jueves, 31 de marzo de 2011

Dos momentos, dos autores


Repasando las páginas de La luz es más antigua que el amor, la excelente creación de Ricardo Menéndez Salmón, encuentro la descripción del retrato de un William Faulkner crepuscular, genio agotado del que ya lo sabemos todo porque lo hemos leído todo y del que ya no podemos esperar nada más, por eso esa última mirada es fea: porque carece de esperanza. En los detalles, Menéndez Salmón se recrea describiendo a un Faulkner que «tiene el pelo blanco y su nariz destaca como esas narices de viejo que acaban invadiendo el rostro igual que un cáncer. Hay cierto hastío en su gesto, como si la comida le hubiera provocado acidez de estómago, lleva un traje que no le sienta del todo bien y un pañuelo nada primorosamente planchado asoma de su bolsillo izquierdo. Su mano izquierda está doblada en una postura sin duda incómoda y a su espalda, como en el resto de la sesión, hay una pared de ladrillo o que remeda el ladrillo, una especie de muro de las lamentaciones. Se advierte que el escritor no está a gusto en la pose, pero podemos dar fe de que esa nariz ha olido sabe dios qué fondos de vaso y que esas manos han mecanografiado algunas de las mejores páginas de la literatura de todos los tiempos. Porque ese hombre, el Verbo, William, es una de las encarnaciones más majestuosas del misterio que llamamos escritura, uno de sus demiurgos más poderosos, una de sus potestades. Porque ese hombre, el Verbo, perdurará»… Todo eso está en la fotografía tomada por Carl Van Vechten, una fotografía que contrasta con el momento auroral que describe Pierre Michon en Cuerpos del rey, donde aparece un Faulkner (retratado por James Cofield) en cursivas que resaltan la «aparición frontal, sólida y franca, del artista hecho un joven inútil, un joven imperator, un jover farmer (…)», una aparición que es a un tiempo «consternada y triunfante, poderosa y apocada, trágica y espabilada, indiferente pero fascinada, inquebrantable pero infinitamente corruptible, gigantesca y fútil como lo son, escribió Faulkner, los elefantes y las grandes ballenas»… Imagino que Menéndez Salmón habrá leído a conciencia este primer retrato mitológico de Faulkner para dotarlo del aplomo necesario. Ambos textos constituyen un hermoso diálogo en el tiempo, con su apertura y su cierre, que da cuenta de la verdadera importancia del sujeto fotógrafo, un artista que, como aquellos pintores de iconos bizantinos que nos refiere Argullol, es capaz de interiorizar formas que emergen de la oscuridad. Del mismo modo, la prosa de ambos autores queda configurada como un rezo, pues a su modo la escritura y el rezo se dirigen a la penumbra, donde tal vez no habite nadie. Por eso no es demasiado importante la verdad o la fidelidad de estos retratos faulknerianos. Lo verdaderamente importante son los detalles que recrean el momento, que en manos del fotógrafo es ese clic instantáneo que consigue abolir el azar, o eso cree Michon, quien considera que en la pupila de un fotógrafo la luz nunca es casual. Al elegir la luz, el fotógrafo elige también el momento, y todo lo que se escribe después no debería estar dirigido a retratar al joven y al viejo Faulkner, de quien sólo necesitamos saber lo que ha escrito, sino a recorrer (y por tanto fabular) las mentes de Cofield y Van Vechten, esas mentes (esas lentes) que ignoran el futuro.
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A la derecha: retrato de William Faulkner, por Carl Van Vechten
A la izquierda: Faulkner retratado por James R. Cofield

lunes, 14 de marzo de 2011

Fumar en parágrafos

Marlene Dietrich (1901-1992)
Desde que comenzó el año el paisaje de las mañanas (de mis mañanas) ha ido cambiando casi imperceptiblemente, como cambian las cosas graves. Camino de la oficina veo a los fumadores que salen a boquear al frío y a la intemperie, con su pitillo rápido, como un apurado reflejo eyaculatorio que satisface su necesidad a costa de privarles del placer. Casi todos son mujeres, confirmando eso que Piglia recoge en su Diario, mujeres que salen de sus empleos y encienden un cigarrillo bajo el aire helado, determinadas por la urgencia y la gracia seductora de la adicción. Días atrás leía un llamativo artículo a propósito de la desaparición del estereotipo de la femme fatale, tal vez porque ya no se hace un cine y una literatura tan inocentes. Es lo que tienen los clásicos, una inocencia tan poderosa que acaba con nuestra ingenuidad, condenándonos a un tipo de ironía que destruye nuestra imaginación. Aceptando que ya no habrá más Ava Gardners ni más Marlenes Dietrich, habrá que empezar a trabajarse el mito de la fumadora furtiva para conservar nuestra parte mitómana (esa que nos liga al deseo), aunque la realidad nos indique que las inquietantes fumadoras que Piglia encuentra en los portales son un poco como el viejo campesino que espera a las puertas de la ley en la parábola kafkiana; hasta tienen su cenicero, su mesita y su taburete para languidecer ante la puerta luminosa de un café, una puerta que se cierra sólo para ellas. Se me ocurre que una de esas fumadoras furtivas y fatales podría ser Florence Delay, la académica francesa. Leyendo Mis ceniceros, se despierta en mí una añoranza irreal por el insalubre vicio de fumar, un vicio que, en estos tiempos de arbitrarias e higiénicas prohibiciones, se vuelve tan corrosivo como el sentido del humor. Tal vez por ese camino, por el del humor, por el del vicio solitario, retornemos a los clásicos y hagamos de la incorrección de un libro como Mis ceniceros una obra de culto (se me ocurre otra, Coffee & cigarettes, la película de Jarmusch), o lo que viene a ser lo mismo: un libro tolerado por los no fumadores. De ellos (de nosotros) depende que la lectura se convierta en la última forma de cortesía…

martes, 8 de marzo de 2011

Suicidios ejemplares

Lucia Joyce (1907-1982)
Mientras leo una entrevista con Ian McEwan me pregunto si es cierto eso que dice, si en verdad hay una literatura heroica con voluntad de serlo. Él menciona el ejemplo más radical de todos, al menos en el campo de la narrativa, el Finnegans Wake: «una carga heroica en un callejón sin salida». Su definición no podría ser más precisa, una obra que es una especie de misión suicida en la que el héroe -Joyce- se gana nuestra admiración a costa de perder nuestra empatía. Lo que no nos cuenta McEwan es que el verdadero destino de esa inmolación no es otro que la inadvertida gloria, como le ocurría al Obelisco de la Place de la Concorde observado por Walter Benjamin (ya hablamos aquí de eso), el tráfico espiritual de una legión de lectores que consagran esa obra en un lugar privilegiado pero poco frecuentado de sus bibliotecas, tal si levantaran una estatua invisible en el centro de una plaza imaginaria… Tal vez McEwan tenga razón y la literatura necesite transmitir algo de forma inmediata para generar esa empatía que, en cuestión de estilo, sólo tolera los riesgos vicarios. Al fin y al cabo, como afirmaba Ricardo Piglia, el propio Finnegans no es sino el producto de una empatía secreta, la de un hombre que escuchaba atentamente a las mujeres, a una especialmente, cuyo lenguaje secreto viene a ser una versión psicótica del siniestro y seductor canto de las sirenas y un ejemplo de que, en ocasiones, los ejercicios de estilo son como los actos de amor: cargas heroicas en un callejón sin salida…

martes, 1 de marzo de 2011

Misantropía

Rafael Sánchez Ferlosio (1927)

En la calle soplaban ráfagas de crudo invierno, pero dentro del café el calor era sofocante. Para leer a gusto necesitaba un espacio intermedio entre el frío y el calor, entre la música y el ruido, porque ya era suficiente perturbación la voz escrita de Sánchez Ferlosio en la prensa del día. La voz tronante del sabio en zapatillas... Siento cierta ternura hacia los misántropos, me gusta ver cómo le sacan todo el jugo a la decepción, cómo destilan de ella un odio insobornable. Me parece que ese odio es fruto de algo que ellos saben y nosotros no, una verdad que custodian con enajenación de oráculo. En cualquier práctica erudita veo a menudo restos de esa misantropía que uno tiende a confundir con los atributos postizos de la santidad, ese odio ostensible y pedagógico, como un báculo pastoral... En el fondo el misántropo me parece un ser desvalido, alguien digno de lástima, de una lástima tan profunda y oscura como su saber, una lástima que no ha de manifestarse nunca, esperando que se retribuya a sí misma en el lecho de muerte, donde un misántropo se confesará a solas aquello que la rabia le ocultó a su saber: la debilidad de haber sido feliz (léase Wittgenstein).