosa de la edad… Pero hablando de cartas, leo lo que Magris dice sobre su antigua amistad con Isaac Bashevis Singer. Siempre me ha gustado esa vieja y por desgracia desterrada cortesía epistolar entre desconocidos que se admiran. El modo más civilizado de entrar en casa ajena es por la ranura del buzón; es un modo civilizado pero también humillado de darse a conocer, y esa humillación a mí me produce una gran ternura; carece de la intimidante prepotencia que se estila en las relaciones sociales de hoy en día. Uno empieza por escribirle a un padre, a un maestro, y así consigue un amigo. A veces las relaciones necesitan de la distancia y la ausencia para prosperar, algo de eso decía Piglia al analizar el género epistolar. Anoto esto y a renglón seguido (¡menuda ironía!) me encuentro leyendo ya las primeras páginas de ese libro epistolar en el que Michel Houllebecq y Bernard-Henri Lévy se convierten en enemigos públicos. Estoy deseando leerlo; me siento intrigado por los poderosos lazos de amistad que puede crear el odio recíproco, aunque por lo visto hasta ahora hay demasiada autocomplacencia en esa voluntad de desagradar que ambos publicitan, y demasiado cálculo. Empiezan torturándose y no tardan en consolarse, conscientes de estar solos ante el mundo, conscientes también de que su espectáculo interesa, pero no conmueve. Lo que se dicen, lo que se cuentan, me demuestra que la cultura, cuando no paga el precio del desarraigo, se convierte en el dogma de una minoría disgustada, y a esa minoría no quiero sumarme por ahora. Prefiero seguir leyendo lo que dice Magris, lo que enseña Magris. Y venga otra pregunta. Y otra aceituna…