martes, 24 de abril de 2012

Sorpasso

"Nubes pasajeras"(1996) Aki Kaurismäki
Mi primer contacto con el cine de Kaurismaki (Aki) fue a través de una película, Nubes pasajeras, muy acorde con los tiempos que nos ha tocado vivir. Neorrealismo en color, lo llama su autor, siendo el color, aquí, una discreta nota de optimismo. Nos encontramos con una pareja, él conductor de tranvías y ella maître de restaurante, que pierden su trabajo y viven una historia de humillación personal hasta que finalmente encuentran un hada madrina acaudalada que se aviene a financiar su nuevo negocio: otro restaurante. A propósito de Nubes pasajeras decía su autor que era una fábula que se encontraba a medio camino entre el Capra de ¡Qué bello es vivir! y el De Sica de Ladrón de bicicletas, ni tan feliz ni tan desgraciada, por eso tal vez discurre todo en un tono medio, en un promediado gris que empaña ligeramente la fábula colorista de Kaurismaki sin llegar a desfigurarla. En medio de esa grisura hay algunas escenas memorables, como la del despido de Lauri, el marido, que llega una mañana a su empresa y se encuentra a un sórdido contable que saca una baraja y deja que sea el azar el que decida a quién hay que despedir. El capitalismo que conocemos es algo así, una mezcla de intimidación y magia convocadas por la irresponsabilidad, de ese modo se consigue que la violencia ejercida se vuelva indulgente con el propio agresor. En el caso de Ilona, la mujer, el cierre del restaurante en el que trabajaba le permite asistir a una última cena tras la cual los clientes, todos ellos entrados en años, bailan al son de melancólicas canciones, aunando así la derrota del tiempo con el drama del desempleo. Creo que en los tiempos que corren estamos todos condenados a vivir momentos así, despedidas eternas, como la de dos amantes obligados a separarse al amanecer, escenas de un vaporoso romanticismo que, como ocurría en la distopía orwelliana, parecen hechas además para ser recicladas como pornografía para proletarios. En esas despedidas también entra en juego la desaparición de ciertas formas de vida, como la del portero del restaurante en el que trabajaba Ilona, un hombre tan corpulento como cortés al que le toca sufrir el sorpasso de una juventud embrutecida e incapacitada para mostrar unos modales que desconoce; el fruto inmaduro de una revolución inauténtica, que diría Julio Ramón Ribeyro, quien ya sabía que para una convivencia perfecta es menos importante la comunión ideológica que el modo de desdoblar la servilleta…