miércoles, 11 de enero de 2012

Anatomía de un instante


En las palabras con las que Pierre Bergounioux traza la curva descendente de un B-17 abatido por un caza alemán en la IIª Guerra Mundial, resuenan aquellas otras con las que DeLillo, otro explorador de la muerte, pretendía explicar el magnicidio de JFK.: «Seis coma nueve segundos de calor y luz», se puede leer en Libra; «(…) Dediquemos nuestras vidas a comprender ese instante, separemos los elementos de cada repleto segundo. Desarrollaremos teorías que brillarán como ídolos de jade, intrigantes sistemas de supuestos, cuadrifacéticos, elegantes. Seguiremos las trayectorias del proyectil hacia atrás, hasta las vidas que moran en las sombras, hombres de carne y hueso que gimen en sueños…». Bergounioux también escribe en esa fugaz estela de calor y luz: una película bélica que el autor vio en dos momentos diferentes de su vida y en la que se recoge el breve instante en el que el piloto de un Focke-wulf dispara sobre el bombardero americano y lo abate sobre los cielos de Alemania. En las páginas de B-17G Bergounioux disecciona ese instante, desarrolla sus teorías elegantes y viaja hacia las vidas que moran en las sombras, las vidas de los muertos, los tripulantes de ese avión abatido, vidas que el autor francés imagina necesariamente sin épica, en una especie de reconstrucción forense. Como lección y quién sabe si como advertencia, Bergounioux nos deja la convicción de que para comprender el instante, la secuencia fílmica en la que el caza alemán surge de las nubes y abate al bombardero americano, no vale la imaginación literaria ni el conocimiento de la Historia; hace falta un espíritu intacto, una atención apasionada, una avidez cándida con la que memorizar todos los signos precipitados y resplandecientes del ahora. Cuando Bergounioux repasa las páginas aéreas de su maestro Faulkner, el paseo de Hemingway a bordo de un B-25 o el vuelo nocturno de Saint-Exupéry, no encuentra nada que se ajuste al espíritu tierno y desprejuiciado de los que van a morir. Sólo ellos pueden hablar, o mejor aún escribir con autoridad, precisamente porque ignoran, porque su estilo es ante todo una manera de estar en el mundo, y ese estilo, esa forma de estar en el mundo, le sirven a Bergounioux para denunciar la catástrofe de un tiempo acelerado, el nuestro, repleto de instantes dramáticos cuyo conocimiento nace de una íntima desolación, de una verosimilitud en apariencia banal, asumible tan sólo por una sensibilidad casi virgen que Bergounioux resume de este modo ejemplar: La realidad, mientras pulveriza la imagen que nos hemos hecho de ella, nos recuerda su existencia, su realeza y su poder a través de la pérdida y el fracaso. Para poder comprenderla, y si se desea proyectarla a través del lenguaje articulado sobre el papel, hacen falta dos premisas: el vivirlo en carne propia y el que no se tenga ninguna prevención ni fin preciso, ni un pasado ni proyectos para el futuro, tener entonces menos de veinte años…

martes, 10 de enero de 2012

Ronda muerta

T.S.Eliot (1888-1965)

He vivido estos últimos días en una extraña simbiosis con Exit Ghost, la novela de Philip Roth. Como este Zuckerman terminal, yo también he vuelto a casa para recordar, padecer y vivir momentos impetuosos, y como Zuckerman, me he dado cuenta también de que, a ciertas edades, los momentos impetuosos sólo pueden ocurrir en la página. Así es, a ciertas edades la realidad se vuelve grotesca, y uno, para conservar su dignidad, ha de hacerse el tímido. La dignidad es una vida secreta.
A ciertas edades, digo… Hay un pasaje de la novela de Roth que cita un fragmento de Little Gidding, uno de los Cuatro cuartetos de Eliot, en el que el poeta recorre las calles solitarias al amanecer tal si caminara por el infierno dantesco, allí se encuentra un espectro familiar y compuesto dispuesto a revelarle los dones reservados a la vejez. En ese punto Zuckerman olvida, como si quisiera evitar lo explícito, y esa omisión le sirve además para amplificar la sutileza del párrafo escrito. Lo miraré cuando vuelva a casa, escribe… Eso hice yo también al volver a casa, abrí mi vieja edición de los Four Quartets, y leí: Estos son los dones reservados a la vejez que coronarán el esfuerzo de tu vida:

1. En primer lugar la fricción fría del sentido/ que sin atractivo expira, sin otra/ promesa que la amarga insipidez de la sombra/ de un fruto a medida que se alejan alma y cuerpo.
2. En segundo término la impotencia, / consciente, de la rabia ante el desatino humano/ y la risa lacerante de lo que ha dejado/ de divertirnos.
3. Y al fin el tormento/ de repetir cuanto uno ha hecho y sido; / la vergüenza de comprender los móviles tarde, / la conciencia de haber obrado mal/ y en perjuicio ajeno creyendo ejercer/ la virtud (*).

Sin duda Roth y su alter ego Zuckerman conocen bien estos dones, ese honor manchado, incluso sin leer a Eliot. Y para ello no basta con envejecer. Cada vez que hablan bien de nosotros omiten ese conocimiento, esa amarga trinidad del sinsentido, la impotencia y la repetición, esa falsa virtud que, en cualquier caso, no consiste en nada más que en haber llegado vivo al momento de la revelación, al solitario paseo matutino acompañado de un espectro familiar que ejerce de viejo maestro. Al viejo Zuckerman sólo le falta eso, el paseo de una ronda muerta -We trod the pavement in a dead patrol, escribe Eliot-. Lo demás ya estaba ahí, inapreciable, invisible, como el poderío de Occidente inscrito en el Obelisco de la Place de la Concorde, aquel monumento señalado por Walter Benjamin como punto neurálgico de un bullente e indolente tráfico espiritual. En ese sentido, también la revelación del espectro eliotiano es un oráculo astuto que Zuckerman, para conservar su efecto, envuelve piadosamente bajo el manto del olvido.
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(*).-T.S. Eliot, Cuatro cuartetos. Ed. Cátedra. Traducción de Esteban Pujals Gesalí