viernes, 29 de abril de 2011

El criado de Satie

Erik Satie (1866–1925)
Escucho la Sonatine bureaucratique de Erik Satie, interpretada por Pascal Rogé y regreso a una tarde reciente, semanas atrás, en una ciudad extraña, o no tanto. Estoy encerrado en un aula, en el subsuelo. Me falta la luz natural y su ausencia me provoca una mezcla de fatiga y melancolía. Recuerda uno que en los penosos aprendizajes de la infancia al menos había monotonía de lluvia tras los cristales provocada por un viejo maestro de timbre sonoro y hueco. Aquí, en cambio, es un coro de voces jóvenes el que impone la monotonía solapándose con el bajo continuo del ordenador, cuya actividad tiene uno de esos perfiles sonoros que -estoy seguro- le hubiese gustado medir al propio Erik Satie. Cuando salgo de nuevo a la luz me siento tan próximo y a la vez tan lejano como el excéntrico Wakefield, en la calle contigua del día, observando las últimas horas de luz como el paso silencioso de una mujer viuda. Con ese sigilo inicio mi paseo, viendo cómo se desvanece la tarde y entra de golpe la noche, como si saliera desnuda de un vestidor. Su piel entera se me ofrece al salir de una librería, donde he manoseado un Proust levantado en armas contra Sainte-Beuve y (¡sorpresa!) un Erik Satie entregado a la filofonía. No es de extrañar que la monotonía de esta tarde anticipara a ambos, al fonómetra y al memorioso involuntario, al que mide el sonido y al que sueña el tiempo, tareas ambas que sirven para conservar en la memoria una tarde parda y fría de invierno (aunque ya fuese primavera). De esa tarde, por supuesto, nada sabe el criado de Satie, personaje peculiar que aparece en la página inicial de las Memorias de un amnésico, escritas (es un decir) por el inclasificable compositor francés. Según nos cuenta Satie, su criado tiene dos apariciones estelares, la primera como testigo mudo de un repugnante sí bemol examinado con un fonoscopio; la última como espectador de los efectos de un caleidófono grabador utilizado por Satie para la composición de sus Pièces Froides. No sabemos mucho más, excepto que cada hora le toma la temperatura mientras duerme. Un escritor de talento que quisiera novelar la vida de Erik Satie encontraría en este personaje irrelevante la voz narrativa perfecta para contar la historia del que quizás sea el más extravagante de los músicos contemporáneos (se admiten objeciones). Los criados, con su obsecuente e inapreciable existencia, rozan la omnisciencia. Lo saben todo de los ríos subterráneos que cruzan la existencia, y que son más o menos como las horas destempladas que pasé en aquel sótano, tomando mis lecciones y haciendo como que descifraba los sonidos con la precisión y el apasionamiento de un fonómetra. Dudo sin embargo que ni ellos ni yo pudiésemos llegar a entender el afán juguetón y científico de Satie, su rechazo de la solemnidad o su devoción por la palabra escrita que, apareada con el sonido, adquiere la apariencia de un arte total. La locura tal vez…

lunes, 25 de abril de 2011

Tiempos verbales

Andrés Trapiello (1953)
Trapiello se incorpora a la secta de los internautas, y lo hace con el paso cambiado. Torpe, como en un desfile de genios, haciendo de cada traspié una declaración de principios. La primera y más evidente es la manifiesta incapacidad de seguir el paso marcado por una escritura que improvisa, como un borrador, a un ritmo en que la vida sólo llega a definirse como boceto. La escritura del blog es una escritura de comienzos, espasmos, efusiones y eyaculaciones, nada que ver con la bruñida palabra de un escritor que escribe como si sembrara, dejando semillas de tiempo en el borde de la página para que su fruto se parezca luego a una vida imaginada. Eso más o menos es el Salón de pasos perdidos; para su autor una vida corregida, para el lector un jardín en el que recrear la propia. La confesión de Trapiello sirve para recordarnos que la literatura se constituye sobre cosas pretéritas, cosas alimentadas por el tiempo, digeridas por él. Imagino que el arte de narrar parte de esa sutileza, de la capacidad para detectar cuándo un hecho está lo suficientemente maduro para ser narrado, y aún sobre él se han de depositar capas y capas de escritura hasta dar con esa forma corregida en la que, de algún modo, se despliega eso que Ricardo Piglia llama la historia invisible de los años. El tiempo del verbo; de eso hablamos, en definitiva, de lo inmediato, que para ser contado se vuelve invisible; de lo invisible, que para perdurar enmudece en una cavilación

martes, 19 de abril de 2011

Parábola del ciego

Jules Renard (1864-1910)
Al Jules Renard de los últimos años le gustaba hacer balance. Es inevitable que esa tarea esté siempre ligada a la experiencia del fracaso, porque ya no se puede elegir, que es lo que hace la vida antes de entrar en esa pausa retrospectiva. Mientras se elige se camina a ciegas, un poco a la manera en que se escribe, tal como postulaba Faulkner: iluminando la oscuridad que hay alrededor de la llama. “Si mi vida empezase otra vez” escribe Renard “la querría tal cual. Sólo abriría un poco más los ojos. He visto mal y no lo he visto todo de este pequeño mundo por donde he avanzado a tientas”. Abrir los ojos para ver en el límite de nuestra oscuridad el rostro de quien nos mira (el rostro de quien nos guía). Eso se desprende de aquel pasaje del journal renardiano en el que el autor mira a su mujer y se define a través de lo que ve reflejado en ella, la única persona de su mundo ante la que puede ufanarse sin sentir vergüenza de su vanidad, la única persona que tolera su afectación como una coquetería natural. Quien disfruta de esa clase de amor ya no quiere ver nada más…

jueves, 14 de abril de 2011

Huerto cerrado

Günter Grass (1927). Foto: Joseph Gallus Rittenberg

Leo el avance editorial del diario de Günter Grass. Me llama la atención lo sencillo que resulta escribir un diario cuando uno dispone de un huerto propio. Creo que ambas cosas van de la mano. Claro que para disponer de ese huerto hay que ser un poco Cándido y llegar a la botánica tras haber sido vencido por la historia, la política y el arte, todos juntos o por separado. Tras esa culminación uno puede dedicarse tranquilamente a plantar árboles y, si vive al lado del mar, pescar peces y dibujarlos antes de meterlos en el horno (los dibujos de Grass, como aquellos primitivos rituales de caza en los que se rogaba por el alma del animal muerto para defenderse de su venganza). En plena digestión, con una pipa bailando en los labios, ya se puede disertar sobre la Alemania reunificada (el diario -sutil máquina del tiempo- nos devuelve a 1990) o sobre la escritura de Philip Roth, con estos resultados: «Desde fin de año (hasta anteayer) he estado leyendo la novela "La contravida", de Philip Roth, un libro que estimula la contradicción y se rebate continuamente a sí mismo, y que abusa del judaísmo y el antisemitismo para responder de manera prolija a la pregunta, en realidad banal, de si un autor puede explotarse a sí mismo y a otros (su familia), es decir, para responder como estaba previsto que sí. Pero quizá este libro no me gusta porque no aprecio especialmente a los autores que convierten de forma permanente su propia persona en tema. Incluso allá donde el autor descubre los manejos del ficticio narrador con deslumbrantes y certeros argumentos, el esfuerzo apenas merece la pena; no sorprende que el capítulo sobre Israel, «Judea», resulte pálido comparado con el libro de entrevistas periodísticas de Amos Oz "En la tierra de Israel"». No he leído lo suficiente a Philip Roth para entrar en el debate, y creo que, de haberlo leído profusamente, todavía me sentiría menos capacitado. Cuando uno lee demasiado a un mismo autor ocurre que se va encerrando poco a poco en el capullo de su obra y se transforma en una crisálida ignorante del mundo, que, en este caso, es toda la literatura. Me ocurre con Bolaño, de quien acabo de leer su última novela sin saber más de él que cuando leí la primera. Queda, eso sí, una especie de bajo continuo, una música antigua prensada entre las páginas que suena nada más abrirse uno de esos tomos editados por Herralde. La música como la rosa de Yeats, Red Rose, proud Rose, sad Rose of all my days!... Me pregunto si la música roja, orgullosa y triste de los días le parecerá a Grass digna del esfuerzo que le deniega a la investigación autoficcional o si, por el contrario, seguirá pensando que el autor sólo puede ser el tema de conversación de sus obras si aparece en ellas como sujeto histórico. La respuesta, más allá del huerto.

jueves, 7 de abril de 2011

Pactar con el diablo

Elke Sommer y Paul Newman en "El premio" (1963), de Mark Robson
El novelista que Paul Newman encarna en El premio es un tipo de escritor que resulta a todas luces inverosímil. Un hombre guapo, joven, atlético, vividor, sarcástico, cuyo mayor talento parece ser ese radar para detectar el misterio (y para sufrirlo). Cuando acude a Estocolmo a recoger el Nobel de literatura se ve envuelto en una trama de espionaje de lo más trivial, resuelta con tópicos de cine negro y destellos de comedia ligera. Nada especialmente memorable. Lo que sí resulta memorable es la rueda de prensa en la que Andrew Craig, el escritor que encarna Newman, anuncia el fin de su idilio con la alta literatura (pero no con su remuneración) y el comienzo de su relación de interés con la novela pulp, que confiesa escribir con la libertad de quien se divierte y con la vergüenza de quien se oculta bajo seudónimo. Es como si el último Nobel, Vargas Llosa, decidiera convertirse de repente en Silver Kane, legendario autor de novelas de kiosko en la hambrienta Barcelona de posguerra. Alta y baja literatura, cada uno persevera en lo suyo, pero sólo uno de ellos parece haberse liberado de la superstición del autor. Tal vez eso es lo que pretende el vividor Craig, una especie de cambalache mefistofélico en el que el diablo siempre sale perdiendo, porque el diablo sólo gana con nuestras ambiciones, no con nuestras renuncias. Como bien supo ver Bolaño después de muerto, el arte falsificado es un lugar mestizo donde lo auténtico y lo falso, lo serio y juguetón, la obra real y la sombra se dan la mano y, facultados por una mezcla interesada de codicia e ingenuidad, caminan juntos hacia la destrucción, y de paso -añado- se quedan con la chica...