martes, 31 de mayo de 2011

Tan lejos, tan cerca

Ilustración de Ana Juan para la edición de Wakefield, Ed. Nórdica

Por una de esas travesuras del azar leí Wakefield lejos de casa, en la habitación de un hotel que, mientras duró la lectura, se convirtió en la casa de la calle contigua, el lugar donde el excéntrico personaje de Hawthorne se ocultó de su mujer durante 20 años. Yo, desde luego, no tardé tanto en volver a casa, cuatro días nada más, hasta completar las 26 horas de un curso laboral. Haciendo números la cosa salió así: 20 años en 54 páginas y 26 horas en 4 días, una suma de infinitos que, a su manera, me alejaron del hogar, sin hacérmelo perder de vista. Para cubrir la distancia de regreso no conté, sin embargo, con la eventualidad de un chaparrón otoñal, como el bueno de Wakefield, sino con el cálculo infinitesimal, que me sirvió para recorrer la distancia de años en páginas y la de horas en días, y de paso evitarme los desafíos a los que obliga la morbosa vanidad de Wakefield, que es la que verdaderamente lo aparta de su mundo. A estas alturas uno ya sabe que la única distancia que nos separa del hogar es una distancia moral, y en ella caben todos los años, todas las páginas y todos los segundos de ese instante que nos expone al peligro de perder para siempre nuestro lugar en el mundo, un lugar erigido sobre nuestras postergaciones, sobre las cosas que dejamos por hacer, nuestro gran proyecto que, amparado en nuestra inmovilidad, se convierte en espectáculo de lo imposible. Hace tiempo que mi empeño por vivir viene determinado por el deseo de vencer cualquier postergación. Para eso, entre otras cosas, se encierra uno a leer en la habitación de un hotel, para sufrir esa pequeña gran transformación moral que consiste en apartarse discretamente de su mundo. Sin embargo, después de alejarse tanto y tan poco para regresar luego a caballo de las páginas y los días, se da uno cuenta de que nunca está tan lejos de casa como cuando escribe. Nunca se es más Wakefield que en el momento de ceder a la excentricidad ocasional de escribir. Cada una de nuestras palabras atraviesa el umbral de nuestra casa y nos despide en la puerta con una sonrisa. La moraleja que Hawthorne deja pendiente en su interpelación al lector invita a pensar que nadie mejor que un escritor para hacer de marido excéntrico.

lunes, 23 de mayo de 2011

Cara a cara


Veo Love in the afternoon mientras en las urnas se decide el futuro del país. La desconfianza y la pereza que me inspira la polis me sirven de excusa para demorarme en la encantadora comedia de Billy Wilder, para abandonarme, como Proust, a una especie de sensualidad mnemónica que percibo como la encarnación gozosa y palpitante de un tipo de belleza dolorosa. Casi todo lo que ocurre ahora, en esta tarde, reproduce esa dialéctica, el tiempo perdido y el deber cívico, la nostalgia y la indignación, la ingenuidad al uso y la necesidad tardía de ese entusiasmo primerizo, los ojos rasgados de Audrey Hepburn y la frente despejada de Gary Cooper, un playboy pasado de años, tantos que sus arrugas han de ser piadosamente difuminadas para poder enfrentarse a la virtud de una muchacha enamoradiza. A estas alturas, mi escepticismo también reclama ese leve sfumato, ese maquillaje temporal del desencanto que necesita un rostro de galán viejo y rijoso para vestir con decoro sus virtudes.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Plazo fijo

Gabriel Ferrater (1922-1972)
Uno de mis cuentos favoritos de Borges, aunque no uno de los mejores, es «25 de agosto de 1983», escrito hacia 1977. En esa fecha (en ese cuento) el autor se cita con la muerte en la habitación de un hotel, una muerte que, tratándose de Borges, no podía ser sino otra versión del tema del doble. Después de aborrecer los espejos durante toda su vida, el viejo Borges traba intimidad con su reflejo y lo convierte en su oráculo, sometiéndolo a toda clase de preguntas. De las respuestas que se da a sí mismo parece extraer una sola certeza: que el escritor, más que ningún otro hombre, acaba siendo su menos inteligente discípulo. El carácter especular de la escritura sitúa nuestras expectativas en el límite de la parodia, no más allá. Después de esa culminación está la muerte esperándonos en una habitación de hotel, contándonos todas estas cosas que ya sabemos y obligándonos a permanecer fieles a nuestro desafío, ese 25 de agosto de 1983 que al viejo Borges le debió de parecer un plazo lo suficientemente largo como para no tener que cumplirlo. En un libro de entrevistas, Mª Esther Vázquez reproduce los comentarios de Borges al respecto de esa resolución ¿Qué hago? se preguntó al llegar el día señalado ¿Me comporto como un caballero y convierto en realidad la ficción para no defraudar a esa gente? ¿O me hago el distraído y dejo pasar las cosas?...
El cuento de Borges me vino inevitablemente a la memoria mientras abordaba el retrato novelado que Justo Navarro hizo de Gabriel Ferrater, quien aseguró, medio en serio medio en broma, porque estas cosas tan solemnes son las que más se aproximan al límite de la parodia, que se mataría antes de cumplir los cincuenta, un 20 de mayo de 1972. Así lo dijo y así lo hizo, sin que Navarro nos explique por qué. Ni falta que hace, pero uno tiene la sensación, mientras avanza en la lectura, de que el Ferrater novelado por Navarro ya sabía que para escapar de la caricatura la vida ha de volverse voraz, ya sea en amistades, en amores o en lenguas. Y esto ha de ser así porque todo lo que nos duplica despierta en nosotros un deseo de soledad; también la escritura, en cuya trampa, sin embargo, caen los mejores, Borges incluido.
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Enlaces (proporcionados por Francis Black):
http://www.tv3.cat/videos/2621459/Metronom-Ferrater
http://loquenuncatedigo.blogspot.com/2007/05/gabriel-ferrater-suicidio-para-no-oler.html

lunes, 16 de mayo de 2011

Arte menor


Según Vila-Matas, Marcel Schwob era un ser cambiante y fugaz, a punto siempre de doblar una esquina y perderse. Ese no ser y no estar como anticipación o retraso ya fue recogido por el joven Jules Renard en su Diario. Schwob -escribió entonces Renard- es un hombre aislado. Piensa que hemos llegado tarde y que después de nuestros mayores solo podemos hacer una cosa: escribir bien. Años después, Renard acude a velar el cadáver del que llegó a ser su amigo y le atribuye el aire encolerizado de ciertos muertos que se van demasiado pronto. Llegar demasiado tarde a la vida e irse demasiado pronto es un rasgo de cortesía que delata a los autores menores, cuya presencia no perturba nuestra idea del tiempo, sino que la cruza como un río subterráneo o como una sociedad secreta, que diría Borges. A pesar de su corrección, la distancia que impone esa cortesía se vive como una fría desesperación, la de dos murciélagos que quisieran salir volando por la ventana, escribe Renard en uno de sus encuentros con Schwob, donde queda patente la desolación del escritor despojado de sus laureles. Uno lee lo que V.M. escribe sobre el Viaje a Samoa, de Schwob, y le parece que ese relato hacia el corazón de las tinieblas (o hacia la tumba de Stevenson) bien pudiera ser el resultado de aquella noche de octubre de 1893 que Renard nos cuenta en su diario. En la vida de un autor menor, el vuelo desesperado de un murciélago sirve para darle impulso a una existencia que fluctúa, que aparece y desaparece, que se atrasa para escribir bien o que se adelanta para adquirir el aire encolerizado de ciertos muertos. Lo mismo le ocurre a Gombrowicz en su viaje de regreso a Europa, tras sus veinticuatro años de voluntario exilio en la Argentina. Su relato, recogido en un voluminoso dietario, también participa, como el de Schwob, de esos viajes que ya no se pueden realizar en barco y de las cartas que ya no se escriben en los barcos. También hay algunos episodios rocambolescos que sólo podían ocurrirle a alguien como Gombrowicz, un supuesto conde polaco que vivió su exilio argentino con demencia de hidalgo español; episodios como el de los doscientos cincuenta dólares misteriosamente robados, o el de ese ojo humano que aparece en la cubierta del barco como escapado de una escena de Un chien andalou. No dejan de ser historias que, como la enfermedad y los deslumbramientos de Schwob, presagian un final distinto al que anticipaba su aventura, un final imprevisto que convierte a su autor en intérprete de la adversidad, porque a fin de cuentas es a eso, a la adversidad, a lo que conduce el vuelo desesperado de un murciélago…

lunes, 2 de mayo de 2011

Muerte de un pirómano

Ernesto Sabato (1911-2011)
Cuánto ruido hace la muerte en una vida que hace tiempo ya que debería darse por amortizada. Me refiero a Ernesto Sabato, cuya desaparición más que en el luto indaga en el misterio de esa supervivencia casi centenaria. Siguiendo un argumento que el propio Sabato desarrolló en su Informe sobre ciegos, cuanto más se vive más parece romperse esa relación unitaria que hay entre el cuerpo y el alma. Vivir demasiado (a lo largo y a lo ancho) es vivir muchas vidas, y el escritor, además, tiene el agravante de que las multiplica todas. Escribiendo somos tantas personas que somos hasta nuestra propia muerte, por eso no es de extrañar que Sabato entregara la mayor parte de sus obras al fuego. Restringir nuestras vidas es un modo absurdo de engañar a la muerte, por eso purificar nuestra obra mediante el fuego me parece un método convincente de conservar nuestra identidad. Antes de ser el último hombre, un escritor ha de ser el autor de todo lo que destruye.