sábado, 9 de agosto de 2008

Sombras

Hay que habitar las sombras no con la luz, sino con el artificio. Esto lo he aprendido leyendo “El elogio de la sombra” de Tanizaki, mientras el punzante sol de agosto me obliga a mantener la casa en tinieblas. En contraste sólo el ruido ejerce de luz, con esa rara discontinuidad suya, nunca iluminadora, siempre invasiva…
El librito de Tanizaki es, en efecto, una lectura breve y encantadora. Todos los ensayos deberían ser así: sugerentes y ventilados, como el papel de los shōji, como la deliberada y armónica oscuridad del tokonoma. En esos espacios luce más lo blanco, toda esa belleza que surge de lo insignificante. No es necesario que entre la luz en esos espacios, basta con que estén bien ventilados. La brevedad es el aire de las sombras, que permanecen veladas para tolerar la impureza y el paso del tiempo a cambio de mostrar incompleto el rostro de su desperdicio.
Mantener un hogar en tinieblas es como ocultar una verdad. Poco a poco uno va claudicando ante las persianas subidas, las cortinas corridas, las paredes blancas y los mediodías. Tal vez, como dice Tanizaki al final de su librito, sólo se puedan oscurecer las paredes de la literatura, hundir en su sombra lo que es secreto. Sería hermoso tejer palabras para que adquiriesen la serenidad y el artificio de la sombra, su espacio ganado a la luz, su refinamiento, su frío, su tolerancia, hasta adquirir esa pátina sencilla y antigua de espectro benévolo, de misterio amable cuyo sentido permanece latente en la esperanza de no ser nunca revelado…
Hay algo reaccionario en el libro de Tanizaki, pero la belleza lo es; tiene orgullo y vergüenza a partes iguales, y precisa lugares oscuros en los que ocultar sus excesos, seres sometidos, mujeres sin cuerpo, dientes oscuros, cejas depiladas, trazos verdosos en los labios, hilos dorados en la ropa, retretes de madera, impregnaciones grasientas… La impureza se oculta de la luz como el pasado, y sólo quién permanece en ambos resiste el cambio; vive inocente y desnudo, sabiendo que la verdad, como el traje, no es más que una transición entre la sombra y el rostro