viernes, 5 de diciembre de 2008

Naufragios


Fotos: (AFP)

Veo las imágenes de una Venecia mojada hasta la cintura por el acqua alta y me acuerdo del triste Aschenbach en el momento de embarcarse rumbo a la Serenissima, intentando enmendar un falso destino. Lo acoge un marinero jorobado y sucio, un sardónico Caronte que no tardará en llevárselo adonde nadie quiere ir. Detrás de la cortesía del barquero hay un paisaje lóbrego, un cielo gris que, unido a las corrientes y a los vientos del este, consigue que la ciudad se ahogue en ese espejo turbio que ahora veo en los telediarios, el espejo de Narciso, tal como lo recuerda Joseph Brodsky, donde, además de los carteles llameantes está la música (Vivaldi), caminando sobre las aguas.
Yo, como Aschenbach, tengo un destino rebelde (una fatalidad insumisa), pero su etapa intermedia no ha pasado aún por Venecia, por eso no siento nostalgia: siento curiosidad. Probablemente la curiosidad tenga las mismas carencias que la imaginación y no se pueda hacer con ella una realidad lenta e indescriptiblemente circunstanciada, como señalaba Rilke. En mi curiosidad no hay (no puede haberla) una tarde de abril como aquella en la que Tiziano Scarpa salió del cine y se encontró con el agua hasta las rodillas. Quiero pensar que no fue el acqua alta la que mojó sus pantalones, sino su prolongada ensoñación de cinéfilo, porque aquellos que disponen de memoria siempre pueden engañar a la realidad, olvidando que sus pies se mojan por el efecto conjugado de los vientos, las mareas y los canales excavados para evitar que los petroleros encallen. La costumbre hace que esa calamidad se reciba con una sonrisa, la que Scarpa ve dibujada en la cara de los improvisados centauros calzados con botas de goma o bolsas de plástico que transportan a amigos y amantes sobre su grupa. En su lenta y circunstanciada realidad ese recuerdo es más dichoso que el Eros que guía a Aschenbach hacia la Belleza y la Muerte, donde finalmente no hay nadie, ni siquiera los frailes franciscanos de San Michele, tan viejos y consumidos –tan diezmados– que han decidido irse a morir a otra parte.
Veo las imágenes de esta Venecia desconocida y anegada, compongo con ellas una falsa memoria y pienso en la verdadera catástrofe, cuando las aguas se retiren, cuando desaparezca el espejo de Narciso y surja la pestilente herida de Filoctetes. En ese momento habrá que partir, justo antes de haber llegado…

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Números enteros

Marinus van Reymerswaele. El cambista y su mujer (1539)

Hay personajes perdidos en una página silenciosa que piden a gritos un universo para ellos solos, tal vez incluso una novela. Nikolaj Kusmitch es uno de ellos. Su historia está dentro de otra historia, la de Malte Laurids Brigge; allí la depositó Rilke, como una entrañable e insólita matrioshka. En esencia, la historia de Nikolaj Kusmitch es la de cualquier hombre que se enfrenta al tiempo con los números en la mano; amasa los años por venir como un capital que crece, distanciándolo de la muerte, aunque para crecer ese capital tiene que dividirse hasta el infinito. Así es como Aquiles se queda sin atrapar a la tortuga. La tozuda realidad ya desmintió a los eleáticos, transformando sus paradojas en infame moneda suelta, que es lo que al final le queda a Nikolaj Kusmitch en las manos, la calderilla de los días que huyen, acelerados por el vértigo que se experimenta al contar el infinito; acelerados hasta la nada, cuya ruina deja a nuestro hombre sin crédito para pagar al barquero. Todo acaba para Nikolaj Kusmitch cuando esa primitiva usura deja de producir (o de dividirse) y se convierte en serena hipocondría. Ante la perspectiva de un capital infinito, uno se concede la magnanimidad de perdurar, pero la eternidad produce cansancio. Y para descansar nada mejor que la cama y la rima, el útero de la musa. Nos cuenta Rilke que un día, alcanzada la ruina del tiempo como se alcanza la madurez -esto es: a golpes de desengaño-, Nikolaj Kusmitch empieza a sentir que el mundo es tan inestable como la cubierta de un barco, como el útero de una musa ebria. Nada lo sostiene en pie, ni la esperanza ni el miedo, sólo el instinto de supervivencia, que es quien lo devuelve a la cama y trae hasta sus labios los versos de Pushkin y Nekrásov. Los poetas que Platón expulsó de la República sólo podían acabar así, tan lejos de la verdad de los filósofos como de la inspirada locura de los dioses, recitados como una melopea o un mantra para conjurar el vértigo de todo lo que fluye. No es mal destino para la poesía en tiempos de crisis. El pan y vino de la época escasa es un recuento armonioso de asonancias, una repetición sin variaciones, una disciplina mental… A la poesía le corresponde el menos poético de los destinos y el más seguro, donde todo ha de carecer de valor para evitar así la quiebra.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El fin, desde el principio

Imagen: Roberto Bolaño

Estaba leyendo lo último de Bolaño, que en realidad es lo penúltimo, porque un muerto siempre tiene una chistera en el cajón. De ella sólo podemos esperar que salga un conejo zombi, un cadáver hambriento y desmemoriado capaz de saciar nuestro miedo (o nuestra expectación) con su ferocidad. Hay algo prematuro en estos textos velados por la muerte, y todo lo prematuro es violento, como si fuera arrancado de los brazos de una mater dolorosa. Es ésta una violencia de destellos, de iluminaciones súbitamente apagadas al ser privadas de destino. Leer a este último Bolaño es amanecer en el desconcierto, despertar sin noche, en medio de una batalla, herido por la metralla del sueño interrumpido. Leemos para buscar el sentido, para hilar en nuestra memoria un tapiz de noctámbulo. Leemos para encontrar la salida…, pero aquí no hay salida, no hay final, sólo una sucesión de principios. Decía Pavese que la verdadera felicidad está en los comienzos, pero aquí sólo está la masacre: llamadas a medianoche, viajeros insomnes y cotillas, zombis enamorados, sabios de Sodoma, ninfómanas, músicos desaparecidos… El bestiario de los muertos es infinito, como las historias que no acaban, como las pesadillas. Me pregunto si los libros que Bolaño no llegó a escribir tendrían esa deriva gore. Me pregunto también si Bolaño no se nos estaría convirtiendo poco a poco en un Tarantino inspirado por su propia moribundia. Dice Alexander Kluge a propósito de Las Metamorfosis de Ovidio, que los seres que sufren mudan de forma, pero, lejos de la apoteosis ovidiana que transformó a Julio César en etéreo astro, la última mudanza sólo consigue que la vida pierda para siempre la belleza del cambio y se quede historiada en una página de realismo sucio, dispuesta a mercadear con sus últimas y falsas voluntades. No es de extrañar pues que, para escapar a este destino, Bolaño dejara todos estos comienzos sin finalizar, abandonados en el disco duro de su ordenador, en un aparente desierto de tedio que en realidad era –ahora lo sé– un verdadero oasis de horror

martes, 4 de noviembre de 2008

Shopping

Hay momentos, días en que los ánimos viven en cautividad. Días que el calendario mancha de rojo y uno se siente como esa jaula kafkiana que sale a buscar un pájaro, porque de eso se trata, de capturar a un ser salvaje, hermoso, libre y –a poder ser– con un toque de distinción. En días así uno sale a la captura de una pantera como Simone Simon, o se sienta frente al televisor, esperando a que pase un ángel como Audrey Hepburn, vestido para desayunar en Tiffany’s.
Recuerdo otros días de rojo donde la vida sólo recoge el latido intenso de un silencio parecido a la muerte; Bergman está detrás de ellos, como una fiera en reposo, tan inofensiva y brutal que recuerda a un toro afeitado y a su remedo masoquista, capaz tan sólo de gritar o de autoinmolarse. Ahora, de la mano de Audrey, esos silencios tienen coquetería, suntuosidad y un punto de amargura que viste como un perfume. Sólo una mujer así, delgada y triste como una sombra o un reflejo, podía desayunar con diamantes, aunque Capote, dueño del relato original, estuvo a punto de impedirlo; quería meter a Marilyn en el cuerpo de Audrey, algo física y dramáticamente imposible. Marilyn nunca podría ser esa criatura salvaje que, como escribió Capote, sube volando a un árbol a devorar nuestro corazón. La recta intención del azar acierta siempre, entre otras cosas porque se permite la venganza. Sólo Audrey podía desayunar en Tiffany’s, un lugar que es un poco como la Itaca de Kavafis, a él hay que volver siempre, pero de manera compulsiva, sin reparar en gastos y apresurando el camino de vuelta, que siempre es amargo, tanto que su memoria, a menudo, se declara enemiga de la belleza. Nada malo le puede pasar a Audrey cuando se encuentra en Tiffany’s. Así me gusta recordarla, para no tener que quererla tanto como a la Glenda del cuento de Cortázar y anticipar así, en el desánimo, su última e inviolable perfección.
Me quedo ahora en esa secuencia en la que Audrey y Peppard entran en Tiffany’s y se sienten como si estuvieran en el útero de su bienestar. Allí el lujo les protege como una madre, arrullados por una nana de brillos y espejos que siempre mienten. El lujo es como la infancia, algo cuyo valor viene determinado por su carencia, y ésta se incrementa al paso de los días, por eso somos más pobres a medida que nos hacemos más viejos, por eso Tiffany’s se nos convierte de pronto en el Metro-Centre de J. G. Ballard, el último templo de la pesadilla consumista, cuya opulencia puede resultar alienante, pero también redentora (no en vano escribe Ballard que el consumismo es el único sistema político que cumple lo que promete), de modo que por esta vez vamos a pensar que el lujo es como Audrey, un animal salvaje que huye y sube al árbol, así nuestra desesperación dejará de alienarnos y nos hará mirar con nostalgia al cielo, al lugar donde una criatura salvaje devora nuestro corazón…

miércoles, 29 de octubre de 2008

La Parca

Al despertarme –esto es: al bajar de la montaña… o del anterior post– la Parca aún estaba ahí (y también ahí). El cuento más breve de la historia es en realidad una novela de terror, y parece que últimamente va ganando lectores. Como algunos de ellos son amigos, les recomendaría que, antes de seguir leyendo, tomaran en consideración los miedos de Cortázar y no se asomaran a una página en blanco cuando el reloj marque las 3 de la tarde, hora escocesa. Hay que ajustar los relojes para no tropezarnos con la muerte, a costa incluso de vivirla como propia, tal como pedía Rilke. Esas dos opciones tenemos: la muerte súbita del lector que sucumbe a la curiosidad felina y al miedo de sobremesa, o la exagerada y envilecida agonía del chambelán Brigge en Ulsgaard, que no desembocó en la página prevista hasta pasadas 10 semanas y un perro. Morir tal como vivimos o tal como leemos. Ser o no ser, pero con la calavera en la mano. Hagamos lo que hagamos, siempre acabaremos viajando a Escocia (menos yo, que me vuelvo a la montaña…).

jueves, 23 de octubre de 2008

Moi, hypocrite lecteur


Pensaba transcribir aquí las copiosas páginas de un diario improvisado, pero he desistido. Son breves sus días, demasiado, y su narración, en cambio, no sabe decir su muerte. Ha sido una semana entera viendo este decorado que cambia de luces entre el amanecer y el ocaso, respirando aire limpio como una herida que sana, el aire de las lejanías, que decía Thomas Mann, el brebaje del Leteo. Imposible venir a esta montaña y no acordarse de ese libro, al fin y al cabo mi lugar de reclusión también fue en su día un sanatorio para tuberculosos. Hay, hubo memoria pues, en este Leteo, pero ni rastro de esa voluptuosidad del enfermo a la que aludía Mann, una forma depravada de la vida. De eso tenía que haber hablado mi diario, de enfermedades depravadas, como el amor o la literatura, de lejanías heridas, como los pinares de San Rafael, un lugar ideal para volver e iniciar un viaje de invierno, incluso ahora, en este templado otoño. Schubert y sus lieder de caminante son algo recios para sentir esa voluptuosidad, pero en este entorno son lo más parecido a la enfermedad que uno puede evocar. En realidad nada aquí es como debe ser, por eso no me extrañan mis renglones torcidos. De eso tal vez tengan la culpa César Aira y su falso diario alpino. Cambiar a Mann por Aira para subir a la montaña es como cambiar el Venusberg por una estación de esquí. Y sin embargo la magia funciona igual, tanto que, entre el revoltijo de objetos uno es capaz de encontrar su enfermedad, su forma depravada de vida. No sé cómo, pero el esfuerzo de Aira por convertir un juguete en un ready-made (empresa sencilla y colosal) me llena de melancolía. Poco a poco, a través de la enumeración y el catálogo voy llegando a una falsa infancia; el cuadro en la pared, el trompe l’oeil en la escalera, el paisaje de Corot, el reloj de Tintín, el teatro de títeres, la casa de muñecas… nada de eso es mío, pero guardo en mi memoria sus correspondientes remedos, en una secreta caja negra, en un cofre que sólo se abre cuando alguien como Aira, valiéndose de una totalidad caótica, moja su magdalena en una taza de camomila. Me gustan las historias sin historia de Aira porque bajo su aparente desaliño late la ambigüedad del fracaso, que no sé si es una manifestación del talento o de la incompetencia (o de un curioso y recurrente sadismo que consiste en abandonar una historia antes de que alcance su mayoría de edad). Porque de eso se trata, de confundir a propósito la chapuza con la iluminación, de convertir cualquier jerarquía en despojo y hacer de la memoria una olvidable fascinación. Sólo así podré regresar a mi mundo, bajar de la montaña y cantar sin duelo «Fremd bin ich eingezogen, Fremd zieh’ ich wieder aus»; o sea: “Llegué como un extraño, como un extraño me marcho". Y aquí no ha pasado nada…

domingo, 12 de octubre de 2008

Tomas falsas

Mario de Biasi. Los italianos se giran. Milán, 1954

No conocía a Mario de Biasi hasta que me topé con esta foto suya en una revista. El deseo de saber siempre es anacrónico, así que a menudo uno se hace más sabio a medida que crea un pasado, porque de eso se trata al fin y al cabo. No hay un depósito, un archivo; hay una sopa primordial expuesta a nuestra curiosidad o a nuestra nostalgia y en ella creamos algo que no existe y es sólo nuestro.
De Biasi pertenece más a mi curiosidad que a mi nostalgia. Imposible que yo tenga memoria de aquellas miserias neorrealistas, aunque estén tan bien vestidas como ésta. Ya sé (tengo noticia de ello) que hubo un tiempo en que filmar la realidad era filmar la miseria; de ese modo la realidad incurría en un insólito pleonasmo, porque el lujo siempre es teatral y falso y nada hay en la sopa primordial que anuncie las tiendas de vintage (Oparin debía saberlo).
En cuestiones neorrealistas fotografía y cine van de la mano. Ambos son papel pintado, como decía aquel personaje de Paul Auster. Yo, al igual que él, tiendo a pensar que la fotografía y el cine, cuanto más se acercan a simular la realidad, menos logran representar el mundo. Prefiero sin duda el artificio, el trampantojo, la coreografía… la mentira, y eso me gustaría que fuese este sórdido ballet que componen los italianos cuando se giran. Me gustaría que esta foto milanesa fuese tan falsa como el beso que Doisneau robó en el Hotel de Ville; sólo de ese modo podría ser ejemplar… y hasta romántica, tanto como para imaginar el final de esa escena: la mujer, poderosa, entrando en el bosque de las miradas y dividiendo su mar, como si fuese Moisés… La mentira tolera los finales alternativos, que están ahí, retenidos en el instante como en una absurda enciclopedia cuyo saber se ofrece entero, pero cuyo conocimiento, como bien decía Borges, sólo es una mera posibilidad. Esa posibilidad va unida a la muerte, porque la existencia de cualquier testigo no haría más que menguar ese conocimiento. De su memoria cierta no podríamos extraer belleza alguna; sólo el orden alfabético de las partes y el precio de salida de la subasta…

miércoles, 8 de octubre de 2008

Condiciones climatológicas

Henri Cartier-Bresson. París, Gare Saint Lazare 1932

Primera lluvia del otoño en la ciudad. La lluvia y el spleen. Siempre que llueve me acuerdo de Nabokov y de aquella dama rusa cuyo diario no era más que la sublimación del parte meteorológico. Los días son la lluvia y el sol, y lo que queda en medio: el niño de la memoria. Resulta irónico y a la vez entrañable que, al crecer, ese niño se convierta en un simple notario, o peor aún en el hombre del tiempo, aunque esa expresión, “hombre del tiempo”, deja un poso conceptual que va mucho más allá de lo meteorológico. Cuando pienso en el hombre del tiempo pienso en Marcel Proust y no en un higrómetro con forma de fraile capuchino sentado con un libro abierto y la bola del mundo a sus pies. Pienso también, como Nabokov, en un rey pasmado, quien, pese a tener al enemigo ad portas, se dedica a anotar cuidadosamente en su diario las finas gotas de lluvia que caen oblicuamente en los jardines palaciegos. En la puerta de casa, asomados a la ventana, todos somos reyes pasmados y proustianos, niños de nuestra memoria, que aprovecha los días de lluvia para florecer, justo cuando todo lo demás se cobija. A solas escribimos nuestros diarios meteorológicos sin importarnos nuestra vida, porque ya no somos hijos del capitalismo y la Reforma y nuestra soledad, a menudo, es un simple desarraigo y no una afirmación de nuestra conciencia. Escribimos con la esperanza o el deseo de que alguien, alguna vez, quiera saber qué cara tenía este día lluvioso. Tal vez sea importante; uno nunca sabe quién puede nacer en un día como hoy, y acaso nuestro apunte banal arroje su luz retrospectiva sobre una vida en ciernes. La lluvia cae para todos los niños de la memoria, incluso para aquellos que no han nacido aún y confían en que seamos su discreta dama rusa, siquiera para poder legar a su posteridad la climatología de nuestros días ocres…

viernes, 3 de octubre de 2008

Días contados

Graffiti de Rimbaud en el templo de Luxor, Egipto


21 de septiembre
En un mercadillo de libros viejos rescato un ejemplar de los Carnets de Camus, editado hacia 1.962. Está como el otoño entrante, tiene todas sus tonalidades, del gris al marrón, un libro lánguido, acaso muerto, hundido en la decadencia como una vela consumida… No en vano entre sus páginas aparece prensada la rosa de Yeats: una postal de París con el nombre y la dirección de quien quizá fue su dueño, un tal Ángelo Martínez; Place Saint Sulpice, 6, 29 juin 1.962. Esa libertad y esa molestia se ha tomado: la de entablar conversación con el tiempo a través de la escritura indolente del dato. Parece una ironía, pero el Sr. Martínez dejó su caligrafía en la misma página donde Camus escribió: «Ecrire (…). Mais ça n’intéresse personne. Ce qui intéresse dans un livre, c’est la marque d’une existence pathétique. Et nos vies ne son jamais pathétiques». Así queda resumido todo, la escritura que señala una vida y la brevedad que huye del patetismo, ya sea sentimental o simplemente grotesco. Es toda una astucia enterrarse en el tiempo para escapar de cualquier postrimería. A Rimbaud no le fue tan bien tras su herético graffiti en el templo de Luxor. El destino se tomó cumplida venganza de su provocación robándole la Musa. Para escapar al destino no hay que ser precoz sino astuto, como el Sr. Martínez; tanto como para convertir el misterio de una vida presumiblemente patética en manifestación irrepetible de una lejanía, y hacerlo así, sin tener que saquear una obra de arte, sin tener que enterrarse como un puñal en su sagrado corazón. Entre Duchamp y Debord, ahí está el Sr. Martínez, sabiendo lo que los demás ignoran: que el tiempo es la obra, y que al contrario que el arte no admite saqueo alguno, porque contiene todas las variantes de la catástrofe.

25 de septiembre
Hoy, al llegar al café, mi mesa habitual estaba ocupada por otra persona, una pequeña contrariedad en mi mundo, aumentada además por el hecho de que el sujeto en cuestión practicaba, como yo, el viejo arte de la caligrafía. Sobre la mesa –«mi» mesa– su pequeña vanitas: varias cuartillas dispuestas como una baraja sobre el tapete (¿el escritor como croupier?), algunos bolígrafos de diferentes colores, un mechero, unas gafas de sol y una enorme jarra de cerveza, ya mediada…
El escritor ¿con cerveza o con café? Ese podría ser el dilema, el to be or not de esta tarde otoñal y serenísima. En eso se queda la literatura. Ausente el fondo, se trata de rehuir también el debate sobre la forma (una mentira radical y desesperante, decía Szentkuthy) para recrearse en la estrategia que hace posible la destrucción, como dos jugadores de ajedrez. Eso es lo que ahora somos, mi vecino y yo; jugamos la misma partida en tableros diferentes. Nuestro mundo de palabras desbordadas parece quieto, esperando un movimiento que lo amenace. Pero no pasará nada, porque ninguno de los dos quiere ser nada, como en aquel verso de Pessoa. Entre ambos sólo cabe una oscura fraternidad y una muda cortesía. Somos diletantes y como tales sólo tenemos tiempo para vigilarnos y refutarnos sin conducirnos a la pregunta abrumadora


26 de septiembre
Me pierdo en los jardines de Campo Grande. Su frondosidad y su trazado circular convierten el jardín en un laberinto donde es tan fácil extraviarse como encontrarse con el pasado. Hay un momento proustiano en toda soledad, incluso en la más expuesta, cuando uno empieza a sospechar que se ha perdido en el bosque y no regresará jamás. El recuerdo, entonces, suplanta al miedo. Cada memento irreal crece al pie de un árbol, lleno de nostalgia y asombro. No hay miedo porque uno sabe que en el fondo el laberinto no es una trampa, sino un juego. Dios juega a los dados mientras el jardinero conjura el azar con arquitecturas frágiles y ornamentales: glorietas, parterres, fuentes… Cada una de esas construcciones es una certeza impar ante la monótona y angustiosa repetición del laberinto. Caminar en círculos es como acecharse por la espalda. Continuidad de los parques. En un trazado circular sólo estamos nosotros, pisándonos los talones y evadiendo el rostro…

viernes, 19 de septiembre de 2008

Perífrasis

La biblioteca, al igual que la vida, es un lugar propicio para la postergación. En ella el vacío ocupa un espacio ostensible y neutro (¿un tesoro intacto y secreto?), un espacio que, las más de las veces, contiene nuestra vindicación, y es que ésta, si hemos de hacerle caso a Borges, está siempre en aquellos libros no leídos. Igual que la vida, nos aguarda entre la plenitud y el vacío, convirtiendo nuestra esperanza en simple hipocondría. Si tal cosa ocurre es porque tal vez buscamos en el lugar equivocado. Nuestra apología no está “escaleras arriba”, en las diferentes y opuestas direcciones de nuestra esperanza, sino en la propia muerte. De ella brotan los obituarios como flores fugaces y extrañas.
Tal vez quienes escriben los obituarios en la prensa del día no son del todo conscientes de estar plantando un jardín. A la siega continua de la vida debería corresponderle la poda de las palabras, pero el silencio no se resigna a la dignidad de la soledad definitiva. Muerte a muerte el jardín se va convirtiendo en un Bomarzo, aunque tenga la apariencia recoleta y adánica de un Edén sin pecado concebido (ya sabemos que el muerto regresa siempre a la respetabilidad), pero ahí están sus feas caras documentadas hasta el exceso, inamovibles sueños de piedra que parodian la verdadera monumentalidad, que es solitaria, incomunicable, autorreferente hasta el absurdo, decía Szentkuthy.
Nunca he estado en Bomarzo, un lugar de espantosa belleza, y ni si quiera sé qué me ha llevado a escribir sobre un lugar que no conozco. La verdad es que yo, lo que quería, era recordar al difunto David Foster Wallace, pero me he detenido en el Bosque Sagrado del jorobado conde Orsini, y me he puesto a hablar de sus monstruos, tal vez porque estaban ahí, como el Everest, y había que «escalarlos». Siempre he pensado que el camino más corto es la distancia más larga, que el mejor relato es una perífrasis, por eso no hay que apresurar el viaje de regreso a Ítaca, como bien decía Kavafis.
De David Foster Wallace sé menos de lo que nos cuentan los obituarios. Nada he leído de él, pero hubo un tiempo en que lo seguí mucho, como decía una de nuestras impagables misses a propósito de Vargas Llosa. “La broma infinita” y yo tenemos una hermosa historia de amor a nuestras espaldas, una de esas historias que acaban pronto, como ocurre cuando uno se apasiona demasiado y de repente descubre que, en realidad, ama muy poco. Nos encontramos, la Broma y yo, en varias ocasiones, en el reservado de algunas librerías, y practicamos un magreo torpe y rápido, como el de dos adolescentes inexpertos. Yo solía meterle mano a sus páginas y ella se dejaba leer tímidamente, sin reírse y sin darse entera. Era un amor verdaderamente imposible, un amor de 1.200 páginas (de soledad). A uno le gusta que la cosa dure, pero no tanto, porque con el tiempo las bromas infinitas pierden su gracia y uno termina queriendo volver a la «limitada» seriedad. El amor ha de durar hasta que la lectura nos separe, pero no más allá. Confieso que, pese a todo, me hubiese gustado traerme el libro de Foster Wallace a casa y acomodarlo en el estante de las vindicaciones, en su plácido vacío de esfinge sometida a intermitentes filias y a recurrentes fobias, pero no a su desciframiento. El amante esconde una perversión de coleccionista, al estilo de la novela de John Fowles, y a menudo le gusta conservar en el mismo mausoleo los amores muertos y los imposibles, haciendo que memoria y promesa sean la misma postergación. La única dignidad que le queda entonces es la de no someter sus cadáveres a la usura, porque no se debe especular con los amores imposibles, hay que conservarlos en su simplificación sádica (de nuevo Szentkuthy), como las máscaras de Bomarzo. A ellas quisiera volver ahora, a esa monumentalidad solitaria y absurda, sabiendo que su fealdad es arte porque es producto de la soledad y la desesperación, pero también del dinero y el poder, al contrario que mi biblioteca. No hay nada igual a Bomarzo. Bueno, tal vez Disneylandia…

viernes, 12 de septiembre de 2008

Una incurable lucidez

El triunfo de la muerte. Pieter Brueghel

Hace unos años, en una época especialmente saturnina, estuve en la consulta de un psicólogo (psicóloga) quien, tras varias sesiones de terapia diferidas a lo largo de algunos meses, manifestó su impotencia ante mi intratable e incurable lucidez (o eso dijo ella). Salí de la consulta rumiando esas palabras que eran suyas y eran sobre mí: una verdad compartida; una verdad, pues, a medias. Me recuerdo luego en plena calle, bajo una lluvia fina, sintiendo esa orfandad que se experimenta al final de algo cuando ese algo tiene esperanza de continuidad. Una verdad compartida es, ante todo, un compromiso, pero un compromiso, a solas, es una traición. Recuerdo haber escrito entonces con letra diminuta en uno de esos minúsculos papelajos que uno lleva siempre en el bolsillo (¿Síndrome de Walser?) algo así como que aquel final abrupto de la terapia acababa con el fingimiento, con la burla, con el aburrimiento… pero no con la enfermedad. Contemplado todo esto en la distancia, considero ahora que esta accidental epifanía se ha convertido en ley por la fuerza de los hechos, demostrándome que lo mismo que le ocurrió a mi saturnina lucidez le ocurre también a los viejos amores o a los libros inacabados (por ejemplo): ellos y tantas otras cosas se extinguen como síntoma, pero continúan como enfermedad. La enfermedad pues, o como diría el atormentado Kurtz ¡¡La enfermedad, la enfermedad!! Eso es todo lo que hay, nada más; This is the end… my friend. Poco a poco he aprendido a vivir en ese estado latente, resignado al tiempo unredeemable de T. S. Eliot, su presente eterno y mudo, como la belleza descrita por Baudelaire. Ese tiempo sin tiempo parece hecho a la medida de la prosa de Miklós Szentkuthy, un delirio intemporal y barroco, una larga, inacabable lista, un catálogo falso de todo lo que el fin actualiza y mezcla, de todo lo que, abolido el pasado, sale a la superficie y sobrevive al juicio; la escritura de un náufrago, hecha con la voz simultánea de todos los muertos, su novela sin época y sin épica, hecha como esta enfermedad: con la incurable lucidez de los finales...

lunes, 8 de septiembre de 2008

Sonata antes del otoño

Imagen de Sonata de Otoño, de Ingmar Bergman (1978)

«La perfección es terrible, no puede tener hijos» dice Sylvia Plath… pero los tiene, y estos responden parafraseando a la misma autora: “El no ser perfectos, nos hiere”. He pensado en esto mientras sufría con la Sonata de Otoño de Bergman, ese devastador tour de force madre/hija. Entro en ese dolor con curiosidad y salgo de él enfermo. Nada presagiaba ese contagio en esta tarde serena y vacía. Dentro de casa la soledad es completa; el sol queda velado por las cortinas y los ruidos del domingo respetan los silencios metafísicos del cine de Bergman, esa pausa cruel donde uno sólo puede sentir el dolor como un corazón extraño. Pienso en ese corazón duplicado y hostil latiendo lejos del pecho, en alguna parte de mi cuerpo, y siento mi imperfección herida, como Liv Ullmann mientras escucha a su madre (Ingrid Bergman) ejecutando al piano el preludio nº2 de Chopin. Es el gran momento para la madre, toda la pedagogía de la que es capaz: la corrección amarga de la imperfecta hija, humillada por ese Chopin impecable y frío. Para ponerse a la altura de la madre, la hija sólo dispone del odio, un odio infinito y antiguo, desgranado en una inacabable noche. Lo había comprobado antes, pero ahora, viendo esta Sonata en una apacible tarde de domingo, esa certeza se me aparece como una revelación: Los sentimientos sólo son perfectos de ese modo: afilados, brutales, crueles. No hay más que belleza en ese odio perfecto de la hija hacia la madre, en esa culpa perfecta también en cuanto definitiva e irredimible. La culpa es la obra maestra del amor, su verdadera epifanía. Un silencio grande y bergmaniano asiente conmigo cuando salgo de casa con ese corazón extraño y hostil latiendo en mi mano. Quisiera arrojarlo al río, pero no quiero romper la serenidad de su reflejo ni asomarme a su espejo, temo que vuelva contra mí su perfección herida

viernes, 5 de septiembre de 2008

Un apunte nítido e irreal

Giorgio de Chirico. El enigma de la llegada y la tarde (1912)

La promesa de la lluvia en la ventana me retuvo hoy en casa. La marquesa, pues, no salió a las cinco, para regocijo de Valéry y desgracia de los 80 mundos que el día vislumbra al doblar la esquina. Sin novela y sin mundo, el día se quedó en el apunte nítido e irreal de esa lluvia fina que golpeaba con suavidad el cristal. Frente a la ventana sentose pues la marquesa, nítida e irreal ella también, como un enigma, sin mover un dedo, sin pestañear siquiera, viendo así cómo su paseo acostumbrado –su acreditada trivialidad– se convertía en frustrada promesa. A los pies de la cama se quedó mirando la lluvia y escuchando conmigo el Lamento de Dido: Remember me, but ah! forget my fate, ese aria de Henry Purcell que llegó a mí como regalo y que pertenece a un tiempo también regalado y por el que no dejo de estar agradecido. Ando por la vida con cosas prestadas, como decía Pessoa, sintiendo que algo me falta en lo que ya no tengo, memoria o destino, como lloraba Dido antes de su muerte. Así estamos ahora la marquesa y yo, sin saber aún de quién es la memoria y de quién el destino, más cerca del lamento que de las preguntas, unidos en una misma trivialidad… Tal vez a ella nada de esto le importe; sus pensamientos, en la clausura, se centran igualmente en los acontecimientos consuetudinarios que acontecen en la rúa, y de ahí no la va a sacar nadie, ni Purcell ni Sergio Pitol, quien asegura que la marquesa saldrá a la calle a la hora convenida, si, pero dentro de un modesto ataúd…

sábado, 30 de agosto de 2008

Hechos comprobados


Imagen de "La invención de Morel", film de Andrés García Franco. México 2006

Utopía y exilio no son conceptos dispares; ambos son el infierno esperado. Esta convicción me asaltó al leer “La invención de Morel”. Tiene razón Bioy —pensé—, nada peor que una vida irreparablemente casual, alejada de la felicidad del anacronismo y de su eternidad repetida. Conservarse en ella es una utopía imposible, pero también una esperanza para el exiliado, un ser que vive sin ley, desobedeciendo puntualmente al Universo…
Saber que algo es imposible nos convierte a veces en animales obstinados, adictos al absurdo. Acertamos tan pocas veces que, al atinar, desdeñamos la novedad. Nuestra vida debería discurrir como una de esas historias que nos ayudan a dormir; siempre la misma, para que al sueño no le entre el miedo de la sorpresa. De eso se trata al fin y al cabo, de vivir entre postergaciones y anacronismos, atrapados en un bucle, sabiendo que nuestra historia conocida jamás dejará de interesarnos. Con esa intención regreso ahora a todo lo que el pasado hizo posible y a todo lo que anunció y dejó postergado en el tiempo infinito de la promesa; tolero incluso esa virtualidad, porque hay cosas que, al no acontecer, dejan de ser fortuitas y se mantienen posibles incluso en la memoria, sin haber conocido la angustia de lo real. También lo repetido se nutre de ese vacío, de libros nunca leídos, de ciudades nunca visitadas, de hechos nunca comprobados que han de permanecer así en nuestra nostalgia, inmunes a lo real.

viernes, 29 de agosto de 2008

Lugares vacíos en la celebración

Un año sin Umbral, eso nos recordaba ayer la prensa, pero sólo aquélla en la que él escribía, la última, que al final siempre es la única. Me lloverán las críticas, pero no dejo de pensar que el Umbral sectariamente recordado era un ser cada vez más reducido a ese tiempo de espera que es la vejez y la columna periodística, ventana abierta a un mundo que, cansado él también de esperar, reduce sus dimensiones a las de un recoleto patio de luces.
Uno no se acuerda mucho de Umbral, pero siente nostalgia de esa universalidad: del trinar de los pájaros en el alambre (del tendedero), de las voces de portera y del olor a estofado, entre otras cosas. Bien pensado, el patio de luces es como el infierno de Dante, una verticalidad suicida en la que se acumula una vida decreciente. La pirámide social no deja de ser un sumidero, y nuestra memoria también lo es; deja a los muertos blasfemando en el abismo de los réprobos y de vez en cuando baja a rescatarlos; se trae su vestuario, pero deja su alma en la oscuridad, quizás para no desmentir a Virgilio (facilis descensus averni, etc.)…
De la muerte de Umbral sólo hacen efeméride sus compañeros de armas, hermanos, primos y demás familia literaria, porque la escritura es ante todo genética, y la memoria, de padres a hijos, es como una de esas reuniones familiares en nochebuena: finge amor y sonrisas mientras devora un cadáver. El amor escribe como mata: por la espalda, pensando que lo único horrible de la muerte es el lugar que deja vacío. Porque de eso se trata al fin y al cabo: de ocupar un lugar. Quien les escribe afronta, en lo suyo, el mismo dilema, sabiendo que el olvido —de sí mismo y del otro— queda pendiente de una engañosa vindicación que lo clausure. En eso estamos, esperando la efeméride y el eterno retorno, alimentando la nostalgia como un cuervo que nos ha de sacar los ojos. Como ven, al final yo también he llegado a mi patio de luces, a mi verticalidad suicida, a mi vejez de escritor sin columna. Desde esas alturas miro con tristeza la vida decreciente de mis páginas en blanco, el lugar que, por respeto, he decidido dejar vacío…

jueves, 28 de agosto de 2008

Soliloquio

Acabo de releer “Amore”, de Giorgio Manganelli, un texto monumental y oscuro, de digestión lenta y difícil y de belleza abrasiva, de esa que no se puede (ni se debe) mirar directamente a los ojos, no por el espanto, sino por la contagiosa voluptuosidad de su prosa. Me atreveré a decir, sin embargo, que los caminos del amor eran inescrutables hasta que este olvidado milanés los ha desbrozado y convertido en elegía, en testamento escrito por quien ya ha librado todas sus batallas, por quien ha muerto ya todas las veces y de todas las muertes que el amor define, por quien vive ya en las postrimerías, en el poso, en el excremento, en la noche y la ciénaga definitivas del amante. Adentrarse en esa noche supone, además del esfuerzo lector, un doloroso ejercicio de memoria.
Eso me dicen la noche y la memoria como devota lectura: que el amor escribe en un pergamino viejo que no se llega a renovar como palimpsesto, y que, en realidad, cada escritura nueva es una ironía que nos otorga la derrota de saber lo viejo: que sólo una ausencia, querida e impronunciable, nos define. Si el amor no existe es porque su verdadero objetivo —la búsqueda de esa ausencia— es un juego desleal. Jugamos para perder, pero también para escribir, y esta escritura mía, imprudente glosa, no es más que el cínico despojo de esa abrasiva belleza que nombré al principio; la soledad que me convierte en incomprensible pergamino

martes, 26 de agosto de 2008

Carmen et error

Joachim Patinir. Caronte cruzando la laguna estigia

Una vez fui severo con Ovidio; leí su libro de pelo despeinado, las humilladas Tristia, y no le perdoné el perdón solicitado ni acepté que quisiera salvarse sin sus palabras. No me pareció cobarde el miedo sino la tristeza de quien no sabe vivir sin la hiedra de los poetas felices coronando su cabello. Hasta que la compartí no entendí la ingrata piedad de los tristes ni su humillado esfuerzo por regresar a la felicidad de la que tomaron sonoro nombre y dorada efigie. No supe ver que la tristeza teme el despojo hasta la usura y especula con él para poder quedarse en el mismo lugar que la muerte, postrada al pie de los Lares…
El exilio es un lugar sin nombre, donde las palabras se vencen en la humillada retórica de la compasión o caen en el más secreto odio, quedándose entonces sin sintaxis, en la pura crepitación, en el trueno… Quién sabe cuántas veces escupió Ovidio sus adjetivos contra el cielo de Tomis, lamentando lo ilustre, la proximidad de ese alcázar que sólo debería darnos a conocer la soledad de los poderosos, no su justicia. Pero nada de eso nos queda, sólo un recuento de ausencias que acompañan el paso tácito de la edad hacia la muerte y la aplicada retórica de quien cree que para defenderse debe castigarse aún más…
Quien como Ovidio se ve caminando hacia un lugar sin retorno, comprueba que en su fuga lo quema y lo salva todo, pues aquello a lo que renuncia tiene más vida de la que se puede matar. No ejerce su fuerza, sino que lo somete todo a su debilidad; se abandona a la teatralidad del que sufre y escribe esperando el aplauso o la irrisión, pálidos remedos de justicia. El triste prepara su funeral sabiendo que el olvido perdona siempre; para eso escribe su epitafio, a pesar de saber que las palabras no son nunca inocentes y que su rastro indeleble es poema (carmen), pero también error

martes, 19 de agosto de 2008

Mientras dormía…

La Bella durmiente. E. Burne-Jones

Yo, como Gil de Biedma, me acuerdo del cuarto en que he dormido, pero no entierro mi cabeza en las almohadas: sé que nada me protegerá de la irritación y el frío del amanecer frente al calor de la noche terminada. Mientras dormía he sido secretamente las páginas de un libro; todos han podido leerme en él sin saberlo, mientras yo me perdía dichoso en el secreto infinito jardín de sus páginas, sabiendo pero olvidando que toda eternidad es una caída en la muerte.
Pero es ahora, al despertar, cuando creo estar cortejando mi verdadero fin, como un lector borgeano, perseverando en mi propia disolución al hacer que mi memoria desespere de la lectura, al hacer que la lectura desespere de su propia virtud sonora y acabe enmudeciendo. El amanecer, como un libro cerrado, sólo enseña su cara, la precaria página de su perfección, donde todo lo expresado como temor está lejos aún de realizarse como deseo. Yo estoy ya al otro lado, en la otra cara, rebuscando en las páginas escritas como un arúspice tardío, buscando signos de lo que ayer fue augurio y hoy es adversidad, palabras de este amanecer que regresa desde su propio olvido, transparente y vacío, como una revelación, como un anacronismo…

sábado, 9 de agosto de 2008

Sombras

Hay que habitar las sombras no con la luz, sino con el artificio. Esto lo he aprendido leyendo “El elogio de la sombra” de Tanizaki, mientras el punzante sol de agosto me obliga a mantener la casa en tinieblas. En contraste sólo el ruido ejerce de luz, con esa rara discontinuidad suya, nunca iluminadora, siempre invasiva…
El librito de Tanizaki es, en efecto, una lectura breve y encantadora. Todos los ensayos deberían ser así: sugerentes y ventilados, como el papel de los shōji, como la deliberada y armónica oscuridad del tokonoma. En esos espacios luce más lo blanco, toda esa belleza que surge de lo insignificante. No es necesario que entre la luz en esos espacios, basta con que estén bien ventilados. La brevedad es el aire de las sombras, que permanecen veladas para tolerar la impureza y el paso del tiempo a cambio de mostrar incompleto el rostro de su desperdicio.
Mantener un hogar en tinieblas es como ocultar una verdad. Poco a poco uno va claudicando ante las persianas subidas, las cortinas corridas, las paredes blancas y los mediodías. Tal vez, como dice Tanizaki al final de su librito, sólo se puedan oscurecer las paredes de la literatura, hundir en su sombra lo que es secreto. Sería hermoso tejer palabras para que adquiriesen la serenidad y el artificio de la sombra, su espacio ganado a la luz, su refinamiento, su frío, su tolerancia, hasta adquirir esa pátina sencilla y antigua de espectro benévolo, de misterio amable cuyo sentido permanece latente en la esperanza de no ser nunca revelado…
Hay algo reaccionario en el libro de Tanizaki, pero la belleza lo es; tiene orgullo y vergüenza a partes iguales, y precisa lugares oscuros en los que ocultar sus excesos, seres sometidos, mujeres sin cuerpo, dientes oscuros, cejas depiladas, trazos verdosos en los labios, hilos dorados en la ropa, retretes de madera, impregnaciones grasientas… La impureza se oculta de la luz como el pasado, y sólo quién permanece en ambos resiste el cambio; vive inocente y desnudo, sabiendo que la verdad, como el traje, no es más que una transición entre la sombra y el rostro

jueves, 7 de agosto de 2008

En razón de las circunstancias

“Vino el señor solemne y me encargó un himno. Cuando escribí el himno me salió un responso. Vino el señor solemne y me encargó una arenga. Cuando la escribí me salió un balido. […] Vino el señor solemne y me borró del mapa. Y yo salí inconfeso en otro punto…”. A mi modo he sido himno, responso, arenga y balido, como en este poema de Valente. Me he ido de muchos sitios que fueron palabra y a la vez mentira, dejando un trazo seco de tinta que ha devenido borradura. Salgo ahora inconfeso en otro punto, sin memoria de mi primera fe, sin recuerdo de ese himno que surgió como insumiso responso, pasando luego a cobarde arenga y finalmente a abnegado balido. Nada de lo que permanece es fiel; sólo queda el privilegio de la destrucción, la sencilla, involuntaria acción del tiempo que convierte la tachadura en huella para escarnio del “señor solemne”. Su presencia anuncia la pálida transfiguración de este último balido en renacida muerte…