lunes, 24 de enero de 2011

Una conversación interrumpida

Hay una forma feliz de anacronismo que consiste en vivir voluntariamente en el pasado. Nadie espera que ese pasado nos atrape alguna vez, de modo que, para sobrevivir ha de ser algo más que un consuelo y algo menos que una reserva moral. En términos borgianos: el pasado como una utopía de memorioso. Días atrás leía la conversación entre Javier Marías y Umberto Eco con la sensación contenida de estar asistiendo a un feliz hallazgo arqueológico. Lo es el lenguaje de la conversación, ubicado en la pausa de un tiempo que ya no se nos concede. Lo es la presencia algo abotargada de dos escritores que escriben como ya no se lee, inasequibles a un lector que busca en sus páginas un mensaje reductor sobre el que construir su tiempo apresurado. Hay que entenderlos a ambos, al lector y al escritor, y el abismo temporal que mantiene su conversación interrumpida, una pasión edificada sobre sucesivos desencuentros. Escuchando / leyendo a Marías y a Eco, me convenzo de que la verdadera relación entre un escritor y un lector se construye sobre el equívoco. Lo compruebo y lo experimento a menudo en mi propia persona (especialmente la que escribe), tan susceptible de que su tergiversación la convierta en diletante…

lunes, 17 de enero de 2011

Un grave silencio

Ricardo Piglia
Nunca me han gustado los secretos, sólo los que uno mismo conoce y guarda (no me interesa el secreto si no me emplaza en un lugar privilegiado; saber algo que los demás ignoran). Los demás generan una expectativa casi siempre defraudada, o, en el mejor de los casos, la confirmación de algo ya sabido. Así los diarios de Ricardo Piglia. El extracto publicado hace escasos días en la prensa es apenas un atisbo de la totalidad, un conocimiento sesgado que no nos disuade de seguir imaginando el secreto. Sigo pensando que tiene más encanto el mito que el propio Piglia ha alimentado a propósito de sus diarios que lo que éstos revelan, pero no puede negarse que esta pequeña degustación resulta embriagadora. Hay en concreto una entrada referida a la escritura de libros póstumos que es como un pensamiento robado, algo sobre lo que he fantaseado en repetidas ocasiones. Si de secretos hablamos, no deja de resultar intrigante la fertilidad de los archivos de escritores como Roberto Bolaño, que sigue ganando sus batallas después de muerto. Al igual que Piglia uno empieza a ver en esa fertilidad la sombra de una conspiración. Y es que de algún modo la literatura es un complot. Trabaja en la sombra, produce en la oscuridad y su evidencia resulta siempre sospechosa, como sospechosa es la ilusión de pasado que alimenta. Esa línea oscura, ese grave silencio, como lo llama Platón, ese trazado tan tenue de la escritura como conspiración (la sospechosa invención de Teut) se puede rastrear en el Fedro, pero siendo como es Piglia un escritor argentino, es imposible obviar la vertiente política de esa naturaleza conspirativa que se remonta a Sarmiento, y que tiene sus estaciones intermedias en los relatos policiales de Borges, la non-fiction de Rodolfo Walsh o las novelas mayores de Roberto Arlt. Sus siete locos, que pensaban que destruir el mundo era una manera de reimaginarlo, reproducen en su conjura la expectativa última del lector, una ilusión paranoica…

miércoles, 12 de enero de 2011

En el nombre del padre

Juan Giralt (2004)

Decía Jules Renard que para un padre y un hijo es difícil comunicarse cuando el padre no quiere mandar hasta el extremo de la injusticia. En ese extremo debió de considerar Kafka a su padre (o más bien a la figura mítica del padre) y por eso escribió su célebre Carta con estilo «de abogado». A veces tengo la impresión de que de ese texto tan singular, escrito para no ser leído por su destinatario, para pasar de mano en mano como mercancía robada o, quién sabe, para darle forma ociosa a un pensamiento atormentado, surge una herencia literaria un tanto corrompida, en la que parece imposible hallar espacio para la conciliación y el perdón, como si en estos territorios lo más inmediato -el dolor- fuese también lo más necesario. Se diría que en la vieja sociedad patriarcal el escritor en ciernes, el hijo, necesita escenificar ese drama para romper el cascarón. En ese sentido la muerte del padre -y esto también se puede apreciar en el propio Renard- representa algo así como una ceremonia de traspaso de poderes, y ese poder que la muerte otorga, ese poder recien adquirido por el hijo, no sirve más que para escapar de la amonestación o del juicio severo de un padre que deja de ejercer como juez, pero también ¡ay! como protector. Me pregunto qué tono, qué estilo hubiese adquirido la carta kafkiana de haberse escrito en el lecho de muerte de ese padre terrible, tal como se escribieron aquellas páginas del diario renardiano, en las que primaba sobretodo el apunte impresionista y la contención emocional (la procesión va por dentro), pero también el deseo expreso de retener el tiempo, de sostener la fragilidad de esos momentos en los que surge un extraño remordimiento y nace un amor tardío. Encontré las respuestas en Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, un libro alumbrado por los rescoldos de ese amor tardío que, inevitablemente, es un amor fatal. Para conjurarlo su autor repasa primero el memorial de agravios que procede de la conflictiva relación con su padre, el pintor Juan Giralt, y luego se desliza hacia la compasión movido por la necesidad imperiosa de comprender, de saber de uno mismo y del otro, de saberse uno mismo en el otro, un conocimiento que se alcanza sin excesos retóricos, sin estilos de abogado o novelista. La verdadera expiación no ha de ser ajena a ese despojo, porque más allá sólo queda esa verdad emancipadora de la que, como bien sabía Kafka, sólo se puede extraer un éxito minúsculo.