lunes, 20 de febrero de 2012

En las alturas

Siempre me han gustado los imposibles, las obras irrealizables. Probablemente el arte no se desprenda nunca de esta utopía opresiva, igual que los sueños, que rozan el absurdo tanto para deslumbrarnos como para hacerse irrealizables. Tal vez ambas cosas formen parte del mismo hechizo, y tal vez a ello se deba también que la melancolía sea el estado endémico del artista, provocado tanto por la capacidad de idear grandes empresas como por la pereza a la hora de ejecutarlas.
Una empresa grande, genial, arrebatadora, es la que imagina Rafael Argullol en torno al Foro económico de Davos, escenario de una nueva Montaña mágica. Sólo falta que surja en esta generación un Thomas Mann con talento suficiente para volver a las alturas en las que se desdibuja el mundo y escribir esa novela épica y grandiosa sobre el único oráculo capaz de revelar la verdad de nuestro tiempo, una verdad socrática resumida en el proverbial sólo sé que no sé nada. Sin embargo, puede que el éxito de esa empresa no sirva para nada más que para ingresar en la hermandad davosiana, como la llama Argullol, porque estoy seguro de que, entre filántropos, el artista, que en el fondo participa de la misma alquimia que el estafador, siempre será bien acogido. Al igual que la economía, el arte conoce la incertidumbre pero no el riesgo, por eso es incapaz de imaginar la catástrofe (aunque se pase el tiempo anunciándola). Como el ángel de la Historia según Walter Benjamin, sólo es capaz de observar las ruinas del pasado mientras el huracán que se arremolina en sus alas lo arrastra hacia el futuro. El Thomas Mann de nuestro tiempo acudiría al Foro de Davos y haría lo mismo que Baudelaire al subir a la montaña bajo la cual la vieja ciudad moderna (valga el oximoron) se tiende como una Sodoma: embriagarse con la enorme ramera de su desmesura, cuyo encanto infernal rejuvenece su vida…