sábado, 26 de febrero de 2011

Visión de túnel


Esta mañana, a propósito de la publicación en español de la última novela de Martin Amis, leía sus observaciones siempre punzantes sobre la muerte. Además de un gran novelista (muy sugerente Fresán al apuntar el mito de la Gran Novela Americana como un futurible que, vencido por su postergación, ha entrado ya en decadencia, mientras la Gran Novela Inglesa, un mito no enunciado, sigue gozando de la excelencia del hallazgo involuntario), Amis es un gran hipocondriaco. En Experiencia -por citar un solo ejemplo- ya se dejaba caer por territorios odontológicos, en los que la muerte esperaba al final de ese gran túnel oscuro que es la visión en el espejo de su boca desdentada. A medida que las novelas se suceden y la vida evoluciona, se diría que Amis va avanzando con una luz de palmatoria por ese pasadizo sin dientes, sin ver demasiado, pero sabiéndolo todo. La edad biológica crece y se hincha como un absceso de pus, seduciendo a la muerte con su belleza patológica. De algún modo nuestras enfermedades son requiebros para la Parca, que encuentra en la debilidad de nuestra carne los atributos de nuestra belleza. A nosotros, como a cualquier seductor, sólo nos queda hacernos el difícil y fingir que nos importa más el pasado, ese continente ignoto, esa presencia enorme e insospechada dentro de tu ser que a la muerte le pasa desapercibida…

martes, 15 de febrero de 2011

Interiorismo

L.Wittgenstein. Kundmanngasse,Viena
Asegura Vila-Matas que hay un llamativo paralelismo entre el interior de nuestra casa y el de nuestro cerebro, y en esto, ya se sabe, hay de todo, cerebros que son verdaderos espacios paradójicos, como los cuadros de Escher, y otros que remedan la pomposidad de un palacio versallesco, con su planta en U, sus alas retranqueadas o su galería de espejos. La mayoría, sin embargo, acomodan sus pliegues a las reducidas dimensiones de un piso de protección oficial, donde la ausencia de raros detalles estéticos como los que V.M. encuentra en la Kundmanngasse de Wittgenstein, no excluye la presencia de pensamientos terribles. Al leer el texto de V.M. pienso en la habitación de hotel en la que penaba el ingenuo y atormentado Barton Fink de los hermanos Cohen, enfrentado a las miserias de un Hollywood kafkiano y al terror de la página en blanco, un abismo tan seductor e impenetrable como un cuadro de Rothko. Un escritor sabe que no hay interiorismo más radical que ese y que si no es capaz de vestir la página corre el riesgo de dejar su cerebro a la intemperie, durmiendo debajo de un puente. El escritor asalariado se gana su confort conquistando su infierno, como los guionistas de Hollywood, entre los que estuvo el mismísimo William Faulkner trabajando a diestra y siniestra; una mano para el cine y otra para sus novelas. No se sabe muy bien cómo el cerebro de Faulkner, moldeado como el de una vieja mansión sureña, con grandiosas balconadas, porche cubierto y mecedoras movidas por la brisa, logró sobrevivir en el páramo hollywoodiense. Su pesadilla contrasta con el encierro apacible y combativo (valga el oxímoron) de la misteriosa Virginia Woolf; su cerebro acomodado a las dimensiones de un cheque de quinientas libras anuales que significan poder de introspección y una cerradura en la puerta para poder pensar por uno mismo.

sábado, 12 de febrero de 2011

Ojos como flores

"Dos hermanas en la terraza" Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
Este fin de semana se clausura la exposición de Renoir en El Prado. Como colofón a ese final (que no llegaré a ver) encuentro este apunte de Jules Renard, del 21 de octubre de 1904: «Renoir, quizá el mejor (…) a este no le asusta la pintura: mete todo un jardín en un sombrero de paja. Primero te deslumbra. Luego miras, y las bocas de sus chicas sonríen con una finura… ¡Y esos ojos que se abren como flores!…». Ya sé que para observar un jardín no es necesario ir a un museo, por algo la Naturaleza es superior al arte, pero aún así me hubiese gustado ver la exposición, porque los cuadros de Renoir son como esos jardines que crecen en el balcón de casa; flores que se abren secretamente, sólo para nosotros, una obra íntima que precisa nuestra exégesis, y sólo en la intimidad podemos convertir una flor (unos ojos) en objeto de devoción…

miércoles, 9 de febrero de 2011

Tráfico espiritual


He estado leyendo algunos testimonios sobre la triste peripecia de Walter Benjamin en Portbou; aquel precipitado suicidio de un hombre y su maleta de manuscritos. La muerte es un dato, pero si ponemos en ella a un hombre desesperado por cruzar una frontera y adivinamos el tono gris de su última mirada a las cosas -no muy lejos del lugar donde Matisse buscaba colores puros-, ya tenemos en esa muerte algo de la propia: nuestra mirada sobre el abismo. Esa mirada es la que le falta a Cees Nooteboom cuando visita el monumento a Benjamin en el cementerio de Portbou. A pesar de asomarse a un tunel de planchas de acero que da la impresión de desaparecer en el suelo (…), una especie de pasillo que conduce en pendiente hasta un farallón de roca, Nooteboom describe el monumento a ras de suelo, con una mirada desapasionada y fría en la que se hace patente la desolación de quien en verdad está ausente, de quien reposa anónimamente, lejos del lugar donde se le honra. Con ese desapego Nooteboom parece haber captado perfectamente el espectáculo ciego de toda monumentalidad, el mismo que el propio Benjamin encontraba, por ejemplo, en el Obelisco de la Place de la Concorde: «El primer imperio cultural de Occidente llevará un día, en su centro, el monumento que conmemora su poderío. ¿Qué aspecto tiene, en realidad, esta gloria? Ni, una sola de las diez mil personas que pasan por aquí se detiene; ni una sola de las diez mil personas que se detienen es capaz de leer la inscripción, Así cumple cada fama con lo prometido, y no hay oráculo que la iguale en astucia, Pues el inmortal está allí como este obelisco: dirige un tráfico espiritual que bulle a su alrededor. Y a nadie le sirve ya la inscripción en él grabada».
Lo más cerca que he estado del monumento/tumba de Walter Benjamin es en el Pasaje Gutiérrez, en Valladolid, adentrándome inocentemente en ese corazón de ciudad que, al decir del pensador alemán, guarda dentro de sí una revelación de decadencia futura. Sin duda nuestra existencia contemporánea rebasa con mucho ese periodo de decadencia señalado por Benjamin, que se remonta a una época, finales del siglo XIX, y a un espacio, los Pasajes parisinos, que son a Benjamin lo que la magdalena a Proust, lugares donde reconstruir la experiencia sensible. Cuando uno llega a ese corazón tiene que sentir por fuerza un escalofrío; acaba de entrar en el fin de la Historia y lo sabe. Está ante otra tumba, en un mausoleo recoleto, no muy concurrido, sentado en alguno de los cafés que vigilan las entradas del pasaje (casa con dos puertas…), paseando la mirada por los escaparates vacíos, tapiados con papel de celofán, oyendo los propios pasos, que resuenan como palabras que sabemos de memoria... Hemos venido aquí a escucharlas, o eso dice Nooteboom; hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho... Nuestra proximidad les da una sonoridad distinta, las convierte en testimonio de ese instante que, al anunciar su muerte, advierte al fin nuestra presencia.


[P.S.: El Círculo de Bellas Artes presentaba en estos días tres exposiciones paralelas bajo el título "Constelaciones", en una de ellas se incluía este estupendo video. Que lo disfruten]