martes, 1 de marzo de 2011

Misantropía

Rafael Sánchez Ferlosio (1927)

En la calle soplaban ráfagas de crudo invierno, pero dentro del café el calor era sofocante. Para leer a gusto necesitaba un espacio intermedio entre el frío y el calor, entre la música y el ruido, porque ya era suficiente perturbación la voz escrita de Sánchez Ferlosio en la prensa del día. La voz tronante del sabio en zapatillas... Siento cierta ternura hacia los misántropos, me gusta ver cómo le sacan todo el jugo a la decepción, cómo destilan de ella un odio insobornable. Me parece que ese odio es fruto de algo que ellos saben y nosotros no, una verdad que custodian con enajenación de oráculo. En cualquier práctica erudita veo a menudo restos de esa misantropía que uno tiende a confundir con los atributos postizos de la santidad, ese odio ostensible y pedagógico, como un báculo pastoral... En el fondo el misántropo me parece un ser desvalido, alguien digno de lástima, de una lástima tan profunda y oscura como su saber, una lástima que no ha de manifestarse nunca, esperando que se retribuya a sí misma en el lecho de muerte, donde un misántropo se confesará a solas aquello que la rabia le ocultó a su saber: la debilidad de haber sido feliz (léase Wittgenstein).