viernes, 20 de julio de 2012

"El gentil monstruo de Bruselas"

Jean Monnet (1888-1979)
En el contexto actual, con un país como España, que no sólo ha entrado en el túnel insondable de la recesión económica, sino también en el de la pérdida de soberanía, Europa se nos aparece más que nunca como ese gentil monstruo del que habla Hans Magnus Enzensberger, un experimento posdemocrático, una superestructura burocrática sostenida por altos funcionarios imbuidos tanto de un pueril internacionalismo como de un insaciable celo normativo. Sobre ese celo normativo se explaya a gusto Enzensberger, denunciando (ironizando más bien) el afán homogeneizador en el que proliferan las tristemente famosas directivas europeas, que consiguen regular desde los pepinos hasta el tamaño de los condones, pasando por las prótesis dentales, los usos horarios, el queso de leche cruda o la sidra de Frankfurt, sin olvidarnos de los retretes, y aquí resulta imposible no detenerse en aquella digresión escatológica del gran Slavoj Zizek a propósito del diferente modo en que la gran trinidad europea (Alemania, Inglaterra, Francia) afrontaba el problema de la mierda, un problema de orden metafísico (La pregunta capital: ¿Qué hacer con el embarazoso excremento que sale de nuestro cuerpo?) que el afán regulador de la Comisión Europea ha resuelto gracias al diseño industrial. Lo único que, por ahora, parece escapar al tutelaje de la Comisión es la cultura, y eso lo demuestra Enzensberger haciendo números, 11 céntimos anuales invertidos en cultura por cada ciudadano de la Unión, casi cuatro veces menos que el gasto cultural de la ciudad de Múnich. Y eso que en su origen la cosa no pintaba nada mal. Si uno repasa la lista de invitados al congreso de La Haya, en mayo de 1948, encuentra a Churchill o a Mitterrand, pero también a Bertrand Russell, T.S.Eliot, Raymond Aron, Ungaretti o Niemöller. Uno se imagina los corrillos improvisados entre los prohombres que participaron en la creación del Consejo de Europa y recuerda aquello que, unos años después, Gombrowicz apuntaba en su controvertido Diario: “Hubo una época en la vida de Europa en que se podía invitar a un desayuno a Nietzsche, Rimbaud, Dostoievski, Tolstoi, Ibsen, hombres sin parecido entre sí, como si procedieran de planetas distintos, pero ¿qué desayuno no saltaría en pedazos con semejante compañía? Hoy se podría organizar sin miedo un banquete general para toda la élite europea; se desarrollaría sin chirridos, sin chispas”. Seguro que en aquel primitivo paneuropeísmo de posguerra saltaron más que chispas y chirridos, pero a la vista de los resultados parece que lo que triunfó, después de todo, fue la corrección anodina de un desayuno de trabajo presidido por la figura opaca de Jean Monnet, un hombrecillo eficiente y pragmático, precursor inmediato de los actuales comisarios y tecnócratas del gentil monstruo bruselense, para quienes la política europea tiene poco que ver con las decisiones soberanas de los Parlamentos y los ciudadanos… Visto lo visto, el pensamiento de Monnet es una profecía autocumplida. El monstruo gentil y amable que nos describe Enzensberger es a un tiempo el guardián de nuestra cancela y la fiera que nos acosa, un adorable cachorro de tigre y un ente inmisericordemente filantrópico (en cursivas enzensbergianas) al que no conviene darle de comer…