miércoles, 27 de octubre de 2010

Animal de carga

Jules Renard (1864-1910)
Soportar los años es una pesada carga que, para sobrellevarse, requiere una escritura ligera, lo cual no es sinónimo de trivial. Pienso en el Diario de Jules Renard, que, tenga más o menos páginas, según la edición, posee la gracia de la lectura aleatoria y la estocada fulminante del apunte rápido que evita tantos y tantos de esos circunloquios en los que se nos desangra el vivir. Ya sé que el propio Renard decía aquello de que escribir es asunto de bueyes, en el sentido de acarrear y sufrir, de acumular una carga imposible de trabajo que sirva para que la aparente ligereza del estilo recree no una facilidad sino una tensión, y en ello no veo contradicción alguna, a no ser que entendamos que el destilado aforismo que comprime los días no es más que un regalo que abarata nuestro esfuerzo. En ese caso el journal renardiano sería una colección de trivialidades que brillan de lejos, como bisutería barata, y convendría no acercarse mucho a ellas, no palparlas y sobretodo no vestirlas para no emular esa belleza pobre que deslumbra al diletante. Ser un buey, en la escritura y en la vida, no es otra cosa que prepararse para los momentos de felicidad, que son como la frase breve: vibran como un alambre demasiado tenso y se rompen bajo el peso de nuestro esfuerzo.            

lunes, 25 de octubre de 2010

Making of

Dibujo de Terry Gilliam

En Dialoghi con Leucò, Pavese se enfrascaba en unos poéticos diálogos a propósito de la intervención de los dioses en el destino humano, una intervención que no proporcionaba un significado racional a las fuerzas desatadas de la naturaleza, el dolor o la muerte, pero sí al menos las integraba simbólicamente en la experiencia humana. Ha acaecido algo -dice Pavese por boca de Tiresias- que no es un bien ni un mal, algo sin nombre -el nombre se lo darán después los dioses... Siempre me ha gustado especialmente ese diálogo de ciegos que Pavese propone entre Tiresias y Edipo, en el cual el viejo adivino de Tebas nos refiere una existencia anterior a las palabras, un mundo en el que todo sucede a expensas de la fábula que le da sentido. Los dioses llegan siempre demasiado tarde; ese aprendizaje amargo resume la desesperación con la que vivimos muchos de nuestros fracasos, la mayoría de ellos tan caóticos como para rehuir el lenguaje. Suceden, como la roca contra la cual Tiresias disipa sus disgustos e ilusiones, esa entraña dura e indescifrable que precede al bálsamo del lenguaje. Imagino que algo así debió sentir el bueno de Terry Gilliam tras fracasar en el intento de rodar su Quijote. Quien se decida a ver “Lost in La Mancha”, asistirá a una sucesión de catástrofes (inundaciones, enfermedades, problemas de financiación, etc.) que parecen reclamar precisamente eso: una intervención tardía de los dioses, algún consuelo contra el caos y la entropía en que se resuelve todo. Tal vez esa invocación esté oculta en el infatigable deseo de rodar que manifiesta Gilliam, en el intento de dejar al menos un rastro de imágenes, una presencia dentro del vacío, como escribe Pavese, una ruina que permanezca, más extraña y más vieja que el nombre que le darán los dioses…

lunes, 18 de octubre de 2010

El balance del vacío

Detalle de Un rincón de mesa (1872), de Henri Fantin-Latour

Tal vez sea cierto eso que una vez me contaron de que somos animales adictos al speculum. En todo vemos siempre nuestro propio relato, cuyo hilo nos esforzamos en seguir incluso cuando copiamos un modelo. Nos interesa la vida de los demás en la medida en que es una proyección de la nuestra, en la medida en que el Otro es un ser acabado que nos define y anticipa y de ese modo nos da sentido. Así el Rimbaud de Edmund White, cuyas primeras páginas leía esta mañana. El modelo de ruptura que supone Rimbaud define y anticipa al joven White, un rebelde homosexual que desea abandonar a su familia y realizar ese ideal de camaradería masculina que se remonta al simposio platónico; un ideal que, de la mano del joven Rimbaud, aspira a una más alta servidumbre: la del lenguaje. Así, frente al concepto estético del amor dorio, en el que la sabiduría del viejo acoge y educa a la belleza del joven, aparece un amor puro carente de afecto. De ese modo retrata Pierre Michon al joven Rimbaud, demasiado joven e impaciente, demasiado rebelde para que su belleza sea educada por la sabiduría. Que se lo digan sino al triste Verlaine, víctima de ese “rechazo de un maestro visible” -escribe Michon-,  de esa rebeldía juvenil que  “es algo muy antiguo, como la antigua serpiente en el antiguo manzano, como la lengua que hablamos. Está la lengua que dice “yo”, cuando esa lengua se remonta por encima de todas las criaturas visibles y no se digna dirigirse sino a Dios”… Todo esto parece confirmar el estado de las cosas que plantea Slavoj Žižek, menos histriónico aquí que en su digresión escatológica. Si todo lo que hay en el universo es un equilibrado, silencioso e indiferente vacío, como propone Žižek, no es de extrañar que el amor sea precisamente una alteración de ese equilibrio. El amor, pues, distorsiona el balance del vacío, y de esa violencia no escapa siquiera el Eros espiritualizado con el que Sócrates replicaba a Agatón.

martes, 12 de octubre de 2010

Tiempo largo

Carl Spitzweg "El poeta pobre"

Una leve dolencia otoñal me ha llevado a vivir un par de días en arresto domiciliario. Confieso que la enfermedad es la única postergación que vivo con alivio. Mientras, convaleciente, regreso a la vida, el tiempo deja de pedirme cuentas por los trabajos y los días perdidos y se vuelve complaciente, adulador incluso. En la enfermedad, el tiempo es una madre.
Como contrapartida a esa dulzura mórbida, esta fuga lenta del tiempo que se escapa por el sumidero de las horas inútiles. En la cama subrayo estas palabras de Faulkner: “Te lo entrego (el reloj) no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo”. Eso pretendo hacer a través de la lectura, olvidar el tiempo. Para eso leo, aunque el Faulkner de El ruido y la furia no es lo más adecuado para un convaleciente. En este momento necesito una recompensa inmediata, algo que no premie el mérito, sino que satisfaga la simple necesidad. Es cierto eso de que la enfermedad nos infantiliza, y hasta en los ejercicios intelectuales uno quiere ser ese niño pasivo al que todos premian por su condición tierna y desvalida. Me culpo a mí mismo por abandonar a Faulkner tan pronto, aunque a tiempo de percibir su música coral. No en vano al pasar las páginas pensaba en esa lectura flotante que exige hacer con las palabras lo mismo que con el tiempo: olvidarlas esporádicamente y no agotar las fuerzas tratando de someterlas. Aún así, el trabajo del olvido resulta fatigoso para un enfermo, por eso cierro finalmente el libro y dejo de oír su música. Pero casi de inmediato llega otra, la charanga de Nino Rota anticipando los ojos chispeantes de Giulietta Masina. No sé si el niño del que hablaba antes será capaz de apreciar ese parque de atracciones que es el cine de Fellini, esa oscilación entre lo lúdico y lo perverso que confieren a sus fantasías un carácter onírico en el que se confunden sus deslabazados guiones y mi incipiente fiebre. En cualquier caso, el cine de Fellini le ahorra a uno el trabajo de delirar. Su música, como la de Faulkner, pertenece ya para siempre a esta pereza en la que el tiempo no siente la impaciencia de agotarse.

viernes, 8 de octubre de 2010

Filosofía del trono


Por recomendación de Francisco Sianes, estimado lector de estas breverías, me atrevo a poner aquí este fragmento de una conferencia de Slavoj Zizek. Como iniciación a su arte de filosofar, nada mejor que este breve tratado de escatología. Que les aproveche.

lunes, 4 de octubre de 2010

El ser y el tránsito

Imagen: Robert Doisneau

El mundo no es más que un perpetuo vaivén, escribe Montaigne. Todo se mueve sin descanso... No puedo fijar mi objeto... No pinto el ser; pinto el tránsito... La frase parece hecha a medida de una novela de Patrick Modiano, de uno de esos hombres y mujeres -sobretodo mujeres- que no dejan tras de sí más que una estela y un enigma. Todo lo que creemos que sabemos de ellos es lo que recordamos de algunas personas que pasaron de igual manera por nuestra vida, siguiendo una línea de fuga y dejando abierta la esperanza de que a través de ellas el tiempo no haya rematado aún su tarea de destrucción. En las novelas de Modiano siempre se anhela ese reencuentro en el que parece que el tiempo va a contarnos todo lo que sabe y va a dejarnos pintar por fin el ser después de haber borrado el tránsito. Casi no hace falta decir que ese reencuentro no se produce nunca, porque la mecánica del tiempo es perfecta y para alimentar nuestra esperanza está obligada a ofrecernos un ser incompleto, como aquellos que una vez se sentaron frente a nosotros, tomaron un café, encendieron un cigarrillo... Seres que llegaron, vieron y vencieron... pero nunca se quedaron. Seres que en su constante ir y venir apenas nos dejaron un cuaderno donde escribir y el deseo de fijar en él su tránsito.
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Enlaces (proporcionados por Francisco Sianes)
http://latorredemontaigne.blogspot.com/2010/01/un-jiron-1.html
http://latorredemontaigne.blogspot.com/2010/01/un-jiron-y-2.html