jueves, 28 de junio de 2012

Historia municipal de la destrucción


Dice Vila-Matas que sobrevivir a la ciudad de la infancia es una experiencia moderna, y no le falta razón. Este tiempo acelerado en el que nos ha tocado vivir no sólo crea un tipo de nostalgia apremiante y convulsa (es decir: una moda), sino que de su mano viene también la catástrofe que la dinamiza, juntando así ambas cosas, la velocidad con la que cambia todo y la inmovilidad (la indefensión) con la que ese todo se enfrenta a su destrucción. En ese sentido la rue Vaneau, escenario central de Doctor Pasavento, la walseriana novela de V.M., vendría a ser como cualquier calle de la ciudad de nuestra infancia: un paisaje urbano en silencio. Claroscuro e inmovilidad a la espera de una catástrofe.
Valgan los subrayados de la novela de V.M. como introducción a la lectura de las postales barcelonesas de Isabel Núñez, un libro que colecciona un sinfín de emotivos e inmóviles escenarios de la catástrofe, rescatados de su destrucción por una nostalgia más sosegada que más bien parece un tipo de fascinación. Yo, que también he sobrevivido a la ciudad de mi infancia, prefiero sumergirme en esa fascinación nueva que en mi propia añoranza, porque hace ya muchos años que no vivo en mi ciudad, y al volver a ella siento como si todo me lo hubiesen cambiado de sitio, de modo que para encontrar mi nostalgia tengo que superar antes mi confusión. Aún así, el libro de Isabel me ha hecho recordar algunas de mis viejas postales (recordar, en este caso, es el mejor modo de leer); la antigua casa de mis padres, por ejemplo, un octavo piso desde cuyo balcón se veía hace muchos años un caserón con enormes ventanales cerrados, las típicas galerías de las casas gallegas, diseñadas para contemplar y protegerse del mar, y no para observar a los vecinos. Junto a esa casa había un enorme patio, puede que algún huerto, no lo recuerdo bien, un espacio vacío por el que solían corretear algunos críos semidesnudos que manchaban el silencio con sus gritos de júbilo, tal si emborronasen una página en blanco. Durante algún tiempo esa casa fue el escenario inmóvil de una catástrofe, o eso me parece ahora. Cuando la derribaron construyeron en su lugar un enorme bloque de pisos que, además de afear el paisaje, me dejó sin una de mis visiones favoritas en las tardes de verano: la puesta de sol tras los montes del Seminario. Ni siquiera cuando nos mudamos a ese edificio nuevo (o por decirlo de otro modo, cuando nos pasamos al enemigo) conseguí recuperar mi visión. Detrás de nuestra nueva casa habían levantado otra, y aún otra más allá. Cemento y más cemento entre mi ventana y mi añorado paisaje crepuscular, y hasta llegar a él, como diría il dottore Pasavento, un viejo camino en el que el Tiempo ha escrito el fin abrupto de nuestro mundo…
Recordar, pues, es levantar acta de la destrucción, y, si hacemos caso a Isabel, en esa destrucción pesa menos el tiempo que los negocios; denuncia ésta que repite el argumento de La plaza del azufaifo, un libro anterior a estas Postales, en el que un árbol era toda una ciudad, en el que una ciudad era todo un síntoma. Enfrentarse a la destrucción desde la memoria, tal como hace Isabel Núñez, supone asumir esa exigencia de la que hablaba Agamben en relación a las fotografías, la exigencia de darle un nombre a cada rostro, al rostro anónimo de la destrucción, y la exigencia, también, de preservar de la destrucción esa imagen final que es como la recapitulación de una existencia; el gesto más ínfimo y cotidiano: el gesto más eterno. Por eso las fotografías que acompañan los textos de estas Postales son como las imágenes del Juicio Universal, en el sentido que le da Agamben a ese evento; representan el mundo tal como aparece en el último día.

viernes, 22 de junio de 2012

Las vendas de la muerte


Anoche caían unas escasas y espesas gotas de lluvia, como la transpiración de un cielo que giraba con esfuerzo. Hacía demasiado calor, y antes de dormirme decidí leer de un tirón La tercera persona, novela recientemente publicada por Álvaro de la Rica, apreciado lector de esta bitácora. Menciono la lluvia de anoche porque la novela de Álvaro empieza hablando de Los muertos de Joyce, y cómo no acordarse entonces del dulce descenso de la nieve cayendo sobre los vivos y los muertos, como la última postrimería… Nada mejor para empezar una novela que recoger ese guante, el de dos personajes convertidos en sombras, una que duerme y otra que vela (y se desvela), una que se convierte en sueño y otra que se convierte en muerte… Yo mismo, mientras leía la novela de Álvaro, era esas dos personas, la mujer que duerme abrigada por los recuerdos de su tercera persona y el marido que intenta desentrañar ese instante de amor que redefine toda su vida. «La muerte -escribe Álvaro- es el instante de amor del que habló Kafka en sus “Pensamientos sobre la religión”. La luz tras la puerta. La sentencia finalmente revelada…». Escribir con arreglo a los muertos no es simplemente escribir sobre memorias extintas, sobre sombras más o menos borrosas transfiguradas en nieve apelmazada sobre las lápidas del cementerio de Oughterard; es más bien escribir sobre las vendas de la muerte, sobre las gasas sucias y ensangrentadas que deja tras de sí un cuerpo resucitado. Los personajes de La tercera persona han muerto y han resucitado. Mueren en un instante de amor (adúltero) y al resucitar pierden la unidad del curso de sus vidas. La luz que hay tras su puerta es un espanto, y el mundo por el que vagan sus cuerpos se convierte en una pesadilla poblada de personajes grotescos que parecen escapados de algún círculo del infierno dantesco. Todo aquello que nos cambia sucede así, en un fondo de pesadilla, y al despertarnos parece como si hubiésemos contraído una enfermedad -la culpa- que no tardará en volver a matarnos… y en volver a resucitarnos. Hay un texto hermano de esta novela que explica a la perfección este proceso, un sueño que el autor transcribe con comprensible pudor en su bitácora y que le lleva de una noche tormentosa a la estatua funeraria de John Donne. Para ir de un lugar a otro hay que atravesar una gasa blanca, una oscura placenta, hay que dejar en el camino esa segunda piel que es el despojo de la culpa y el resto del placer. Hay que ir del miedo a la belleza, de la desnudez a los gusanos. Ida y vuelta. Un tránsito que hay que hacer en soledad, y que es como el viaje de regreso a la infancia que hace uno de los personajes de la novela en el escalofriante pasaje de su visita a Auschwitz, cuando el horror que inspira ese Ground Zero de la Historia se convierte en una revelación sobre su pasado. Para ello basta con ver reflejado en ese horror unas leves líneas familiares, los mismos muros de la casa familiar, el mismo granito en los peldaños de las escaleras, las mismas ventanas bajas de la Bauhaus, las mismas barandillas redondeadas… En el relato de la Historia el horror es una sombra del horror (como el amor para los personajes de esta novela). Es cuando vemos reflejado en ese horror los rasgos de algo que proviene de nuestro mundo inocente, cuando el horror (y el amor) se convierte en una verdadera revelación. Me pregunto finalmente si esa revelación puede liberarse también de su mortaja, como las culpas del amor: soñándose ambas como un castigo eterno…

miércoles, 20 de junio de 2012

Paseos con Carl Seelig

Robert Walser (1878-1956)
Anoche terminé la lectura del libro de Carl Seelig. Me reconfortó la comparación que se hace en el postfacio entre los Paseos con Walser y las Conversaciones con Goethe, obra monumental de Eckermann, es algo que yo mismo iba pensando a medida que pasaban las páginas y se sucedían los años en esa peculiar amistad entre el poeta y su biógrafo, o más afortunadamente, su notario. Siempre me ha intrigado esa abnegación del biógrafo respecto a la figura del biografiado. La suya, más que una labor documental, parece una formación del carácter. Se podría decir que, de algún modo, la biografía es el bildungsroman del escritor que emprende la tarea de inventariar la vida de un personaje. En la escritura de ese libro el escritor encuentra unas normas de conducta, una seguridad y un orden semejantes a los de una carrera militar, algo que, en el caso de Seelig, ayuda a concretar su proverbial filantropía. En ese sentido, en el sentido de hacerse haciendo, no es extraño que la redacción de libros como Paseos o Conversaciones ocupen a su autor durante años y años, pues su tarea no sólo ha de realizarse en el tiempo, sino que además se hace bajo la necesidad de perpetuar su propio orden, al que quizás le sobre bondad en la misma medida en que le falta imaginación.
Esa es la sensación final que me deja el libro de Seelig, la melancolía última de lo que, a pesar de todo, está demasiado atado al tiempo y, por tanto, debe terminar. El conocido desenlace de la existencia walseriana no le resta un ápice de esa melancolía al transcurrir del libro, una melancolía que va in crescendo, como si creara un suspense, y que al final, como apuntaría el propio Walser, se abre enigmáticamente, como una rosa. Si no resultara un poco cursi decirlo, casi se agradece que el libro termine en Navidad, aunque si Walser levantara la cabeza seguro que renegaría de ese sentimentalismo del mismo modo en que renegaba de su propia obra.
La relación desdeñosa, más que conflictiva, que Robert Walser mantenía con su obra, me recuerda mi propio desdén, años atrás, cuando me encontré por primera vez con la narrativa del escritor suizo. Nunca he comprendido bien ese desdén mío, ni la causa ni su necesidad, ligadas ambas, sin duda, a una torpe y apresurada lectura. Conociéndome como me conozco, no sé cómo no fui capaz de sintonizar desde el primer momento con la ingenuidad de los personajes walserianos, una ingenuidad de la que proviene su heroísmo paradójico y su admirable patetismo. Creo que la luz se hizo anoche, leyendo los fieles apuntes de Seelig; este pasaje en concreto: “Considero un mal fundamental de la reciente literatura suiza” -dice Walser- “el que nuestros autores presuman tan ostentosamente de lo amables y bondadosas que son nuestras propias gentes, como si cada uno de ellos fuera un Pestalozzi. La inmerecida seguridad en la que nuestra generación se encuentra desde el cambio de siglo ha producido en los autores unas maneras de maestro de escuela que a veces me resultan directamente repugnantes. Todo rastro de genio demoníaco es reprimido. (…) Sin lo abismal, un artista no es más que algo a medio hacer, una planta de invernadero carente de olor”… Este fragmento, creo yo, resume perfectamente el equívoco sobre el que nació mi peculiar relación con el escritor suizo: el de no haber sido capaz, en un primer momento, de percibir lo abismal por debajo de lo amable, lo demoníaco por debajo de lo bondadoso. Que el genio demoníaco de Walser no fuese evidente para mí, sirvió para que nuestra relación se construyera sobre un malentendido. Y ese malentendido, a su vez, sirvió para diferir el placer malvado -que no perverso- con el que hoy en día degusto sus novelas. La bondad que denuncia Walser pertenece al mismo equívoco que la felicidad, que no es un buen material literario sencillamente porque es autosuficiente y no necesita comentario alguno. Tampoco debería necesitarlo este equívoco que, de una manera desafortunada, me sirvió para atribuirle a Walser las maneras de algo que nunca fue: un maestro de escuela, un pedagogo remilgado.