martes, 26 de agosto de 2008

Carmen et error

Joachim Patinir. Caronte cruzando la laguna estigia

Una vez fui severo con Ovidio; leí su libro de pelo despeinado, las humilladas Tristia, y no le perdoné el perdón solicitado ni acepté que quisiera salvarse sin sus palabras. No me pareció cobarde el miedo sino la tristeza de quien no sabe vivir sin la hiedra de los poetas felices coronando su cabello. Hasta que la compartí no entendí la ingrata piedad de los tristes ni su humillado esfuerzo por regresar a la felicidad de la que tomaron sonoro nombre y dorada efigie. No supe ver que la tristeza teme el despojo hasta la usura y especula con él para poder quedarse en el mismo lugar que la muerte, postrada al pie de los Lares…
El exilio es un lugar sin nombre, donde las palabras se vencen en la humillada retórica de la compasión o caen en el más secreto odio, quedándose entonces sin sintaxis, en la pura crepitación, en el trueno… Quién sabe cuántas veces escupió Ovidio sus adjetivos contra el cielo de Tomis, lamentando lo ilustre, la proximidad de ese alcázar que sólo debería darnos a conocer la soledad de los poderosos, no su justicia. Pero nada de eso nos queda, sólo un recuento de ausencias que acompañan el paso tácito de la edad hacia la muerte y la aplicada retórica de quien cree que para defenderse debe castigarse aún más…
Quien como Ovidio se ve caminando hacia un lugar sin retorno, comprueba que en su fuga lo quema y lo salva todo, pues aquello a lo que renuncia tiene más vida de la que se puede matar. No ejerce su fuerza, sino que lo somete todo a su debilidad; se abandona a la teatralidad del que sufre y escribe esperando el aplauso o la irrisión, pálidos remedos de justicia. El triste prepara su funeral sabiendo que el olvido perdona siempre; para eso escribe su epitafio, a pesar de saber que las palabras no son nunca inocentes y que su rastro indeleble es poema (carmen), pero también error