miércoles, 20 de febrero de 2013

El intocable

Tony Judt (1948-2010)
Anoche leía un interesante capítulo del libro póstumo de Tony Judt (Pensar el siglo XX) en el que se habla de los “Cinco de Cambridge”, los espías ingleses que trabajaron para Stalin. La lectura de ese extracto me hizo recordar El intocable, la estupenda novela de John Banville que leí hace unos años. En ella el virtuoso Banville fantaseaba con la figura de uno de esos espías y nos contaba su agitada biografía, que cruza una parte esencial del siglo XX. Se trata de un ejemplar singular, de un verdadero personaje literario; comunista convencido, homosexual practicante e historiador diletante, experto en Poussin y conservador de la colección de pinturas de la reina de Inglaterra. Su historia, como la del pasado siglo, transcurre entre palacios, museos y campos de batalla (la del presente siglo no transcurre, fluye por espacios virtuales), escenarios donde resulta imperativo llevar una doble o triple vida. Tanto a la literatura como a la historia le resulta siempre útil este enfoque amplificado de la realidad como mera apariencia bajo la cual, como intuía Hemingway, hay siete octavos de iceberg, las profundidades heladas del verdadero relato. Sobre ese tapiz el novelista y el historiador tejen a satisfacción su verdad secreta, más real en la medida en que es más compleja. De la novela de Banville he de decir que lo he olvidado casi todo. Es el defecto de la memoria, que con el tiempo sólo queda una reminiscencia, un destello desgajado de su relato e inscrito en el calendario como efeméride. Creo que era Bioy Casares quien, en su ameno Descanso de caminantes, destilaba esa amargura del olvido lector en un atinado aforismo, pero no recuerdo cuál, lo que, ahora que lo pienso, convierte su cita en una inesperada ironía. 
A pesar del olvido, queda en mí la sensación de un personaje poderoso, tallado y detallado por la elegante prosa de Banville, uno de esos seres que se encaraman a la Historia con mayúsculas, como si ésta fuera un caballo salvaje, y consiguen cabalgarla, aunque no domarla, por eso al final acaban en el suelo, con algún hueso roto o con el honor manchado, como le ocurre al personaje de Banville, quien al final de su vida -en el apogeo de la era Thatcher (y esto no es una ironía… o sí)- es descubierto en su doble juego y humillado públicamente ante la Cámara de los Comunes. A partir de ahí empieza su penitencia; esto es: empieza la novela propiamente dicha, una narración que el protagonista, en sus propias palabras, afronta como una forma grotesca de renacimiento.

Anthony Blunt con la reina de Inglaterra
Sin duda Victor Maskell, el protagonista y narrador de El intocable, ese personaje grotescamente renacido, está inspirado en Anthony Blunt, uno de los cinco de Cambridge. Ambos son historiadores del arte y conservadores de los cuadros de la reina (de ahí extrae Banville sus interesantes digresiones sobre Poussin), y su destino, más que una lección moral, representa toda una peculiaridad sociológica, porque, según nos cuenta Judt, son sus orígenes de clase (título de sir, miembro honorario del Trinity College, etc.) los que, enfrentados a sus intrigantes actividades como espía comunista, terminan diluyendo su responsabilidad individual en el mal causado (que no es poco: delación, pedofilia, chantaje, etc.). Es algo que, si creemos a Judt, parece ocurrir sólo en Inglaterra, un país seguro para sus traidores y sus críticos, y por lo que se ve, demasiado tolerante con el compromiso intelectual de sus élites. La historia de Blunt pertenece sin duda al numeroso catálogo de banalidades del mal en las que tan pródigo fue el pasado siglo, un catálogo que nos apabulla y nos desconcierta, sobretodo cuando incorpora a sus filas a un riguroso esteta (cosa que, por otra parte, ha dejado de convertirse en excepción). El siglo que Judt despide se caracteriza, entre otras cosas, por estas paradojas de la responsabilidad moral, que no se resuelven, como en la novela de Banville, como una cuestión de honor, escribiendo una educada nota de despedida antes de dispararse en la cabeza o en el corazón. A pesar de la deshonra pública, seres como Blunt (seres como Maskell) sobreviven en una especie de arrogancia nacida de su propia simulación, la misma que les convence de la autenticidad de sus muchas vidas. En ellas son todos los hombres, excepto aquellos que purgan sus culpas.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Mutaciones

Imagen: “La llave” (1959), película de Kon Ichikawa basada en la novela de Tanizaki
No recuerdo dónde leí que uno escribe un diario no tanto para fijar lo que vive o recuerda sino más bien para comprobar en qué se está transformando. El diario es un cambio de piel, un lugar de transición, una mudanza de nuestro registro vital que, numeroso en páginas, engendra una figura borrosa y mutante. En La llave, deliciosa novela de Junichiro Tanizaki, el juego de transformaciones en que marido y mujer se embarcan con la redacción (y ocultación manifiesta) de sus respectivos diarios da cuenta de un erotismo transgresor en el que se percibe, entre otras cosas, la progresiva occidentalización del Japón tradicional, el abandono de sus costumbres, arraigadas en el espacio sombrío que el propio Tanizaki glosó en su memorable Elogio de la sombra, más que elogio elegía donde se canta y se cuenta esa oscuridad que hace de la transgresión un ritual decadente, pero no una profanación, algo que sí ocurre en esta novela, donde el marido, por ejemplo, sacia su fetichismo exponiendo desnuda a su embriagada y dormida esposa a la luz fluorescente de una lámpara. Lo que el cuerpo pierde en esa transición entre la sombra y la luz es algo más que el pudor, un atavismo del que no sale indemne, algo que lo vuelve frágil y quebradizo, aproximándolo a la muerte. No es extraño, pues, que en el camino apresurado del placer se cruce la enfermedad; los vértigos crecientes del marido, los esputos sangrantes de la mujer, de los que sólo al final sabremos que son una mentira inscrita en sus temerarios juegos de erotismo y caligrafía. La llave tiene dos narradores, pero al final la propia historia escoge a uno solo para contar la verdad. La mujer aparece en las últimas páginas como superviviente y como voz única del relato (la verdad exige siempre una única voz); en esos momentos su narración se parece a la confesión de un asesino, alguien a quien sólo podría salvar la afectación y el disimulo, tal como le ocurrió a Tolstói cuando le dio a leer a su mujer, en la víspera de su boda, las páginas de su diario de juventud. Esa lectura desató un horror perverso en la conciencia del escritor ruso, una duplicidad en su escritura íntima, dos versiones de sí mismo que inician no un juego, sino un verdadero enredo, una comedia en la que sus protagonistas cruzan la puerta giratoria de un escenario donde muestran lo risible y lo terrible de su vida secreta. Siempre me ha parecido que, de algún modo, la escritura es una delación, y el lector, entonces, debería ser como aquel policía filósofo del que hablaba Chesterton, alguien que aseguraba que leyendo un libro de sonetos se podía adivinar un crimen futuro. En ese sentido, un diario bien pudiera ser como un libro de sonetos, un lugar donde nos transformamos, pero también donde nos ponemos en peligro, una mentira confesada que, como les ocurre a los personajes de la novela de Tanizaki, nos atrae hacia la sombra de la muerte.