jueves, 29 de julio de 2010

Piel de toro (sobre héroes sin tumbas)

Imagen: Grabado de Andrés Barajas

Cualquiera que haya seguido la controversia sobre las abolidas tauromaquias se habrá compadecido siquiera un instante del compungido rostro de algunos derrotados, cuya tristeza parece estar en concordancia con aquellas palabras de Nietzsche que aseguraban que “una vida feliz es imposible… Sólo es posible una vida heroica. Para el héroe, la vida más hermosa es madurar para la muerte en combate”. La apreciación vale tanto para el taurino como para el propio toro de lidia, cuya vida sólo es fugazmente hermosa. También lo será a partir de ahora para los seguidores de la fiesta, condenados en lo sucesivo a una vida heroica que no sabemos si madurará hacia el combate o hacia la infancia -como en aquella obra de Bruno Schulz-, donde todo es aún posible. A Jules Renard, en cuyo estimulante diario encontré la cita de Nietzsche, le espantaba la Nada que asoma tras la apoteosis de una vida heroica, y es precisamente eso lo que me interesa y me inquieta, ese heroísmo que, en el fondo es una cosa vacía o, peor aún, el síntoma de una sociedad enferma. Me pregunto si se podría medir la podredumbre de una sociedad, su decadencia moral, en función del número de seres empujados a una vida hermosa, en sentido nietzscheano. Esa sospecha hace que -tauromaquias aparte- uno empiece a mirar con angustia aquellas verdades humildes que, al decir de Conrad, son las únicas que tienen vigencia en este mundo, sabedor de que, tarde o temprano se verá empujado a la irrisión de una vida forzadamente heroica…

lunes, 19 de julio de 2010

Amor verdadero

Federico Fellini en el casting de Casanova

En esa pequeña joya literaria que es Un cuarto propio, Virginia Woolf describía a la perfección el lugar equívoco que la mujer ocupa en la imaginación del hombre; el lugar de una existencia mínima, casi inapreciable, en el que crece un monstruo hermoso y horrible en extremo, tan importante para la imaginación como insignificante para la vida. El tiempo se ha ocupado de hacer algo de justicia proporcionándole a un buen número de mujeres dinero y cuarto propio, algo que a Virginia Woolf le resultaba extremadamente valioso como mujer, pero más aún como escritora. En la imaginación del hombre, sin embargo, la mujer sigue ocupando el mismo lugar velado, aquel que por piedad o miedo oculta a un monstruo. Se diría que este espacio de progreso está pendiente de un verdadero pensamiento negativo, algo parecido a aquel bárbaro ascetismo que Adorno reclamaba para restablecer la ausencia de barbarie. Me arriesgo a decir que Virginia Woolf veía al poeta incapaz de esa barbarie redentora, naciendo como nace su poesía de una semblanza incompleta, de un ser desconocido, objeto de un amor que sin querer se convierte en la expresión más sublimada de esa dominación. Me vienen ahora a la memoria unas palabras de Fellini que parecen corroborar esa impresión. Decía el de Rímini que no podía amar a las mujeres porque lo que en realidad amaba era una idea fantástica de las mujeres… por eso tal vez las puso de nalgas para hacer el interminable casting de La città delle donne, ese elegíaco, divertido y por momentos bochornoso delirio con el que Fellini parece querer congraciarse con el bello sexo, cosa que no consigue, porque cada vez que quiere pedir perdón, Fellini ofende con sus disculpas. Mejor le sale la autocompasión, esa tristeza sonriente del macho declinante que encarna un histriónico Mastroianni. El intento de comprender a las mujeres por parte de Fellini resulta un fracaso clamoroso porque no va más allá de la belleza, como el amor de los poetas, para quienes las mujeres son preciosos misterios que, vistos de cerca, resultan triviales zarandajas domésticas (Pavese dixit)…

miércoles, 14 de julio de 2010

Estilos tardíos

Edward W. Said (1935-2003)

Esta mañana, en un funeral, veía a distancia el féretro ante el altar y mientras cerraba mis oídos al piadoso sermón del sacerdote, pensaba en la apacible serenidad de algunas muertes, su falta de estridencia, su idoneidad, acorde tal vez con el silencioso ruido de su estela vital. Recordé algo de lo que Edward W. Said escribió sobre el estilo tardío; la muerte acompasada al tiempo de su vivir, como una estación del calendario, perfecta y saludablemente encajada en su hora; y frente a esa simetría la muerte entendida como disonancia, como intransigencia, como tensión no serena, como drama… En una especie de visión panóptica, repasé los rostros de los presentes, no muy numerosos, buscando en ellos ese escalofrío de exilio, esa expresión rapsódica e inacabada de nosotros mismos, expulsados por un instante de la idoneidad de nuestro tiempo. Me hubiese gustado ver en alguno de ellos esa luz prodigiosa que revela un estupor que está más allá de la consoladora idea de inmortalidad que todo creyente alberga. Y es que, como bien nos recuerda Said, lo tardío resulta mucho más interesante y productivo como disonancia, como desorden, como corrección de una vida que sólo es capaz de proyectar hacia el futuro esa anomalía. Si queremos que nuestras vidas imiten de verdad al arte tal vez debamos dejar que se expresen tal como se resuelven, abrupta y desgarradamente en lo tardío, asumiendo que si algo hay más productivo que la memoria es la confusión. Ahí queda eso…