jueves, 17 de enero de 2013

Canción de juventud

El agujero y el gusano es un documental ficticio de Chantal LeBlanc que aparece en el ecuador de Karnaval, la última (y estupenda) novela de Juan Francisco Ferré. En ese documental se recrean las voces de Philip Roth, Michel Houellebecq, Camille Paglia, Noam Chomsky, Michel Onfray, Lady Gaga, Slavoj Žižek, Phillipe Sollers, Beatriz Preciado o Julia Kristeva, entre otros, disertando sobre el hecho que saltó tiempo atrás a las portadas de la prensa sensacionalista: la presunta violación de una camarera por parte de Dominique Strauss-Kahn, antiguo dirigente del FMI. En ese pandemónium de voces que usan la filosofía, el feminismo, la religión, la biología, la lingüística, el cine, la literatura o la antropología para entender el hecho nefando de la violación (y por extensión, el abuso de poder) se aprecia esa querencia cultural por el discurso vacío y la jerga académica. Precisamente ese discurso abigarrado y vacío que ampara el linchamiento del dios K, trasunto kafkiano del propio Strauss-Kahn, es la constatación irónica de que, en realidad, en toda la historia no hay ni un solo rastro de pensamiento, que, como escribiera, por ejemplo, Pierre Bergounioux en B-17G, todo está determinado por los afectos. Por eso, siguiendo esa línea argumental, también en el caso real de DSK, así como en el literario recreado por Ferré, lo más importante, lo más logrado, lo que el propio Ferré denota, es lo que más se echa en falta en el relato periodístico y mediático que lo dio a conocer: esa inocencia inviolada ante lo real, la inocencia de quien no conoce la culpa, el dolor o la humillación del mismo modo que no conoce la muerte, la ingenuidad irresponsable de quien ni siquiera los concibe, la confirmación de que, como apuntaba Bergounioux (y en estos tiempos más que nunca), hace falta ser tan joven como lo es el mundo para entender cuál es su sentido. Una vez caído de su pedestal del FMI, el dios K novelado por Ferré tiene esa epifanía de juventud. En su lujoso arresto domiciliario, el viejo tecnócrata renace como sátiro, filósofo, indignado, filántropo, profeta, científico, teólogo, performer, economista… todo un repertorio carnavalesco de transformaciones impulsadas por el renovado ardor juvenil de un visionario, alguien que, desde la atalaya de su desdicha, empieza a entender que la belleza es acción y el pensamiento forma sin contenido, que la memoria es una creencia impuesta por el modelo económico dominante y la libertad que éste ampara no es más que un juego que armoniza con el caos… Saber todo esto le proporciona al dios K esa especie de inmortalidad que siente un adolescente en un momento de excitación colectiva y, de paso, lo convierte en un hombre de su tiempo, en alguien que rejuvenece a medida que se degrada su imagen pública, haciendo así que el sentido del mundo que habita surja en él como una idea abyecta.