jueves, 30 de septiembre de 2010

Caras y caretas

Marilyn leyendo a Joyce
Cuando supe que Dirk Bogarde, además de actor, era novelista no me sorprendí. De algún modo lo presentía. El sobrio y atildado Bogarde es el perfecto retrato del escritor británico, y durante un tiempo su rostro me sirvió para ponerle cara a todos aquellos escritores ingleses que desconocía, desde E.M.Forster hasta Somerset Maugham, pasando por C.S.Lewis y puede que hasta por el Javier Marías de All Souls. Todos ellos tenían el rostro de Bogarde justo cuando Bogarde empezaba a tener el rostro de Gustav Mahler en aquella película de Visconti. Cada escritor tiene la cara de su obra, aseguraba Julio Ramón Ribeyro en una de sus encantadoras prosas apátridas, acaso sin saber que hay multitud de obras que se pueden leer a la luz de un mismo rostro.
En sentido opuesto, nunca hubiese podido imaginar que tras aquella serie de fotografías de Marilyn Monroe leyendo a Joyce, a Whitman, a Ibsen o al propio Arthur Miller hubiese algo más que una frívola parodia de la figura del lector. Podría hacerse una antológica con todas esas imágenes de Marilyn con un libro en las manos, imágenes de remarcada melancolía que dotan a su personaje de una natural sensualidad. Bien visto, posiblemente esas fotografías de Marilyn lectora sean las que más se aproximen a la imagen que uno tiene del lector apacible. No tan apacible era su hasta ahora desconocida faceta de escritora, tal como revela Anna Strasberg, quien ha compilado los poemas, cartas y notas de la propia Marilyn en un volumen de inmediata publicación. A Marilyn, pues, le ocurre lo que a Gardel, de quien se decía que cantaba mejor después de muerto. Hay mitos que mejoran con la edad, como el propio Gardel, y luego está Marilyn, de quien se sigue esperando todo, como si todo fuese posible en ella, incluidas sus palabras manuscritas. A la luz de estos fragmentos, la poesía desgarrada de un ave nocturna, entiendo mejor todas aquellas fotos de lectora. En ellas Marilyn nos enviaba señales de socorro a través del tiempo. Toda la vida se le fue en eso. Y nosotros haciendo como que no lo sabíamos…

martes, 28 de septiembre de 2010

Triste, solitario y final

Woody Allen (Brooklyn, 1935)

Dicen que Woody Allen ya sólo hace películas tristes. Yo no he tenido ocasión de comprobarlo aún. A estas periferias no llegan sus estrenos, y cuando lo hacen, como en este último “You Will Meet a Tall Dark Stranger”, desaparecen de la cartelera antes de que uno acabe de decidirse a verlos. Hace tiempo, pues, que ya no sigo las derivas del viejo Woody, sus tristezas de hombre menguante (tanto que ya ni aparece en sus películas); en compensación regreso con frecuencia a su antigua risa, con la que he establecido una especie de relación ideal que me parece imposible de destruir. Cuando la noche se hace larga la manta de la risa me la vuelve más corta. Es mejor que una voz que susurra en la radio, mejor que el shopping televisivo y mejor también que los episodios más gamberros de South Park. Por supuesto es mejor que la excursión nocturna a la nevera, en la que uno se arriesga a sentir ese escalofrío que Martin Amis llamaba La información y que es como un presagio de muerte más allá de los cuarenta o el eco de una pesadilla bañada en sudor que uno espera olvidar después de haberse hidratado convenientemente. El problema de la intimidad con la risa es que ésta acabe siendo la culminación de un estilo, como ocurre con el cine de Woody Allen, y cuando la simpatía se adhiere demasiado al estilo, a la larga se acaba destruyendo la relación ideal que tenemos con ese autor. Como recordamos de Oscar Wilde, el estilo y la sinceridad se disputan los asuntos importantes, y a la hora de acreditar nuestros progresos se diría que, al contrario de lo que postulaba el libertino Wilde, la sinceridad derrota siempre al estilo, a juzgar por todo lo que vamos dejando atrás; autores que ya no leemos, películas que no hemos vuelto a ver, música que ya no nos sentimos capaces de escuchar… Me disgustaría seguir este proceso con el cine de Allen, así la vieja risa o su actual tristeza. Ante ellas estoy dispuesto a impugnar ese relato lineal en el que cuentan sobretodo los despojos. Para eso dosifico mis noches de insomnio, para que la risa entre en ellas como una vieja, inalterable amistad.

* * *

(P.S.: Un ejemplo de relación ideal destruida por la excesiva intimidad y también -por qué no decirlo- por la pedantería: el cine de Bergman).

viernes, 24 de septiembre de 2010

Obras menores

Representación de "Maestros Antiguos" a cargo de la Compañía Teatre Romea 

El primer día de otoño me descubre un tiempo de espera. Todo ocurre como tras una lejana detonación, en un instante de luz, esperando a que llegue el eco. De ese modo uno se pierde en el mismo intervalo en el que se extravía todo lo que ayer estaba aquí y hoy aún no ha llegado. Así la novela de Thomas Bernhard, cuya lectura no acaba en la última página. Como ciertas vidas, parece más interesada en su escrutinio que en su resolución y por eso regresa de continuo a sus conjeturas. Tal vez le ocurre lo que ella misma declara en su favor: que su calidad estriba, más que en la obra en sí, en lo mucho y bien que se puede discutir sobre ella, porque esa es la potestad de las obras menores frente a los trazos maestros que enseñan la parte más afinada de un autor: delinear en las fronteras de la imperfección el retrato completo del artista. Como ejemplo valga esta Sonata de Beethoven (Der Sturm. Sonata No.17), una pieza cursi, al decir de Bernhard, su obra más funesta, imprescindible para "discutir" el genio de un artista crispado y monótono en calidad de violento

lunes, 20 de septiembre de 2010

Cabos sueltos


Todo lo que Bernhard propone en Maestros Antiguos; el elogio del fragmento, la abrumadora infelicidad de la vida, el infierno de la infancia, la inutilidad de la memoria, la contemplación superficial de las obras de arte, la búsqueda obsesiva del fracaso, etc., es el reverso irónico de nuestras aspiraciones morales, guiadas siempre por un ingenuo afán de totalidad. Aspiramos a la obra completa, a la vida feliz, al paraíso de la infancia, al éxito y a la memoria ejemplar, pero para sobrevivir a ese proyecto estamos obligados a rechazar todos nuestros logros, especialmente los intelectuales, porque en nuestro camino de perfección la desmesura es el único logro que podemos hacer tangible. Hay en Bernhard una profunda infelicidad que es la consecuencia lógica de nuestra falta de progreso moral, y el arte no escapa a esa tendencia. Se impone un tipo de individuo que, por encima de todo, consiga sobrevivir en el umbral de la imperfección, y para ello lo único que no debe perder nunca es su capacidad de horrorizarse. Extraña paradoja esta: la prescripción del horror como modo de conservar la belleza. Procuraré recordarlo la próxima vez que visite un museo...

viernes, 17 de septiembre de 2010

Enmienda a la totalidad

Thomas Bernhard (1931-1989)

Mañana lluviosa para despedir mis días de asueto. En las casetas de la feria los libros de remate tenían la pátina de polvo humedecida por la lluvia de anoche. El tacto untuoso de sus cubiertas era ciertamente desagradable porque se quedaba en las manos y porque impedía respirar la atrayente carcoma que exhalan los libros viejos. De un tiempo a esta parte a los libros no se les concede el placer de envejecer de forma natural, por eso no me sorprendió encontrar entre el polvo bíblico los Diarios de Iñaki Uriarte, por ejemplo, o la novela del hijo de Romain Gary y Jean Seberg, Alexandre Diego Gary, que arranca con el deseo de una frase irresistible, una frase bien torneada, sáfica y sofisticada, una frase que diera ganas de acariciarla, contra la que uno quisiera acurrucarse, frotarse… Todos los libros deberían empezar así, con el deseo palpable de acariciar la prosa, de cuidar la herramienta de trabajo, aunque luego el objeto de nuestras caricias sea un animal salvaje que saca los dientes y enseña las uñas y que, si nos acercamos mucho, nos araña, nos muerde y nos arranca la carne… Eso suele ocurrir con el animal de la memoria, que de eso trata la novela de Gary. Tal vez, para que la lectura no mortifique nuestra carne, habría que hacer lo que el cascarrabias de Thomas Bernhard apuntaba en Maestros Antiguos, tomarse la lectura en pequeños sorbos, hacer elogio del fragmento, usar esos pedazos no para recomponer la realidad, sino para impugnarla, para lograr una culminación que, en el fondo, es una drástica autolimitación. La vida también lo es, de un modo más natural que la lectura, porque ella misma es una totalidad imperfecta de la que sólo se rescatan fragmentos que es mejor no leer para no tener que someterlos a una revisión defectuosa. Me pregunto ahora si esto es también lo que hago aquí, escribir los fragmentos de una especie de libro caótico y desvalido que funciona como enmienda a la totalidad. De ser así ya puedo asegurar con total certeza que soy hijo de mi tiempo…

martes, 14 de septiembre de 2010

Naïveté

Raymond Isidore en su catedral.

Los pactos entre lector y autor suelen ser abusivos, sobre todo pensando en el lector, que exige muy poco y que, peor aún, lo acepta todo, o casi. En ese sentido me interesa mucho la ambigüedad de algunas consideraciones que Edgardo Franzosini hace en su delicioso librito Raymond Isidore y su catedral, biografía imaginaria de un personaje real, siguiendo la senda marcada por la obra de Marcel Schwob. Viene a decir Franzosini que el excesivo apego a la realidad bien puede acabar en una creación grotesca, y pone como ejemplo el de un supuesto carpintero mexicano que recibe el encargo de hacer un dormitorio exactamente igual al de la fotografía que aparece en un catálogo, siendo así que el fiel carpintero acaba fabricando los muebles en perspectiva, tal como aparecían en el mencionado catálogo. Es cierto que toda biografía ofrece puntos de fuga que invitan a fantasear, a escribir cualquier cosa que no exceda el rigor. Ese es el reto y la limitación: mantener lo real dentro de lo posible. El mecanismo interno del arte es la inocencia, viene a decir Franzosini (y lo secundo), la misma que el autor traduce en osadía y el lector en credulidad, encontrándose ambos de ese modo con su infancia. Pero esa inocencia -no lo olvidemos- deja inerme al lector poco avisado, que no entiende de pactos y sí de muebles en perspectiva. Mal asunto sin embargo si toda obra de arte exige una advertencia dantesca en su frontis, algo que nos avise del frágil territorio que pisamos y de sus pactos efímeros. La verdad de una obra de arte no es prolija, está orientada a la búsqueda antes que a la evidencia, y en eso coincido también con Franzosini cuando afirma que para comprender a fondo a un hombre y su obra, mejor que leer su biografía sería escribirla uno mismo. No está mal esta autosuficiencia creativa como método para descubrir otra de las grandes verdades de este libro: que, en el fondo, el significado escapa a la creación, o dicho de otro modo: que la obra de arte no necesita justificación. En ese sentido resulta enternecedora la humildad de este falso pero posible Raymond Isidore en su encuentro con Picasso, cuando confiesa su incapacidad para entender el significado último de lo que ha creado con sus manos, algo sencillo y colosal: su pequeña maison convertida en catedral en honor de Nuestra Señora de Chartres gracias a su trabajo autodidacta con materiales de deshecho. La confesión desnuda: De ese modo tan sencillo, tan antiretórico, se vuelve sublime lo naïf. Algo que el lector adicto a los pactos abusivos quisiera tener a su favor…

lunes, 13 de septiembre de 2010

Cazando crepúsculos


La ceguera, decía Borges, es como un lento atardecer de verano. Al modo ocurrente de Borges, este es el canto de la belleza que se pierde y que sólo se puede conservar enlatada, si se deja, porque otro argentino genial, Cortázar, ya sabía que los crepúsculos son como elusivos pavos reales: esperan a que les demos la espalda para exhibirse en plenitud. Así es como la belleza y la desafección traban una dialéctica imposible. De los crepúsculos cortazarianos Borges sólo hubiese aprovechado la banda sonora, una sonata para campanita de oveja, golpe de ola o zumbido de moscardón, música apropiada para el apagón gradual de su retina, para el tránsito inmisericorde desde el amarillo -color de asombro y gratitud- hasta un gris blanquecino y brumoso, preludio de la definitiva noche. En su versión completa (imagen y sonido), este atardecer (ver foto) me sirve para imaginar la ironía con la que el ciego Borges hubiese procesado el sinestésico soneto de Rimbaud, qué color hubiesen adquirido aquí los golfos de sombras, las embriagueces sensuales de la sangre, las vibraciones divinas de los mares verduzcos o el supremo clarín de estridencias extrañas. No he podido hacer nada de mayor provecho en estos últimos días de verano, además de volver a estos lugares borrosos, distantes e imprecisos del pasado, donde los recuerdos, como los pavos reales, esconden su plumaje. El tiempo no ha dado para mucho más que esto: cazar crepúsculos y leer a Poe, fingir que me asusto un poco con los terrores de su alma atormentada hasta comprobar lo indestructible que resulta la inocencia de un clásico, algo imposible de trasladar a otro jardín; casi tanto como la resuelta ceguera de Borges, el perfecto atributo de un viajero inmóvil.