jueves, 26 de agosto de 2010

Máquinas solteras

Sigo con la novela de Elizabeth Hardwick. Es desoladora en su realismo. Su mirada sobre toda esa bohemia neoyorkina es minuciosa, precisa, pero carece de piedad. Recuerdo el encanto con el que Woody Allen recreaba esa misma fauna en esa deliciosa obra menor que es  Broadway Danny Rose... Posiblemente no haya nada mejor que la comedia para digerir el caro martirio del artista. La bohemia descrita por Hardwick, sin embargo, está llena de máquinas solteras que resultan estrafalarias, neuróticas, fracasadas e inútiles… juguetes rotos en toda la extensión de la palabra. Entre ellos vaga la propia autora, como una musa inquietante, haciendo de esa soltería su rasgo más acusado, como si la soltería fuese una página en blanco en la que siempre se pudiera escribir algo nuevo. En contraste, el matrimonio es como la propia vida de artista: una experiencia que se vive de mil maneras distintas, pero que sólo se puede contar de una, quizás porque en la mayoría de los casos se vive obligatoriamente, sin voluntad (parece decirnos sin decir). Y sin voluntad no se crea nada nuevo, a no ser que uno sea Robert Walser y sepa ser a la vez sumiso y libre, lo cual resulta muy tranquilizador. Se me ocurre que Walser tal vez sea el único narrador capaz de asumir ese reto rutinario: contar una vida común. Parece fácil: basta con rebajar un poco la propia dignidad y aparentar una ingenuidad indestructible…

lunes, 23 de agosto de 2010

Verbatim

Elizabeth Hardwick & Robert Lowell

De Elizabeth Hardwick sabía lo que no recordaba: la intermitente relación conyugal que mantuvo con Robert Lowell, hombre autodestructivo y excelente poeta (no sé si en este orden) al que leí con ahínco en mi juventud. Todas las horas que dediqué a la poesía de Lowell y a su rocambolesca biografía, sabiendo que una no se entiende sin la otra, lo hice sin percibir el peso real de esta mujer, con la que se casó tras una crisis de fe y anticipando otra: la que le llevaría a consolidar su estilo. No sé si resulta procedente, pero me gusta pensar que se puede unir con una invisible línea de puntos este camino de perfección: crisis religiosa, vida de pareja y creación artística. De ser así, habría que evaluar la verdadera influencia de Elizabeth Hardwick en la construcción del Lowell poeta, materia que (estoy seguro) ya habrá sido convenientemente tratada en uno de esos sesudos estudios biográficos a los que son tan aficionados los anglosajones (y tan poco los latinos, dicho sea de paso).
Ahora que ya recuerdo lo que sé, me permito volver a la lectura, retomando un libro -este Noches insomnes- que empecé hace meses y abandoné de inmediato. «No es el momento», me dije entonces convencido, y cerré en falso esas noches insomnes, a sabiendas de que la idoneidad de cada cosa se establece siempre mediante pactos arbitrarios. Ahora he vuelto a esta lectura con placer -esa clase de placer que premia la inconstancia- y en el placer he reencontrado la memoria. No sabía que en el fondo de ambos buscaba también lo fosilizado, como apunta Hardwick al comienzo de su novela; personas y lugares densos y revestidos de una forma definitiva… Tuve que cerrar de nuevo estas noches insomnes y abrir el libro de poemas de Lowell, el Lowell tardío de Day by Day, donde toda esa densidad que se presume abigarrada en la voz de un poeta discurre hacia una inmediatez que capta/ cosas en el momento y luego expira… Siempre vamos buscando la forma definitiva, siempre anticipamos esa muerte. Las Metamorfosis de Ovidio, como señalaba Alexander Kluge, se construyen sobre ese subtexto: seres que sufren cambian de forma, por eso las instantáneas de Lowell (y la proteica novela de Elizabeth Hardwick) resultan tan consoladoras. En ellas se desprende la última piel de todo lo visible.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El otro Joyce

Portada del libro “Man with four lives”, de William Joyce Cowen (1886-1964)

Recuerdo haber leído en alguna parte que los prólogos de Borges estaban dotados de alguna genialidad depredadora, gracias a la cual terminaban destacando sobre la obra prologada hasta el punto de convertirse, como aquel verso de Quevedo, en nariz superlativa, subrayada aquí no por su monstruosidad, sino por su peculiar pathos. Quién sabe, tal vez esa prominencia sea un rasgo más que añadir a la biografía de un hombre que lo mismo construía laberintos que escribía folletos sobre yogures; tal dedicación denota sobre todo curiosidad, la misma que -imagino- le llevó a leer y luego reseñar una rareza literaria, la novela del desconocido William Joyce Cowen titulada Man with four lives, y ya más tarde a escribir aquellos hermosos y enigmáticos versos en los que quedó encerrada y consagrada la misteriosa Matilde Urbach, esperando cual Dánae la lluvia de oro del hypocrite lecteur. Recuerdo ahora el pasaje de una estupenda novela de Cees Nooteboom en la que se mencionaba la incapacidad de los más bellos textos literarios y las más hermosas músicas para hacernos derramar una simple lágrima, como si las efusiones sentimentales fueran productos exclusivos de un alma acorralada por estímulos primarios… Después de leer Le regret d’Heraclite, uno siente que el misterio también se impone a la belleza como falsificación más inmediata (de nuevo la nariz superlativa), y no debería ser así, porque el enigma desvelado no representa más que la clausura, el final del viaje. Allí donde acaba el hilo de Ariadna no hay nada de interés, un monstruo de sórdida belleza petrificada que, en cualquier caso, es un resto del pasado. De ese misterio, sin embargo, se ocupa el encantador relato de Juan Bonilla que les invito a leer. Después de repasarlo ya puede uno volver a los versos de Borges sin tener que preguntarse por la identidad de esa mujer capaz de alimentar un deseo tan desesperado y reductor, el de un hombre empeñado en multiplicar su muerte para regresar siempre al mismo amor. Para un ser como Borges, temeroso de los espejos y la cópula, no debió resultar fácil tolerar esa restricción: ser todos los hombres menos uno. Esa pequeña resta le sustrajo el infinito.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Una novela decente


Mientras leo Nada que temer, de Julian Barnes, se me va dibujando una sonrisa. Observo con simpatía las elucubraciones del agnóstico Barnes sobre la muerte y no siento vértigo alguno. Ni seriedad. Todo aquello de que la muerte viste con golilla (no recuerdo ya quién lo dijo) contradice la serenidad y el humor pausado de un señor que parece tomar el té mientras diserta con la Parca. Tal vez todo esto resulte algo afectado, pero me gusta saber que no hay superstición que resista una sobremesa de aletargada y jocosa resignación, máxime si ese té se acompaña con bollos de frutas, tostadas calientes con mantequilla y tres clases de mermelada… Con toda esa sobrealimentación resulta imposible conservar un imperio. Por algo decía Cioran que la gastronomía es un refinamiento decadente y alejandrino, propio de una civilización que ha descubierto la lucidez y el reposo… y por tanto la muerte. Pero por muy decadente que sea, un escritor no suele llevar sus meditaciones más graves a la mesa (¿o sí? Ahí están las páginas dedicadas a la comida anual en un restaurante húngaro del Soho), más bien las reserva para el pupitre, donde desgrana una jesuítica y solitaria confesión en la que no faltan las inevitables dosis de intertextualidad, porque de la muerte si que podemos decir con absoluto rigor aquello de que todo lo sabemos entre todos, precisamente porque no sabemos nada. Hay una inquietud que manifiesta Barnes al escribir su libro y que, también en esto, confirma la deformación profesional del escritor: se trata de saber si a fin de cuentas la vida, siendo como es un relato, contiene al menos las satisfacciones propias de una novela decente. No esta mal, aunque habría que saber qué considera Barnes como una novela decente, calificativo este que, aplicado a la vida, no necesita mayor explicación: se asume con el cinismo natural con el que se pregona cualquier virtud. En realidad no creo que haya forma de saber qué cosa es una novela decente. La literatura no necesita mayor elucidación, lo que necesita es sobretodo compromiso. Puede que la escritura sea uno de esos placeres dilatados y decadentes de los que hablaba Cioran, pero de algún modo la tarea de escribir aún conserva algo de esa vitalidad ancestral que precipita el Caos. Hay en la escritura tanta determinación como inconsciencia, la misma que formula preguntas para las que no hay respuesta, como es el caso. Escribir un libro sobre la muerte supone abordar un problema infinito y la mejor forma de hacerlo es sin la desesperación del que aguarda una respuesta; más bien se trata de ganar tiempo y de engañar a la muerte robándole páginas que son minutos, horas, días… años. Al escribir su ars moriendi, un escritor tiene el difícil reto de convertirse en Sherezade y ganarse una noche más entre las mil y una, y todo eso sin estropear la solidez del relato ante el final anunciado. Tal vez estas y no otras sean las expectativas vitales, las satisfacciones de una novela decente…

sábado, 7 de agosto de 2010

ασέβεια

Jean-Leon Gérôme, Friné frente al Aerópago, 1861, Hamburgo, Kunsthalle

Un cuadro que me fascina y una historia que me conmueve; el académico lienzo de Jean-Leon Gérôme y el relato de Friné, musa y amante de Praxíteles, molde escultórico de Afrodita, acusada de impiedad, como Sócrates, aunque con distinta suerte. De Friné se dice que fue salvada in extremis por el orador Hiperides, cuando, agotados todos sus argumentos, desgarró el manto que cubría a la acusada y dejó al descubierto su espléndido desnudo ante los heliastas que la juzgaban (momento que luminosamente recoge el cuadro de Gérôme, juzgado con desdén por la historia del arte). El argumento de la belleza, de su propia belleza física, evocadora de la divinidad, salvó a Friné de correr la misma suerte que Sócrates (ya saben, la cicuta). Descubierta como verdad –verdad como alétheia, en el sentido de desvelar, de mostrar lo oculto-, la belleza resulta así exculpatoria. No cabe duda de que el arte se complace de un modo ingenuo en ese concepto de verdad porque le conviene a sus efectos, no así al Derecho que, a pesar de todo, nos ofrece un correlato tan apasionante como el del mito: el de su desacralización, su evolución desde el mandato divino hasta la coacción, base de la acción jurídica. De ello da cuenta el catedrático Muñoz-Arraco, para quien el mito de Friné narra “la profanación del Derecho y debe reconocérsele en la historia jurídica un lugar propio (como se le ha reconocido también al mito de Tartessos). Es demasiado endeble interpretar todo lo que se nos dice sólo como un topos de equiparación de verdad con belleza, o de las picardías judiciales, lecturas posibles, pero superficiales. Más sólido es ver una referencia esencial sobre el desplazamiento del vigor de lo jurídico, desde una sede sagrada a otra profana”. El verdadero velo de Friné se cae, pues, en el contexto de lo jurídico, haciendo que la belleza del mito resulte aún más fascinante por su amplitud de significados. No es poco mérito del arte, sin embargo, evitar que, en ese desplazamiento de lo sagrado a lo profano, el mito se convierta en mera pieza arqueológica…

martes, 3 de agosto de 2010

Anacronismos

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957)

Me quedo con la copla de Said sobre Lampedusa y Kavafis, ejemplos de autores que -en su parecer- escriben sin conciencia de su tiempo, adelantándose a él con un anacronismo preciosista, muy demodé. Muchas historias de ficción científica encuentran en ese anacronismo su mayor virtud y su principal encanto. Siempre es difícil saber cuál es nuestro tiempo. Vivir de espaldas a él supone habitar un tiempo que, como el Reino, no es de este mundo. Si pudiésemos ver a Lampedusa con los ojos -esto es, con los prejuicios- de un contemporáneo lamentaríamos su silencio, esa negatividad que le hace aparecer como un profeta falso, en sentido bíblico, de aquellos que, al limitar sus acciones, no dejan conocer el alcance de sus obras. La transparencia, pues, no siempre define una virtud, máxime si ésta se proyecta en el tiempo, por eso me gusta imaginar la figura del lector de una manera utópica, como un demiurgo reparador, alguien que recibe toda esa tensión, todo el conflicto que genera una obra poderosa y semirreprimida, como la llama Said, y la armoniza con su pasado.