martes, 22 de noviembre de 2011

Gente herida

Yasmina Reza (1959)
Viaje fugaz a la capital del Reino. Tan fugaz, que para que ocurra algo hay que buscarlo en las páginas de un diario. Acompaño a un familiar a una consulta médica y mientras espero ojeo la prensa del día. Madrid, en la prensa, es un cruce entre un gigantesco anuncio de contactos y un delirante compendio de ofertas inmobiliarias. Sexo y hogar, esa es la ecuación, pero ambos a lo grande, en sintonía con la dimensión de sus teatros y palacios. Madrid es Corte también en sus burdeles y en sus urbanizaciones de lujo, con su inconcebible intimidad de 400 m2 y 800.000 €. Un lugar sin límites. Más inmediato resulta lo de pasar página y seguir leyendo mientras los pacientes van y vienen por el pasillo largo y alfombrado de la consulta como si fuesen meritorios, como si, más que una dolencia ocular, a ellos también les afectase el deseo de prosperar, de ahí que imiten el aire entre esperanzado y humillado de los aprendices. Ninguno de ellos parece tener a su alcance la desmesura de esos lujos asiáticos encontrados en las últimas páginas de un periódico. A pesar de sus dolencias, ninguno de ellos aventura ese aspecto de gente herida de la que hablaba Yasmina Reza unas páginas atrás; gente sin tiempo para vivir, sin tiempo para pensar, sin tiempo para enfermar, sin tiempo para morir… Políticos y actores, precisa la Reza, seres guiados por la indómita y envidiada luz de su hybris personal.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La musa inquietante

Anita Ekberg en La dolce vita (1960), de Federico Fellini
"He amado, he llorado, he estado loca de felicidad. He ganado y he perdido. No tengo ni marido ni hijos…"; son palabras de la anciana Anita Ekberg, pero podrían haber sido pronunciadas por cualquiera de las musas inquietantes de Giorgio de Chirico. Al igual que las enigmáticas Talía y Melpómene pintadas por De Chirico, la Ekberg se presenta en primer plano ante un pasado que destaca al fondo, como un palacio majestuoso, refugio de geometría, serenidad y nostalgia; una ruina emergida de un antiguo sueño de grandeza, como la herrumbrosa fortaleza que vigilaba el tedioso y amenazante mar de las Sirtes. Poco importa que para realzar esa arquitectura irreal haya que desfigurar una felliniana obra maestra como La dolce vita. A medida que uno va cumpliendo años el debate sobre la naturaleza del arte pertenece, como todo, a la indulgencia o a la severidad con la que juzgamos nuestro propio pasado. Sólo quedan los espejos, que no multiplican el horror, como temía Borges, pero le mienten a la más bella, como recordamos del cuento de Blancanieves. A propósito de Borges… recuerdo ahora la serie de retratos con la que Mª Esther Vázquez encabezaba un libro de entrevistas dedicado al escritor argentino. A los sesenta y cinco años (hacia 1964), Borges era un ciego con la agenda muy ocupada; desaprendía colores, dictaba clases de literatura inglesa, despachaba en la Biblioteca Nacional, viajaba en metro, desafinaba viejos tangos, tomaba café con sus alumnas y comía en casa de Bioy Casares, con quien, en la sobremesa, avanzaba en las tramas de Bustos Domecq. Diez años después, a los setenta y cinco, todavía camina solo, pero como Ulises, sale de casa únicamente para regresar al hogar, donde aún le espera su madre, la vieja Leonor Acevedo, su Penélope, cuya muerte llenará todo el espacio de su soledad. Avanzamos otra década más y encontramos finalmente a un Borges que para caminar necesita apoyarse en su bastón y en un brazo amigo. Dice Mª Esther Vázquez, que el Borges octogenario recibe visitas y bromea mucho con la muerte, tiene el rostro teñido de un dorado suave, fruto del sol bajo el que aún camina; su agudeza y su humor se han afinado tanto como su figura… Al final de sus días, Borges es una estatua de bronce que posa sonriente ante sus pasadas glorias, como una musa más menguante que inquietante. La implosión de la vida, que en el caso de la Ekberg acaba en un arrebato displicente que recuerda a la mismísima Norma Desmond. Ese arrebato es el penúltimo grito de una vida reducida al limitado espacio de su cuerpo, como el último Borges, o como uno de esos personajes mutilados de las novelas de Samuel Beckett; una voz muda que sólo podemos leer con angustia y cuyos momentos de gloria ya no pertenecen a la memoria sino a la magia que invoca la varita de este Mandrake encarnado por Marcello Mastroianni, el torpe galán que no sabía caminar sobre las aguas de la Fontana de Trevi y a quien Fellini otorgó el poder de revivir los bellos tiempos, siquiera como trampantojo…
 

martes, 8 de noviembre de 2011

Lengua muerta


Escribe Gabriel Albiac a propósito de la edición de los Cuentos de Isaac Bashevis Singer: «Como Herman, como Masha, Isaac Bashevis Singer ha llevado consigo el cadáver del gueto al Nuevo mundo: su lengua. Y, con la lengua, los minuciosos laberintos de fantasmas que nos tejen como muertos en vida. Escribir yidish, en el Nueva York de los años cincuenta, es el único modo de poblar el mundo desierto -la imaginación del mundo, al menos- de quien lo perdió todo». Posiblemente para hablar una lengua con propiedad (esto es, para poblar el mundo, cualquier mundo) antes haya que perderlo todo. Experimentar el anhelo de ser judío como disolución, exactamente igual que el deseo kafkiano de ser piel roja, pues es en esa tensión entre libertad y desarraigo donde una lengua se vuelve hospitalaria. Para preservar una lengua de su extinción acaso no sea necesaria Academia alguna; basta con unos pocos Bashevis Singer en eterna diáspora, escenificando de manera agónica esa relación de distancia y extrañeza con la lengua materna que, al decir de Piglia, constituye la marca de todo gran escritor…

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El cuerpo y la sangre de Zuckerman


El cuerpo y la sangre de Zuckerman… ningún otro personaje, ningún otro autor (Philip Roth) nos liga más a la inmediatez de lo carnal. El cuerpo, fuente de comedia y drama, tan entrelazados el uno con la otra, como músculo y tendones, como huesos y pellejo. No hay más trascendencia porque no hay más realidad que esa. La política, la religión, la filosofía, el arte… todo reducido a una lección de anatomía. Nada piensa; todo sangra, escupe, suda, defeca, eyacula… Incluso la fonación, el habla, el lenguaje, no son más que una secreción. Y el pensamiento, la vida espiritual… pura escatología. Pensamos, amamos, odiamos con una parte del cuerpo, preferentemente un pene, un coño, una teta, un culo… Escribimos con el órgano que nos duele o nos penetra. Y la memoria ¿Acaso puede ser otra cosa que el recuento de nuestras metamorfosis? No hay nada más, parece decirnos Roth, y uno piensa que para llegar a esa conclusión bien podía ahorrarse cientos, miles de páginas tal vez. Y sin embargo nadie como él para contarnos lo obvio, aquello que, por inadvertido, acaba pasando por inédito: que vivir es una urgencia, la urgencia de satisfacer un instinto. Acaso escribir sea el más solidario de los instintos que atenazan a Roth, cosa que agradecemos, porque nadie como él para contarnos lo que tan incómodo nos resulta admitir: que nuestra vida no es más que nuestra historia material