martes, 14 de diciembre de 2010

Contra la Belleza

Antoine Bouvard (1870-1956) Le Palais des Doges, Venise

La prensa de estos días reflejaba una vez más la subida de las aguas en Venecia. Nada anormal, a no ser por el registro de una nueva plusmarca anual (1,36 m). Como un atleta, el acqua alta se empeña en superar sus records para sobrevivirse a sí misma. Se desafía para que su propio esfuerzo no se convierta en rutina y de ese modo consiga hacer realidad aquella ensoñación de Paul Morand, quien, en sus años finales, se imaginaba una Venecia tragada por las aguas, con los últimos gatos de San Marcos refugiados en el campanile, con La Salute haciendo de boya para los cargueros y los hombres rana saqueando la caja fuerte de un Hotel sumergido en el Gran Canal. Así esperaba Morand sobrevivir a una ciudad que lo acogió primero como turista y luego como exiliado, después de que el espíritu geométrico de la Historia -ingenuo y falso, pero a la vez implacable- lo expulsara de sus márgenes. Acusado de colaboracionismo en la Francia ocupada de Vichy, Morand se exilió voluntariamente en Suiza (en Saint-Moritz recogería el testimonio furioso e ingrato de otra exiliada voluntaria: Coco Chanel), pero, si hemos de creerle, fue en Venecia donde encontró su verdadero refugio, el único lugar del mundo que no le decepcionaba nunca, y donde un esnob como él podía saciar su curiosidad infinita y continuar con su festín, en el que más pronto o más tarde (los años no perdonan) los corazones dejan de abrirse y los vinos dejan de correr, y todo ello sin que el niño Rimbaud tenga que sentar a la Belleza (una de las lámparas de Ruskin) en sus rodillas para llenarla de insultos. De eso ya se encarga el tiempo, el mismo que nos lleva desde la plenitud de quien aún no conoce ni ama ni siente nada hasta los grandes descubrimientos reservados a la vejez. Por ese camino Morand se va quedando solo, y su fiesta perpetua se instala entonces en el pasado, ya sin nostalgia, con el malestar de un reaccionario que sufre las arengas de los nuevos profetas (“Ayer escuchaba en Ginebra a Marcuse denunciando la felicidad «como objetivamente reaccionaria e inmoral»”), el nirvana de los primeros hippies y la ansiada carne de las mujeres, que se devalúa al ofrecerse como filetes. Leo las quejas del viejo Morand e imagino a un decadente Aschenbach acosado por estos efebos de nuevo cuño, escandalizándose él también de una época en la que el placer ha perdido su corrección de buena familia, el juego discreto y reprimido del deseo y la insatisfacción que, más que un suplicio, es un tenso respeto. De haber sobrevivido hasta alcanzar ese estado de confusión, Aschenbach hubiese tenido que impugnar su concepto de Belleza, tan altivo como ingenuo, y con un lamentable sentido de la transgresión que el tiempo vistió de nobleza para poder respetar así su originalidad. Morand, en cambio, vivirá lo suficiente para no tener que arrepentirse de nada, para mantenerse en ese orgullo, inamovible, sin nostalgia, consciente de que no hay errores, sino infidelidades de la suerte, fuerzas oscuras que mueven el tiempo a nuestro alrededor para hacernos saber que un adicto a la Belleza estará siempre condenado a vivir fuera del tiempo, en un lugar que, como Venecia, hace mentir a la naturaleza y la sobrepasa

jueves, 9 de diciembre de 2010

Crítica de cine

Imagen: "Viaggio in Italia"(1954). Roberto Rosselini
Veo de madrugada Viaggio in Italia, de Roberto Rossellini. Todo lo que ocurre en la noche está lleno de embrujo, pero también de sopor, y esa asociación no se resuelve nunca con una mezcla ponderada de ambos, sino con una escalada del esfuerzo que desemboca finalmente en la indolencia. Es necesario que la película duerma con uno, que descanse dentro de nuestro sopor sin angustiarse, para que luego ocurra el milagro de las imágenes que regresan como aquellos cadáveres rescatados de las ruinas de Pompeya, su molde de yeso restaurando la forma de un cuerpo que asoma a la luz desde la pureza blanca de su muerte…

martes, 7 de diciembre de 2010

Conocimiento y nostalgia

Estudio de Goethe en Weimar
Descubro el libro de J.P.Eckermann, Conversaciones con Goethe; son más de mil páginas, demasiadas para mi musculatura de lector. Tal vez me atreva con ellas, pero no ahora. La obra de Eckermann me remite a otro inabordable templo literario, la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell. Dos monumentos biográficos, 3.000 páginas que se prefiguran como mi Everest de lector. Al pensar en ambos libros miro el calendario, a punto de doblar la esquina y entrar en el nuevo año. La felicidad de los comienzos, de la que hablaba Pavese… Ese tiempo por delante es la felicidad… y también la nostalgia. “Yo sólo tengo la nostalgia de la jungla. Kipling ha ido”, escribe Jules Renard allá por 1.900. Tal vez porque ya entonces no quedaba nada nuevo que descubrir, ningún espacio en blanco en el mapa, la única aventura posible es la nostalgia, esa enfermedad febril, esa angustia de la curiosidad, que encuentra en Baudelaire su producto más acabado. Me atrevería a decir que, ahora mismo, lo que menos me interesa de los libros de Eckermann y Boswell es la figura de sus biografiados. Me importa más el biógrafo en sí, su deformidad de confidente, albacea o detective privado. Me importa descubrir en su obsesivo relato la personalidad de quien escribe sin mundo ni verdad propios, sabiendo que lo mejor de sí mismos está en el porfiado escrutinio de otro ser. Más que una empresa literaria parece una obra de caridad, aunque no se sabe muy bien de quién con quién. En espera de futuras revelaciones boswellianas (y eckermannianas), pongo mi atención en los escritos de Juan Carlos Gómez sobre Witold Gombrowicz. La empresa gombrowiczida promovida como una cruzada por Goma, se me antoja el reverso paródico de la abnegada composición biográfica emprendida por Eckermann y Boswell. Es lo que ocurre cuando el biógrafo se convierte en un mero propagandista, o peor aún, en el sumo sacerdote de una religión absurda, alguien consagrado más al chisme y la venganza que al fiel testimonio. Sin duda hay algo monstruoso en la vida de un ser que se convierte en especialista en otro ser, eso más o menos me respondió en su día el fiel Goma cuando le interrogué a propósito de sus escritos gombrowiczidas, que llegaban puntuales a mi bandeja de correo, como la prensa del día, y que, como la prensa del día, sólo leí distraídamente. Recuerdo al respecto un curioso artículo de Vila-Matas que, leído después de mi peripecia gombrowiczida, se me aparece ahora lleno de presagios. En él V.M. decía sentir que todo lo referido a Gombrowicz le concernía de un modo misterioso e íntimo, no como nos concierne la lectura, sino como nos concierne el destino, por eso aquella relación fugaz que estableció con el fiel Goma -el amigo que el propio Gombrowicz despreció por carta- sólo podía acabar en catástrofe, como todo lo que se sostiene sobre una ficción (como dos Eckermann disputándose a un solo Goethe). Entre escritores, los encuentros no son otra cosa que un choque de ficciones que, a menudo, no se armonizan, sino que entran en conflicto, sobretodo cuando se disputan un legado. Lo inteligente, en estos casos, es hacer como V.M., o como el que suscribe, dejar de entrometerse en la vida, la soledad y los amigos del maestro, y retirarse a ese lugar donde la febril nostalgia hace aún posible el conocimiento.

martes, 30 de noviembre de 2010

Marcar el paso

L'Inhumaine, film de Marcel L'Herbier (1924)

Un hombre de genio no sabe estar en su tiempo, se adelanta o se atrasa, como un reloj desajustado, presa de la innovación o el anacronismo. En un desfile pierde siempre el paso, quedando en evidencia ante la búsqueda de su propio rigor, cuya naturaleza nos resulta esquiva. Pienso, como no, en Jules Renard, un escritor en el que se aúnan, entre otras cosas, los más altos logros del humor surrealista (“Mi alma es un orinal viejo en el que duerme un ojo”) con las más elementales verdades del moralista; Blaise Pascal y Gómez de la Serna, todo en uno. Sorprende que a un hombre como Renard, dedicado a buscar la verdad debajo de las piedras, le tentara (y mucho) el desfile de las Academias, su paso marcado. Y sorprende aún más que esa aspiración no se viera comprometida por una especie de ceguera selectiva que le llevó a despreciar, por ejemplo, el teatro, la pintura o la música de su tiempo. No se lo reprocho. En el patio de butacas uno tiene la sensación de encontrarse a menudo en un medio extraño, sufriendo con un placer que se le impone o que, simplemente, no le es dado descifrar. Renard se acerca a la música como a un animal salvaje, con miedo de sí mismo y de la beata admiración de los demás. Tal vez pretendía que su miedo fuera universal, pero es sólo el secreto que le confiesa a su orinal viejo. Aún así se declara conmovido por la voz de Georgette Leblanc, mujer prolífica, amante de Maeterlinck, escritora de biografías y libros infantiles, actriz de cine y cantante, a la que Renard debió escuchar interpretando piezas de Schubert, o más probablemente aún, de Massenet; tampoco importa, porque lo relevante de su presencia es hacer que la música resulte invisible y el miedo libre, como la ignorancia, montados ambos en la zozobra de una barquita que cabalga sobre olas enormes. El teatro, por su parte, ofende el pudor de la pequeña y discreta vida de Renard con la impostura de los grandes dramas, y aquí no parece haber una Georgette Leblanc que prolongue en un gesto concluyente el rastro invisible de la música. La gran Sarah Bernhardt no vale, es un dios engreído cuyos aspavientos reproducen la estridencia de una orquesta mal afinada… Antes de zozobrar de nuevo en su butaca, Renard confiesa, con cierta indulgencia, que sólo está dispuesto a tolerar el ballet y los dramas de Wagner; los prefiero -dice- porque expresan la vida de otro mundo… Está visto que el miedo que ilustra a Renard no es en absoluto sobrenatural, proviene de aquello que no comprende y que, en el peor de los casos, sólo puede avergonzarle. Tal vez su escritura precisa nazca en parte de esa limitación y de ese desajuste, así que no debemos lamentar en ella la falta de música o el exceso de sinceridad. Al fin y al cabo el único que se significa en la fila es aquel que no sabe marcar debidamente el paso…

L'inhumaine
Cargado por theonlycolino. - Programas de ayer por la noche y clásicos de TV, online.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Tutelas

Claude Monet, Le Petit Ailly, Varengeville, plein soleil (1897)

Un reciente artículo de John Berger sobre Monet (“Monet pinta la fachada de la catedral de Rouen treinta veces, y en cada lienzo capta una nueva transformación, las diferencias producidas por el cambio de la luz. Pinta los mismos dos almiares veinte veces. En unas ocasiones se queda satisfecho; en otras, frustrado. Sin embargo, sigue buscando algo más, decidido a ser cada vez más fiel, pero ¿a qué? ¿Al momento que pasa fugaz? Creo que Monet, como muchos otros artistas innovadores, no sabía en qué consistía exactamente su innovación. O, para ser exactos, no sabía cómo llamar a lo que había logrado. Solo alcanzaba a reconocerlo intuitivamente, para luego volver a dudar”) me devuelve un viejo pensamiento: la tutela inconsciente del genio en la creación artística. Quizás convendría profundizar en lo que Agamben escribe a propósito de ese viejo dios tutelar en sus Profanaciones, ese Genius que no somos nosotros, que es la vida en nosotros, haciendo y deshaciendo a su voluntad y no a la nuestra, dando lugar a algo que tiene representación, pero no necesariamente significado, como el lienzo de Monet referido por Berger. Contra lo que solemos pensar, el genio es un ser desvalido, alguien que no se hace acreedor de ninguno de sus logros y que sólo puede alegrarse de haber sido escogido por ese dios a través del cual lo impersonal se manifiesta, en tensión dialéctica con la vida y la obra. Por supuesto, no sólo de arte vive el Genius, pero es ahí, en el arte, donde tal vez se nos hace más imposible emanciparnos de su tutela, porque el arte, al igual que el dios, no pierde jamás su misterio. Sería tremendamente consolador que el rastro hiriente de nuestras palabras y nuestros actos señalara el camino de regreso hacia ese dios, o por decirlo de otro modo, que el genio fuera el garante de nuestra inconsciencia. Pero la presencia del genio, como apunta Agamben, es como la de un ángel tutelar, una magia residual, un rasgo de ingenuidad que sucumbe al carácter, que es quien, a fin de cuentas, define el estilo de un autor y la gracia de cada criatura.

martes, 23 de noviembre de 2010

indulgere Genio

Italo Svevo (1861-1928)
Tras un momento de exaltación suele venir un periodo de brumoso silencio. La escritura, en ese sentido, no deja de ser otro de esos trastornos bipolares. En plena curva descendente uno se deja atrapar por pensamientos oscuros, con cierta ingenuidad, creyéndose eso que Italo Svevo apuntaba en su Zeno; a saber: que la muerte es un instante de placer, como el acto sexual, y que lo primero que uno hace, después de morirse, es fumarse el cigarrito de después y disolverse en ese humo. La sabiduría del entrañable Zeno está ligada a esa hipocondría. Lejos de amonestarse como enfermo imaginario, uno se compromete con ese nosce te ipsum que adopta la apariencia ingenua del arte, un compendio de vida y dolor, como el que encierra el monstruoso canto de una muchacha humilde, y el peso de un conocimiento atroz; el de quien lleva la muerte como el genio, prendida de su indulgencia…

martes, 16 de noviembre de 2010

Concesiones

Carl Theodor Dreyer (1889 – 1968)

"Las películas populares cumplen una gran misión. Los que viven hacinados esperando una luz en su corazón pueden vivir en esa película toda una semana. Sería insensato y arrogante pensar sólo en el arte, pues el mundo sería muy aburrido. Y algunos encontramos placer en ver las películas que no son tan buenas. Con una envidia mal disimulada miramos los cines abarrotados con esas películas populares"… Viniendo de Dreyer, esta confesión es algo más que una mera concesión que el arte le hace al entretenimiento. Es toda una declaración de amor. El compromiso de Dreyer con su medio de expresión, a todos los niveles, manifiesta una pasión sin límites, inmune a las limitaciones de quien sólo frecuenta el esfuerzo (la lucha inútil del orgullo frente a la impotencia). Para los que carecen de talento, el arte tiene ese fundamento estajanovista. Lo sabía muy bien Jules Renard: Hay que seguir escribiendo siempre, pero nuestra pluma se pasea entre las flores como una abeja hastiada… Por algo se empeñó en convertir la voluntad en una pasión inútil, en una ensoñación romántica, en un escrúpulo…

jueves, 4 de noviembre de 2010

Sesión continua


En lo material, el mundo que Georges Perec retrata en Las cosas (1965) tal vez pertenezca ya al museo más que a la realidad, pero las estrategias pequeñoburguesas que lo construyen y lo dotan son sin duda perdurables, y lo que es peor, progresivas. Forman parte de ese modo de vivir insatisfecho en el que cada conquista revela una carencia nueva, siendo la ausencia de pasado la más evidente de ellas. Lo que más frustra a un rico, viene a decir Perec, es haber tenido que conquistar su status, no haberlo sido desde siempre, desde antes ya de serlo, de forma inmanente, por eso, a la hora de fundar mitologías, los personajes de Perec se reconocen esencialmente en el cine. Uno ha crecido también con el cine, pero no ha nacido con él. Pertenece por tanto a una generación que no puede saltarse sus protocolos y sus periodos de aprendizaje. Esta obligado a conquistar sus dioses y su pasado en una época demasiado fragmentada para alimentar sueños de totalidad, y ya no espera la irrupción de un arte nuevo que sea también un arte propio, fundado con los nuevos balbuceos de su generación, y en el que todavía se le permita a uno ser ecléctico o sectario, como los miembros del disparatado club que quiso tanto a Glenda Garson. Así, las viejas películas se le antojan objetos suntuosos que están ahí, a un paso del museo o del catálogo, como un repertorio flaubertiano que, después de someterse a la estupidez y la curiosidad de un par de hilarantes y ávidos copistas, se enfrenta ahora al gusto ambiguo, la inexperiencia y el respeto torpe de quien ha de conquistar por vez primera su riqueza.

martes, 2 de noviembre de 2010

Un Sócrates mugriento

El despiadado retrato que Renard hace de Verlaine: “El horroroso Verlaine: un Sócrates taciturno y un Diógenes sucio; con algo de perro y de hiena (…) Parece un dios borracho. Lo único que queda de él es nuestro culto. Sobre un traje andrajoso (…) una cabeza de piedra sillar en demolición”. Y sigue… En este apunte veo una perfecta metáfora del estado de la poesía en una encrucijada de siglos. Es como si el paso de Rimbaud por la vida y la obra de Verlaine hubiera dejado a la poesía misma en un lamentable estado de ruina física, apuntando a la desolación naciente de Mallarmé, ese poeta que, en palabras de Robert Lowell, tuvo la fortuna de encontrar un estilo en el que fuera imposible escribir…

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pecados capitales

Cyril Connolly por Richard Avedon

Cuando en 1961 el Sunday Times promovió entre diversos escritores una serie dedicada a los siete pecados capitales, Cyril Connolly escogió su pasión bibliófila para ilustrar la codicia. El resultado es La caída de Jonathan Edax, un delicioso relato que no figura entre lo más granado de su autor, pero en el que Connolly se permitió ajustar cuentas con una pasión, la bibliofilia, que, asegura, no es más que una forma de arruinar el gusto por la literatura (hay otra: la crítica literaria). No es de extrañar que Connolly se mire a sí mismo con ojos viciados; toda su obra está guiada por el desencanto de quien desea algo que no puede conseguir, en su caso escribir una novela. Connolly escribió dos, una de ellas inacabada, pero no es por esos intentos narrativos por lo que se le recuerda -si es que se le recuerda-, sino por su obra crítica y memorialista, por esos dos libros, Enemigos de la promesa y La tumba inquieta, que escribió con aprensivo y errático cálculo de profeta, especulando sobre su perdurabilidad (en ese sentido Connolly es el primer escritor que conozco que le haya puesto fecha de caducidad a sus obras). Sin duda Connolly apuntaba bajo; su disparo no llegaba más allá de una década, aunque no resulta creíble este cálculo en una profesión, la de escritor, impulsada por la vanidad y la necesidad de éxito. Que Connolly fuera un hombre despiadadamente lúcido, como le corresponde a cualquier melancólico, no impide que esperara algo más de sí mismo, o eso al menos quiero pensar. Ahora que le estoy dando vueltas y revueltas al Diario de Jules Renard, me pregunto en qué medida participan ambos, Renard y Connolly, de esa modernidad que ha llegado hasta nuestros días como un fragmentado mosaico de ideas que se realizan al margen de las grandes construcciones narrativas, en pequeñas iluminaciones que quizás no perduren reposadamente en el calendario, como casi todo lo muerto, pero que al menos se mantienen en tensión mientras se decide su suerte. Gran parte de lo que aprecio vive así, en agonía perpetua, y eso me hace prestarle más atención, como si en lugar de leer estuviera cuidando a un enfermo. Los melancólicos encontramos placer en esto, en nuestros pensamientos mórbidos, en nuestra codicia. Sabemos que lo que nos da placer es también lo que nos hace daño y queremos poseer todo aquel dolor que pueda deleitarnos. Algo así le ocurre al singular Jonathan Edax, cuyo pecado capital se desarrolla en un mundo -el de la bibliofilia- en el que la perversidad sirve sobretodo para poner orden y crear una ilusión de totalidad. En ese sentido, Edax es un héroe dotado de ese pathos específico que Walter Benjamin atribuía a todo coleccionista, una sensibilidad ligada a la creación de un patrimonio, a la conservación de la memoria y a la transmisión de su legado. Será por eso que, a pesar de su inclinación a la manipulación, la traición y el robo (lo mismo una primera edición de Auden o Yeats que una tetera georgiana), yo sólo veo su mundo desesperado, siempre al borde de la pérdida, como la cultura, perpetuándose ambos gracias a un linaje de codiciosos…

miércoles, 27 de octubre de 2010

Animal de carga

Jules Renard (1864-1910)
Soportar los años es una pesada carga que, para sobrellevarse, requiere una escritura ligera, lo cual no es sinónimo de trivial. Pienso en el Diario de Jules Renard, que, tenga más o menos páginas, según la edición, posee la gracia de la lectura aleatoria y la estocada fulminante del apunte rápido que evita tantos y tantos de esos circunloquios en los que se nos desangra el vivir. Ya sé que el propio Renard decía aquello de que escribir es asunto de bueyes, en el sentido de acarrear y sufrir, de acumular una carga imposible de trabajo que sirva para que la aparente ligereza del estilo recree no una facilidad sino una tensión, y en ello no veo contradicción alguna, a no ser que entendamos que el destilado aforismo que comprime los días no es más que un regalo que abarata nuestro esfuerzo. En ese caso el journal renardiano sería una colección de trivialidades que brillan de lejos, como bisutería barata, y convendría no acercarse mucho a ellas, no palparlas y sobretodo no vestirlas para no emular esa belleza pobre que deslumbra al diletante. Ser un buey, en la escritura y en la vida, no es otra cosa que prepararse para los momentos de felicidad, que son como la frase breve: vibran como un alambre demasiado tenso y se rompen bajo el peso de nuestro esfuerzo.            

lunes, 25 de octubre de 2010

Making of

Dibujo de Terry Gilliam

En Dialoghi con Leucò, Pavese se enfrascaba en unos poéticos diálogos a propósito de la intervención de los dioses en el destino humano, una intervención que no proporcionaba un significado racional a las fuerzas desatadas de la naturaleza, el dolor o la muerte, pero sí al menos las integraba simbólicamente en la experiencia humana. Ha acaecido algo -dice Pavese por boca de Tiresias- que no es un bien ni un mal, algo sin nombre -el nombre se lo darán después los dioses... Siempre me ha gustado especialmente ese diálogo de ciegos que Pavese propone entre Tiresias y Edipo, en el cual el viejo adivino de Tebas nos refiere una existencia anterior a las palabras, un mundo en el que todo sucede a expensas de la fábula que le da sentido. Los dioses llegan siempre demasiado tarde; ese aprendizaje amargo resume la desesperación con la que vivimos muchos de nuestros fracasos, la mayoría de ellos tan caóticos como para rehuir el lenguaje. Suceden, como la roca contra la cual Tiresias disipa sus disgustos e ilusiones, esa entraña dura e indescifrable que precede al bálsamo del lenguaje. Imagino que algo así debió sentir el bueno de Terry Gilliam tras fracasar en el intento de rodar su Quijote. Quien se decida a ver “Lost in La Mancha”, asistirá a una sucesión de catástrofes (inundaciones, enfermedades, problemas de financiación, etc.) que parecen reclamar precisamente eso: una intervención tardía de los dioses, algún consuelo contra el caos y la entropía en que se resuelve todo. Tal vez esa invocación esté oculta en el infatigable deseo de rodar que manifiesta Gilliam, en el intento de dejar al menos un rastro de imágenes, una presencia dentro del vacío, como escribe Pavese, una ruina que permanezca, más extraña y más vieja que el nombre que le darán los dioses…

lunes, 18 de octubre de 2010

El balance del vacío

Detalle de Un rincón de mesa (1872), de Henri Fantin-Latour

Tal vez sea cierto eso que una vez me contaron de que somos animales adictos al speculum. En todo vemos siempre nuestro propio relato, cuyo hilo nos esforzamos en seguir incluso cuando copiamos un modelo. Nos interesa la vida de los demás en la medida en que es una proyección de la nuestra, en la medida en que el Otro es un ser acabado que nos define y anticipa y de ese modo nos da sentido. Así el Rimbaud de Edmund White, cuyas primeras páginas leía esta mañana. El modelo de ruptura que supone Rimbaud define y anticipa al joven White, un rebelde homosexual que desea abandonar a su familia y realizar ese ideal de camaradería masculina que se remonta al simposio platónico; un ideal que, de la mano del joven Rimbaud, aspira a una más alta servidumbre: la del lenguaje. Así, frente al concepto estético del amor dorio, en el que la sabiduría del viejo acoge y educa a la belleza del joven, aparece un amor puro carente de afecto. De ese modo retrata Pierre Michon al joven Rimbaud, demasiado joven e impaciente, demasiado rebelde para que su belleza sea educada por la sabiduría. Que se lo digan sino al triste Verlaine, víctima de ese “rechazo de un maestro visible” -escribe Michon-,  de esa rebeldía juvenil que  “es algo muy antiguo, como la antigua serpiente en el antiguo manzano, como la lengua que hablamos. Está la lengua que dice “yo”, cuando esa lengua se remonta por encima de todas las criaturas visibles y no se digna dirigirse sino a Dios”… Todo esto parece confirmar el estado de las cosas que plantea Slavoj Žižek, menos histriónico aquí que en su digresión escatológica. Si todo lo que hay en el universo es un equilibrado, silencioso e indiferente vacío, como propone Žižek, no es de extrañar que el amor sea precisamente una alteración de ese equilibrio. El amor, pues, distorsiona el balance del vacío, y de esa violencia no escapa siquiera el Eros espiritualizado con el que Sócrates replicaba a Agatón.

martes, 12 de octubre de 2010

Tiempo largo

Carl Spitzweg "El poeta pobre"

Una leve dolencia otoñal me ha llevado a vivir un par de días en arresto domiciliario. Confieso que la enfermedad es la única postergación que vivo con alivio. Mientras, convaleciente, regreso a la vida, el tiempo deja de pedirme cuentas por los trabajos y los días perdidos y se vuelve complaciente, adulador incluso. En la enfermedad, el tiempo es una madre.
Como contrapartida a esa dulzura mórbida, esta fuga lenta del tiempo que se escapa por el sumidero de las horas inútiles. En la cama subrayo estas palabras de Faulkner: “Te lo entrego (el reloj) no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo”. Eso pretendo hacer a través de la lectura, olvidar el tiempo. Para eso leo, aunque el Faulkner de El ruido y la furia no es lo más adecuado para un convaleciente. En este momento necesito una recompensa inmediata, algo que no premie el mérito, sino que satisfaga la simple necesidad. Es cierto eso de que la enfermedad nos infantiliza, y hasta en los ejercicios intelectuales uno quiere ser ese niño pasivo al que todos premian por su condición tierna y desvalida. Me culpo a mí mismo por abandonar a Faulkner tan pronto, aunque a tiempo de percibir su música coral. No en vano al pasar las páginas pensaba en esa lectura flotante que exige hacer con las palabras lo mismo que con el tiempo: olvidarlas esporádicamente y no agotar las fuerzas tratando de someterlas. Aún así, el trabajo del olvido resulta fatigoso para un enfermo, por eso cierro finalmente el libro y dejo de oír su música. Pero casi de inmediato llega otra, la charanga de Nino Rota anticipando los ojos chispeantes de Giulietta Masina. No sé si el niño del que hablaba antes será capaz de apreciar ese parque de atracciones que es el cine de Fellini, esa oscilación entre lo lúdico y lo perverso que confieren a sus fantasías un carácter onírico en el que se confunden sus deslabazados guiones y mi incipiente fiebre. En cualquier caso, el cine de Fellini le ahorra a uno el trabajo de delirar. Su música, como la de Faulkner, pertenece ya para siempre a esta pereza en la que el tiempo no siente la impaciencia de agotarse.

viernes, 8 de octubre de 2010

Filosofía del trono


Por recomendación de Francisco Sianes, estimado lector de estas breverías, me atrevo a poner aquí este fragmento de una conferencia de Slavoj Zizek. Como iniciación a su arte de filosofar, nada mejor que este breve tratado de escatología. Que les aproveche.

lunes, 4 de octubre de 2010

El ser y el tránsito

Imagen: Robert Doisneau

El mundo no es más que un perpetuo vaivén, escribe Montaigne. Todo se mueve sin descanso... No puedo fijar mi objeto... No pinto el ser; pinto el tránsito... La frase parece hecha a medida de una novela de Patrick Modiano, de uno de esos hombres y mujeres -sobretodo mujeres- que no dejan tras de sí más que una estela y un enigma. Todo lo que creemos que sabemos de ellos es lo que recordamos de algunas personas que pasaron de igual manera por nuestra vida, siguiendo una línea de fuga y dejando abierta la esperanza de que a través de ellas el tiempo no haya rematado aún su tarea de destrucción. En las novelas de Modiano siempre se anhela ese reencuentro en el que parece que el tiempo va a contarnos todo lo que sabe y va a dejarnos pintar por fin el ser después de haber borrado el tránsito. Casi no hace falta decir que ese reencuentro no se produce nunca, porque la mecánica del tiempo es perfecta y para alimentar nuestra esperanza está obligada a ofrecernos un ser incompleto, como aquellos que una vez se sentaron frente a nosotros, tomaron un café, encendieron un cigarrillo... Seres que llegaron, vieron y vencieron... pero nunca se quedaron. Seres que en su constante ir y venir apenas nos dejaron un cuaderno donde escribir y el deseo de fijar en él su tránsito.
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Enlaces (proporcionados por Francisco Sianes)
http://latorredemontaigne.blogspot.com/2010/01/un-jiron-1.html
http://latorredemontaigne.blogspot.com/2010/01/un-jiron-y-2.html

jueves, 30 de septiembre de 2010

Caras y caretas

Marilyn leyendo a Joyce
Cuando supe que Dirk Bogarde, además de actor, era novelista no me sorprendí. De algún modo lo presentía. El sobrio y atildado Bogarde es el perfecto retrato del escritor británico, y durante un tiempo su rostro me sirvió para ponerle cara a todos aquellos escritores ingleses que desconocía, desde E.M.Forster hasta Somerset Maugham, pasando por C.S.Lewis y puede que hasta por el Javier Marías de All Souls. Todos ellos tenían el rostro de Bogarde justo cuando Bogarde empezaba a tener el rostro de Gustav Mahler en aquella película de Visconti. Cada escritor tiene la cara de su obra, aseguraba Julio Ramón Ribeyro en una de sus encantadoras prosas apátridas, acaso sin saber que hay multitud de obras que se pueden leer a la luz de un mismo rostro.
En sentido opuesto, nunca hubiese podido imaginar que tras aquella serie de fotografías de Marilyn Monroe leyendo a Joyce, a Whitman, a Ibsen o al propio Arthur Miller hubiese algo más que una frívola parodia de la figura del lector. Podría hacerse una antológica con todas esas imágenes de Marilyn con un libro en las manos, imágenes de remarcada melancolía que dotan a su personaje de una natural sensualidad. Bien visto, posiblemente esas fotografías de Marilyn lectora sean las que más se aproximen a la imagen que uno tiene del lector apacible. No tan apacible era su hasta ahora desconocida faceta de escritora, tal como revela Anna Strasberg, quien ha compilado los poemas, cartas y notas de la propia Marilyn en un volumen de inmediata publicación. A Marilyn, pues, le ocurre lo que a Gardel, de quien se decía que cantaba mejor después de muerto. Hay mitos que mejoran con la edad, como el propio Gardel, y luego está Marilyn, de quien se sigue esperando todo, como si todo fuese posible en ella, incluidas sus palabras manuscritas. A la luz de estos fragmentos, la poesía desgarrada de un ave nocturna, entiendo mejor todas aquellas fotos de lectora. En ellas Marilyn nos enviaba señales de socorro a través del tiempo. Toda la vida se le fue en eso. Y nosotros haciendo como que no lo sabíamos…

martes, 28 de septiembre de 2010

Triste, solitario y final

Woody Allen (Brooklyn, 1935)

Dicen que Woody Allen ya sólo hace películas tristes. Yo no he tenido ocasión de comprobarlo aún. A estas periferias no llegan sus estrenos, y cuando lo hacen, como en este último “You Will Meet a Tall Dark Stranger”, desaparecen de la cartelera antes de que uno acabe de decidirse a verlos. Hace tiempo, pues, que ya no sigo las derivas del viejo Woody, sus tristezas de hombre menguante (tanto que ya ni aparece en sus películas); en compensación regreso con frecuencia a su antigua risa, con la que he establecido una especie de relación ideal que me parece imposible de destruir. Cuando la noche se hace larga la manta de la risa me la vuelve más corta. Es mejor que una voz que susurra en la radio, mejor que el shopping televisivo y mejor también que los episodios más gamberros de South Park. Por supuesto es mejor que la excursión nocturna a la nevera, en la que uno se arriesga a sentir ese escalofrío que Martin Amis llamaba La información y que es como un presagio de muerte más allá de los cuarenta o el eco de una pesadilla bañada en sudor que uno espera olvidar después de haberse hidratado convenientemente. El problema de la intimidad con la risa es que ésta acabe siendo la culminación de un estilo, como ocurre con el cine de Woody Allen, y cuando la simpatía se adhiere demasiado al estilo, a la larga se acaba destruyendo la relación ideal que tenemos con ese autor. Como recordamos de Oscar Wilde, el estilo y la sinceridad se disputan los asuntos importantes, y a la hora de acreditar nuestros progresos se diría que, al contrario de lo que postulaba el libertino Wilde, la sinceridad derrota siempre al estilo, a juzgar por todo lo que vamos dejando atrás; autores que ya no leemos, películas que no hemos vuelto a ver, música que ya no nos sentimos capaces de escuchar… Me disgustaría seguir este proceso con el cine de Allen, así la vieja risa o su actual tristeza. Ante ellas estoy dispuesto a impugnar ese relato lineal en el que cuentan sobretodo los despojos. Para eso dosifico mis noches de insomnio, para que la risa entre en ellas como una vieja, inalterable amistad.

* * *

(P.S.: Un ejemplo de relación ideal destruida por la excesiva intimidad y también -por qué no decirlo- por la pedantería: el cine de Bergman).

viernes, 24 de septiembre de 2010

Obras menores

Representación de "Maestros Antiguos" a cargo de la Compañía Teatre Romea 

El primer día de otoño me descubre un tiempo de espera. Todo ocurre como tras una lejana detonación, en un instante de luz, esperando a que llegue el eco. De ese modo uno se pierde en el mismo intervalo en el que se extravía todo lo que ayer estaba aquí y hoy aún no ha llegado. Así la novela de Thomas Bernhard, cuya lectura no acaba en la última página. Como ciertas vidas, parece más interesada en su escrutinio que en su resolución y por eso regresa de continuo a sus conjeturas. Tal vez le ocurre lo que ella misma declara en su favor: que su calidad estriba, más que en la obra en sí, en lo mucho y bien que se puede discutir sobre ella, porque esa es la potestad de las obras menores frente a los trazos maestros que enseñan la parte más afinada de un autor: delinear en las fronteras de la imperfección el retrato completo del artista. Como ejemplo valga esta Sonata de Beethoven (Der Sturm. Sonata No.17), una pieza cursi, al decir de Bernhard, su obra más funesta, imprescindible para "discutir" el genio de un artista crispado y monótono en calidad de violento

lunes, 20 de septiembre de 2010

Cabos sueltos


Todo lo que Bernhard propone en Maestros Antiguos; el elogio del fragmento, la abrumadora infelicidad de la vida, el infierno de la infancia, la inutilidad de la memoria, la contemplación superficial de las obras de arte, la búsqueda obsesiva del fracaso, etc., es el reverso irónico de nuestras aspiraciones morales, guiadas siempre por un ingenuo afán de totalidad. Aspiramos a la obra completa, a la vida feliz, al paraíso de la infancia, al éxito y a la memoria ejemplar, pero para sobrevivir a ese proyecto estamos obligados a rechazar todos nuestros logros, especialmente los intelectuales, porque en nuestro camino de perfección la desmesura es el único logro que podemos hacer tangible. Hay en Bernhard una profunda infelicidad que es la consecuencia lógica de nuestra falta de progreso moral, y el arte no escapa a esa tendencia. Se impone un tipo de individuo que, por encima de todo, consiga sobrevivir en el umbral de la imperfección, y para ello lo único que no debe perder nunca es su capacidad de horrorizarse. Extraña paradoja esta: la prescripción del horror como modo de conservar la belleza. Procuraré recordarlo la próxima vez que visite un museo...

viernes, 17 de septiembre de 2010

Enmienda a la totalidad

Thomas Bernhard (1931-1989)

Mañana lluviosa para despedir mis días de asueto. En las casetas de la feria los libros de remate tenían la pátina de polvo humedecida por la lluvia de anoche. El tacto untuoso de sus cubiertas era ciertamente desagradable porque se quedaba en las manos y porque impedía respirar la atrayente carcoma que exhalan los libros viejos. De un tiempo a esta parte a los libros no se les concede el placer de envejecer de forma natural, por eso no me sorprendió encontrar entre el polvo bíblico los Diarios de Iñaki Uriarte, por ejemplo, o la novela del hijo de Romain Gary y Jean Seberg, Alexandre Diego Gary, que arranca con el deseo de una frase irresistible, una frase bien torneada, sáfica y sofisticada, una frase que diera ganas de acariciarla, contra la que uno quisiera acurrucarse, frotarse… Todos los libros deberían empezar así, con el deseo palpable de acariciar la prosa, de cuidar la herramienta de trabajo, aunque luego el objeto de nuestras caricias sea un animal salvaje que saca los dientes y enseña las uñas y que, si nos acercamos mucho, nos araña, nos muerde y nos arranca la carne… Eso suele ocurrir con el animal de la memoria, que de eso trata la novela de Gary. Tal vez, para que la lectura no mortifique nuestra carne, habría que hacer lo que el cascarrabias de Thomas Bernhard apuntaba en Maestros Antiguos, tomarse la lectura en pequeños sorbos, hacer elogio del fragmento, usar esos pedazos no para recomponer la realidad, sino para impugnarla, para lograr una culminación que, en el fondo, es una drástica autolimitación. La vida también lo es, de un modo más natural que la lectura, porque ella misma es una totalidad imperfecta de la que sólo se rescatan fragmentos que es mejor no leer para no tener que someterlos a una revisión defectuosa. Me pregunto ahora si esto es también lo que hago aquí, escribir los fragmentos de una especie de libro caótico y desvalido que funciona como enmienda a la totalidad. De ser así ya puedo asegurar con total certeza que soy hijo de mi tiempo…

martes, 14 de septiembre de 2010

Naïveté

Raymond Isidore en su catedral.

Los pactos entre lector y autor suelen ser abusivos, sobre todo pensando en el lector, que exige muy poco y que, peor aún, lo acepta todo, o casi. En ese sentido me interesa mucho la ambigüedad de algunas consideraciones que Edgardo Franzosini hace en su delicioso librito Raymond Isidore y su catedral, biografía imaginaria de un personaje real, siguiendo la senda marcada por la obra de Marcel Schwob. Viene a decir Franzosini que el excesivo apego a la realidad bien puede acabar en una creación grotesca, y pone como ejemplo el de un supuesto carpintero mexicano que recibe el encargo de hacer un dormitorio exactamente igual al de la fotografía que aparece en un catálogo, siendo así que el fiel carpintero acaba fabricando los muebles en perspectiva, tal como aparecían en el mencionado catálogo. Es cierto que toda biografía ofrece puntos de fuga que invitan a fantasear, a escribir cualquier cosa que no exceda el rigor. Ese es el reto y la limitación: mantener lo real dentro de lo posible. El mecanismo interno del arte es la inocencia, viene a decir Franzosini (y lo secundo), la misma que el autor traduce en osadía y el lector en credulidad, encontrándose ambos de ese modo con su infancia. Pero esa inocencia -no lo olvidemos- deja inerme al lector poco avisado, que no entiende de pactos y sí de muebles en perspectiva. Mal asunto sin embargo si toda obra de arte exige una advertencia dantesca en su frontis, algo que nos avise del frágil territorio que pisamos y de sus pactos efímeros. La verdad de una obra de arte no es prolija, está orientada a la búsqueda antes que a la evidencia, y en eso coincido también con Franzosini cuando afirma que para comprender a fondo a un hombre y su obra, mejor que leer su biografía sería escribirla uno mismo. No está mal esta autosuficiencia creativa como método para descubrir otra de las grandes verdades de este libro: que, en el fondo, el significado escapa a la creación, o dicho de otro modo: que la obra de arte no necesita justificación. En ese sentido resulta enternecedora la humildad de este falso pero posible Raymond Isidore en su encuentro con Picasso, cuando confiesa su incapacidad para entender el significado último de lo que ha creado con sus manos, algo sencillo y colosal: su pequeña maison convertida en catedral en honor de Nuestra Señora de Chartres gracias a su trabajo autodidacta con materiales de deshecho. La confesión desnuda: De ese modo tan sencillo, tan antiretórico, se vuelve sublime lo naïf. Algo que el lector adicto a los pactos abusivos quisiera tener a su favor…

lunes, 13 de septiembre de 2010

Cazando crepúsculos


La ceguera, decía Borges, es como un lento atardecer de verano. Al modo ocurrente de Borges, este es el canto de la belleza que se pierde y que sólo se puede conservar enlatada, si se deja, porque otro argentino genial, Cortázar, ya sabía que los crepúsculos son como elusivos pavos reales: esperan a que les demos la espalda para exhibirse en plenitud. Así es como la belleza y la desafección traban una dialéctica imposible. De los crepúsculos cortazarianos Borges sólo hubiese aprovechado la banda sonora, una sonata para campanita de oveja, golpe de ola o zumbido de moscardón, música apropiada para el apagón gradual de su retina, para el tránsito inmisericorde desde el amarillo -color de asombro y gratitud- hasta un gris blanquecino y brumoso, preludio de la definitiva noche. En su versión completa (imagen y sonido), este atardecer (ver foto) me sirve para imaginar la ironía con la que el ciego Borges hubiese procesado el sinestésico soneto de Rimbaud, qué color hubiesen adquirido aquí los golfos de sombras, las embriagueces sensuales de la sangre, las vibraciones divinas de los mares verduzcos o el supremo clarín de estridencias extrañas. No he podido hacer nada de mayor provecho en estos últimos días de verano, además de volver a estos lugares borrosos, distantes e imprecisos del pasado, donde los recuerdos, como los pavos reales, esconden su plumaje. El tiempo no ha dado para mucho más que esto: cazar crepúsculos y leer a Poe, fingir que me asusto un poco con los terrores de su alma atormentada hasta comprobar lo indestructible que resulta la inocencia de un clásico, algo imposible de trasladar a otro jardín; casi tanto como la resuelta ceguera de Borges, el perfecto atributo de un viajero inmóvil.

jueves, 26 de agosto de 2010

Máquinas solteras

Sigo con la novela de Elizabeth Hardwick. Es desoladora en su realismo. Su mirada sobre toda esa bohemia neoyorkina es minuciosa, precisa, pero carece de piedad. Recuerdo el encanto con el que Woody Allen recreaba esa misma fauna en esa deliciosa obra menor que es  Broadway Danny Rose... Posiblemente no haya nada mejor que la comedia para digerir el caro martirio del artista. La bohemia descrita por Hardwick, sin embargo, está llena de máquinas solteras que resultan estrafalarias, neuróticas, fracasadas e inútiles… juguetes rotos en toda la extensión de la palabra. Entre ellos vaga la propia autora, como una musa inquietante, haciendo de esa soltería su rasgo más acusado, como si la soltería fuese una página en blanco en la que siempre se pudiera escribir algo nuevo. En contraste, el matrimonio es como la propia vida de artista: una experiencia que se vive de mil maneras distintas, pero que sólo se puede contar de una, quizás porque en la mayoría de los casos se vive obligatoriamente, sin voluntad (parece decirnos sin decir). Y sin voluntad no se crea nada nuevo, a no ser que uno sea Robert Walser y sepa ser a la vez sumiso y libre, lo cual resulta muy tranquilizador. Se me ocurre que Walser tal vez sea el único narrador capaz de asumir ese reto rutinario: contar una vida común. Parece fácil: basta con rebajar un poco la propia dignidad y aparentar una ingenuidad indestructible…

lunes, 23 de agosto de 2010

Verbatim

Elizabeth Hardwick & Robert Lowell

De Elizabeth Hardwick sabía lo que no recordaba: la intermitente relación conyugal que mantuvo con Robert Lowell, hombre autodestructivo y excelente poeta (no sé si en este orden) al que leí con ahínco en mi juventud. Todas las horas que dediqué a la poesía de Lowell y a su rocambolesca biografía, sabiendo que una no se entiende sin la otra, lo hice sin percibir el peso real de esta mujer, con la que se casó tras una crisis de fe y anticipando otra: la que le llevaría a consolidar su estilo. No sé si resulta procedente, pero me gusta pensar que se puede unir con una invisible línea de puntos este camino de perfección: crisis religiosa, vida de pareja y creación artística. De ser así, habría que evaluar la verdadera influencia de Elizabeth Hardwick en la construcción del Lowell poeta, materia que (estoy seguro) ya habrá sido convenientemente tratada en uno de esos sesudos estudios biográficos a los que son tan aficionados los anglosajones (y tan poco los latinos, dicho sea de paso).
Ahora que ya recuerdo lo que sé, me permito volver a la lectura, retomando un libro -este Noches insomnes- que empecé hace meses y abandoné de inmediato. «No es el momento», me dije entonces convencido, y cerré en falso esas noches insomnes, a sabiendas de que la idoneidad de cada cosa se establece siempre mediante pactos arbitrarios. Ahora he vuelto a esta lectura con placer -esa clase de placer que premia la inconstancia- y en el placer he reencontrado la memoria. No sabía que en el fondo de ambos buscaba también lo fosilizado, como apunta Hardwick al comienzo de su novela; personas y lugares densos y revestidos de una forma definitiva… Tuve que cerrar de nuevo estas noches insomnes y abrir el libro de poemas de Lowell, el Lowell tardío de Day by Day, donde toda esa densidad que se presume abigarrada en la voz de un poeta discurre hacia una inmediatez que capta/ cosas en el momento y luego expira… Siempre vamos buscando la forma definitiva, siempre anticipamos esa muerte. Las Metamorfosis de Ovidio, como señalaba Alexander Kluge, se construyen sobre ese subtexto: seres que sufren cambian de forma, por eso las instantáneas de Lowell (y la proteica novela de Elizabeth Hardwick) resultan tan consoladoras. En ellas se desprende la última piel de todo lo visible.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El otro Joyce

Portada del libro “Man with four lives”, de William Joyce Cowen (1886-1964)

Recuerdo haber leído en alguna parte que los prólogos de Borges estaban dotados de alguna genialidad depredadora, gracias a la cual terminaban destacando sobre la obra prologada hasta el punto de convertirse, como aquel verso de Quevedo, en nariz superlativa, subrayada aquí no por su monstruosidad, sino por su peculiar pathos. Quién sabe, tal vez esa prominencia sea un rasgo más que añadir a la biografía de un hombre que lo mismo construía laberintos que escribía folletos sobre yogures; tal dedicación denota sobre todo curiosidad, la misma que -imagino- le llevó a leer y luego reseñar una rareza literaria, la novela del desconocido William Joyce Cowen titulada Man with four lives, y ya más tarde a escribir aquellos hermosos y enigmáticos versos en los que quedó encerrada y consagrada la misteriosa Matilde Urbach, esperando cual Dánae la lluvia de oro del hypocrite lecteur. Recuerdo ahora el pasaje de una estupenda novela de Cees Nooteboom en la que se mencionaba la incapacidad de los más bellos textos literarios y las más hermosas músicas para hacernos derramar una simple lágrima, como si las efusiones sentimentales fueran productos exclusivos de un alma acorralada por estímulos primarios… Después de leer Le regret d’Heraclite, uno siente que el misterio también se impone a la belleza como falsificación más inmediata (de nuevo la nariz superlativa), y no debería ser así, porque el enigma desvelado no representa más que la clausura, el final del viaje. Allí donde acaba el hilo de Ariadna no hay nada de interés, un monstruo de sórdida belleza petrificada que, en cualquier caso, es un resto del pasado. De ese misterio, sin embargo, se ocupa el encantador relato de Juan Bonilla que les invito a leer. Después de repasarlo ya puede uno volver a los versos de Borges sin tener que preguntarse por la identidad de esa mujer capaz de alimentar un deseo tan desesperado y reductor, el de un hombre empeñado en multiplicar su muerte para regresar siempre al mismo amor. Para un ser como Borges, temeroso de los espejos y la cópula, no debió resultar fácil tolerar esa restricción: ser todos los hombres menos uno. Esa pequeña resta le sustrajo el infinito.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Una novela decente


Mientras leo Nada que temer, de Julian Barnes, se me va dibujando una sonrisa. Observo con simpatía las elucubraciones del agnóstico Barnes sobre la muerte y no siento vértigo alguno. Ni seriedad. Todo aquello de que la muerte viste con golilla (no recuerdo ya quién lo dijo) contradice la serenidad y el humor pausado de un señor que parece tomar el té mientras diserta con la Parca. Tal vez todo esto resulte algo afectado, pero me gusta saber que no hay superstición que resista una sobremesa de aletargada y jocosa resignación, máxime si ese té se acompaña con bollos de frutas, tostadas calientes con mantequilla y tres clases de mermelada… Con toda esa sobrealimentación resulta imposible conservar un imperio. Por algo decía Cioran que la gastronomía es un refinamiento decadente y alejandrino, propio de una civilización que ha descubierto la lucidez y el reposo… y por tanto la muerte. Pero por muy decadente que sea, un escritor no suele llevar sus meditaciones más graves a la mesa (¿o sí? Ahí están las páginas dedicadas a la comida anual en un restaurante húngaro del Soho), más bien las reserva para el pupitre, donde desgrana una jesuítica y solitaria confesión en la que no faltan las inevitables dosis de intertextualidad, porque de la muerte si que podemos decir con absoluto rigor aquello de que todo lo sabemos entre todos, precisamente porque no sabemos nada. Hay una inquietud que manifiesta Barnes al escribir su libro y que, también en esto, confirma la deformación profesional del escritor: se trata de saber si a fin de cuentas la vida, siendo como es un relato, contiene al menos las satisfacciones propias de una novela decente. No esta mal, aunque habría que saber qué considera Barnes como una novela decente, calificativo este que, aplicado a la vida, no necesita mayor explicación: se asume con el cinismo natural con el que se pregona cualquier virtud. En realidad no creo que haya forma de saber qué cosa es una novela decente. La literatura no necesita mayor elucidación, lo que necesita es sobretodo compromiso. Puede que la escritura sea uno de esos placeres dilatados y decadentes de los que hablaba Cioran, pero de algún modo la tarea de escribir aún conserva algo de esa vitalidad ancestral que precipita el Caos. Hay en la escritura tanta determinación como inconsciencia, la misma que formula preguntas para las que no hay respuesta, como es el caso. Escribir un libro sobre la muerte supone abordar un problema infinito y la mejor forma de hacerlo es sin la desesperación del que aguarda una respuesta; más bien se trata de ganar tiempo y de engañar a la muerte robándole páginas que son minutos, horas, días… años. Al escribir su ars moriendi, un escritor tiene el difícil reto de convertirse en Sherezade y ganarse una noche más entre las mil y una, y todo eso sin estropear la solidez del relato ante el final anunciado. Tal vez estas y no otras sean las expectativas vitales, las satisfacciones de una novela decente…

sábado, 7 de agosto de 2010

ασέβεια

Jean-Leon Gérôme, Friné frente al Aerópago, 1861, Hamburgo, Kunsthalle

Un cuadro que me fascina y una historia que me conmueve; el académico lienzo de Jean-Leon Gérôme y el relato de Friné, musa y amante de Praxíteles, molde escultórico de Afrodita, acusada de impiedad, como Sócrates, aunque con distinta suerte. De Friné se dice que fue salvada in extremis por el orador Hiperides, cuando, agotados todos sus argumentos, desgarró el manto que cubría a la acusada y dejó al descubierto su espléndido desnudo ante los heliastas que la juzgaban (momento que luminosamente recoge el cuadro de Gérôme, juzgado con desdén por la historia del arte). El argumento de la belleza, de su propia belleza física, evocadora de la divinidad, salvó a Friné de correr la misma suerte que Sócrates (ya saben, la cicuta). Descubierta como verdad –verdad como alétheia, en el sentido de desvelar, de mostrar lo oculto-, la belleza resulta así exculpatoria. No cabe duda de que el arte se complace de un modo ingenuo en ese concepto de verdad porque le conviene a sus efectos, no así al Derecho que, a pesar de todo, nos ofrece un correlato tan apasionante como el del mito: el de su desacralización, su evolución desde el mandato divino hasta la coacción, base de la acción jurídica. De ello da cuenta el catedrático Muñoz-Arraco, para quien el mito de Friné narra “la profanación del Derecho y debe reconocérsele en la historia jurídica un lugar propio (como se le ha reconocido también al mito de Tartessos). Es demasiado endeble interpretar todo lo que se nos dice sólo como un topos de equiparación de verdad con belleza, o de las picardías judiciales, lecturas posibles, pero superficiales. Más sólido es ver una referencia esencial sobre el desplazamiento del vigor de lo jurídico, desde una sede sagrada a otra profana”. El verdadero velo de Friné se cae, pues, en el contexto de lo jurídico, haciendo que la belleza del mito resulte aún más fascinante por su amplitud de significados. No es poco mérito del arte, sin embargo, evitar que, en ese desplazamiento de lo sagrado a lo profano, el mito se convierta en mera pieza arqueológica…

martes, 3 de agosto de 2010

Anacronismos

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957)

Me quedo con la copla de Said sobre Lampedusa y Kavafis, ejemplos de autores que -en su parecer- escriben sin conciencia de su tiempo, adelantándose a él con un anacronismo preciosista, muy demodé. Muchas historias de ficción científica encuentran en ese anacronismo su mayor virtud y su principal encanto. Siempre es difícil saber cuál es nuestro tiempo. Vivir de espaldas a él supone habitar un tiempo que, como el Reino, no es de este mundo. Si pudiésemos ver a Lampedusa con los ojos -esto es, con los prejuicios- de un contemporáneo lamentaríamos su silencio, esa negatividad que le hace aparecer como un profeta falso, en sentido bíblico, de aquellos que, al limitar sus acciones, no dejan conocer el alcance de sus obras. La transparencia, pues, no siempre define una virtud, máxime si ésta se proyecta en el tiempo, por eso me gusta imaginar la figura del lector de una manera utópica, como un demiurgo reparador, alguien que recibe toda esa tensión, todo el conflicto que genera una obra poderosa y semirreprimida, como la llama Said, y la armoniza con su pasado.

jueves, 29 de julio de 2010

Piel de toro (sobre héroes sin tumbas)

Imagen: Grabado de Andrés Barajas

Cualquiera que haya seguido la controversia sobre las abolidas tauromaquias se habrá compadecido siquiera un instante del compungido rostro de algunos derrotados, cuya tristeza parece estar en concordancia con aquellas palabras de Nietzsche que aseguraban que “una vida feliz es imposible… Sólo es posible una vida heroica. Para el héroe, la vida más hermosa es madurar para la muerte en combate”. La apreciación vale tanto para el taurino como para el propio toro de lidia, cuya vida sólo es fugazmente hermosa. También lo será a partir de ahora para los seguidores de la fiesta, condenados en lo sucesivo a una vida heroica que no sabemos si madurará hacia el combate o hacia la infancia -como en aquella obra de Bruno Schulz-, donde todo es aún posible. A Jules Renard, en cuyo estimulante diario encontré la cita de Nietzsche, le espantaba la Nada que asoma tras la apoteosis de una vida heroica, y es precisamente eso lo que me interesa y me inquieta, ese heroísmo que, en el fondo es una cosa vacía o, peor aún, el síntoma de una sociedad enferma. Me pregunto si se podría medir la podredumbre de una sociedad, su decadencia moral, en función del número de seres empujados a una vida hermosa, en sentido nietzscheano. Esa sospecha hace que -tauromaquias aparte- uno empiece a mirar con angustia aquellas verdades humildes que, al decir de Conrad, son las únicas que tienen vigencia en este mundo, sabedor de que, tarde o temprano se verá empujado a la irrisión de una vida forzadamente heroica…

lunes, 19 de julio de 2010

Amor verdadero

Federico Fellini en el casting de Casanova

En esa pequeña joya literaria que es Un cuarto propio, Virginia Woolf describía a la perfección el lugar equívoco que la mujer ocupa en la imaginación del hombre; el lugar de una existencia mínima, casi inapreciable, en el que crece un monstruo hermoso y horrible en extremo, tan importante para la imaginación como insignificante para la vida. El tiempo se ha ocupado de hacer algo de justicia proporcionándole a un buen número de mujeres dinero y cuarto propio, algo que a Virginia Woolf le resultaba extremadamente valioso como mujer, pero más aún como escritora. En la imaginación del hombre, sin embargo, la mujer sigue ocupando el mismo lugar velado, aquel que por piedad o miedo oculta a un monstruo. Se diría que este espacio de progreso está pendiente de un verdadero pensamiento negativo, algo parecido a aquel bárbaro ascetismo que Adorno reclamaba para restablecer la ausencia de barbarie. Me arriesgo a decir que Virginia Woolf veía al poeta incapaz de esa barbarie redentora, naciendo como nace su poesía de una semblanza incompleta, de un ser desconocido, objeto de un amor que sin querer se convierte en la expresión más sublimada de esa dominación. Me vienen ahora a la memoria unas palabras de Fellini que parecen corroborar esa impresión. Decía el de Rímini que no podía amar a las mujeres porque lo que en realidad amaba era una idea fantástica de las mujeres… por eso tal vez las puso de nalgas para hacer el interminable casting de La città delle donne, ese elegíaco, divertido y por momentos bochornoso delirio con el que Fellini parece querer congraciarse con el bello sexo, cosa que no consigue, porque cada vez que quiere pedir perdón, Fellini ofende con sus disculpas. Mejor le sale la autocompasión, esa tristeza sonriente del macho declinante que encarna un histriónico Mastroianni. El intento de comprender a las mujeres por parte de Fellini resulta un fracaso clamoroso porque no va más allá de la belleza, como el amor de los poetas, para quienes las mujeres son preciosos misterios que, vistos de cerca, resultan triviales zarandajas domésticas (Pavese dixit)…

miércoles, 14 de julio de 2010

Estilos tardíos

Edward W. Said (1935-2003)

Esta mañana, en un funeral, veía a distancia el féretro ante el altar y mientras cerraba mis oídos al piadoso sermón del sacerdote, pensaba en la apacible serenidad de algunas muertes, su falta de estridencia, su idoneidad, acorde tal vez con el silencioso ruido de su estela vital. Recordé algo de lo que Edward W. Said escribió sobre el estilo tardío; la muerte acompasada al tiempo de su vivir, como una estación del calendario, perfecta y saludablemente encajada en su hora; y frente a esa simetría la muerte entendida como disonancia, como intransigencia, como tensión no serena, como drama… En una especie de visión panóptica, repasé los rostros de los presentes, no muy numerosos, buscando en ellos ese escalofrío de exilio, esa expresión rapsódica e inacabada de nosotros mismos, expulsados por un instante de la idoneidad de nuestro tiempo. Me hubiese gustado ver en alguno de ellos esa luz prodigiosa que revela un estupor que está más allá de la consoladora idea de inmortalidad que todo creyente alberga. Y es que, como bien nos recuerda Said, lo tardío resulta mucho más interesante y productivo como disonancia, como desorden, como corrección de una vida que sólo es capaz de proyectar hacia el futuro esa anomalía. Si queremos que nuestras vidas imiten de verdad al arte tal vez debamos dejar que se expresen tal como se resuelven, abrupta y desgarradamente en lo tardío, asumiendo que si algo hay más productivo que la memoria es la confusión. Ahí queda eso…

miércoles, 30 de junio de 2010

Tiempo muerto

Yukio Mishima (1925-1970) 

Anteayer, mientras leía algo de Mishima, iba tomando notas al margen, de las cuales surgió el anterior post. Así pasan los ángeles, tengan el sexo que tengan, dejando el rastro de su angustiada belleza en los pies de página. Uno vive de esos cadáveres y escribe sobre las cenizas de sus sueños destruidos, retroalimentando así los propios.
Además de tomar notas sobre la belleza y la fealdad del mundo, quien se adentre en las páginas de La corrupción de un ángel, habrá de abandonar toda esperanza, como en la divisa dantesca, pues sabrá ya que con el final del libro llega también la muerte de su autor, y entonces lee y anota con cierta aprensión, como si se estuviera acercando al oscuro borde de un abismo. Como es conocido, el mismo día en que terminó de escribir la novela que cerraba la tetralogía El mar de la fertilidad (25 de noviembre de 1970), Mishima entró en el cuartel de la División Oriental del Ejército con su milicia privada y, después de dirigirse a los presentes exhortándoles a dar un golpe de Estado, y a la vista de su fracaso, se suicidó mediante el rito del seppuku. Esos, más o menos, fueron los hechos.
Ya en frío, con el libro cerrado y la historia olvidada, uno se cuestiona sobre la escrupulosidad de ciertos actos, los trágicos especialmente, pero también los creativos. Siempre sucede lo más secretamente temido -anotaba Pavese en su última página de diario- pero no antes de atar todos los cabos, porque es a través de los actos completos como la voluntad se impone al destino.
Pavese es otro caso singular de belleza y muerte a pie de página. Ricardo Piglia escribió una de sus mejores piezas fantaseando con la semana transcurrida entre la última página del mestiere di vivere y su suicidio en un hotel de Turín. Para llegar al mismo final que Mishima, más solitario y menos patético, pero igual de voluntarioso, Pavese se concede una prórroga, ocho días de atormentado silencio. De ese modo introduce cierta discontinuidad en el drama, un anticlímax misterioso y una ventana abierta a la ficción. Por esa ventana entra Piglia para cuestionarse y cuestionarnos sobre el tiempo de la duda, la expresión de una mente débil, que es la que finalmente nos salva. No sabemos si Pavese dudaba mientras se mantenía en suspenso; Mishima ni siquiera se permitió esa breve zona gris. Al escribir uno se concede todos los segundos oscuros que aguardan por el destino, por eso implora: Oh Tú, ten piedad ¿Y después?... Y después qué ¿El tiempo de la acción? No, el tiempo del perdón y del coraje. El tiempo de la palabra…