lunes, 1 de noviembre de 2010

Pecados capitales

Cyril Connolly por Richard Avedon

Cuando en 1961 el Sunday Times promovió entre diversos escritores una serie dedicada a los siete pecados capitales, Cyril Connolly escogió su pasión bibliófila para ilustrar la codicia. El resultado es La caída de Jonathan Edax, un delicioso relato que no figura entre lo más granado de su autor, pero en el que Connolly se permitió ajustar cuentas con una pasión, la bibliofilia, que, asegura, no es más que una forma de arruinar el gusto por la literatura (hay otra: la crítica literaria). No es de extrañar que Connolly se mire a sí mismo con ojos viciados; toda su obra está guiada por el desencanto de quien desea algo que no puede conseguir, en su caso escribir una novela. Connolly escribió dos, una de ellas inacabada, pero no es por esos intentos narrativos por lo que se le recuerda -si es que se le recuerda-, sino por su obra crítica y memorialista, por esos dos libros, Enemigos de la promesa y La tumba inquieta, que escribió con aprensivo y errático cálculo de profeta, especulando sobre su perdurabilidad (en ese sentido Connolly es el primer escritor que conozco que le haya puesto fecha de caducidad a sus obras). Sin duda Connolly apuntaba bajo; su disparo no llegaba más allá de una década, aunque no resulta creíble este cálculo en una profesión, la de escritor, impulsada por la vanidad y la necesidad de éxito. Que Connolly fuera un hombre despiadadamente lúcido, como le corresponde a cualquier melancólico, no impide que esperara algo más de sí mismo, o eso al menos quiero pensar. Ahora que le estoy dando vueltas y revueltas al Diario de Jules Renard, me pregunto en qué medida participan ambos, Renard y Connolly, de esa modernidad que ha llegado hasta nuestros días como un fragmentado mosaico de ideas que se realizan al margen de las grandes construcciones narrativas, en pequeñas iluminaciones que quizás no perduren reposadamente en el calendario, como casi todo lo muerto, pero que al menos se mantienen en tensión mientras se decide su suerte. Gran parte de lo que aprecio vive así, en agonía perpetua, y eso me hace prestarle más atención, como si en lugar de leer estuviera cuidando a un enfermo. Los melancólicos encontramos placer en esto, en nuestros pensamientos mórbidos, en nuestra codicia. Sabemos que lo que nos da placer es también lo que nos hace daño y queremos poseer todo aquel dolor que pueda deleitarnos. Algo así le ocurre al singular Jonathan Edax, cuyo pecado capital se desarrolla en un mundo -el de la bibliofilia- en el que la perversidad sirve sobretodo para poner orden y crear una ilusión de totalidad. En ese sentido, Edax es un héroe dotado de ese pathos específico que Walter Benjamin atribuía a todo coleccionista, una sensibilidad ligada a la creación de un patrimonio, a la conservación de la memoria y a la transmisión de su legado. Será por eso que, a pesar de su inclinación a la manipulación, la traición y el robo (lo mismo una primera edición de Auden o Yeats que una tetera georgiana), yo sólo veo su mundo desesperado, siempre al borde de la pérdida, como la cultura, perpetuándose ambos gracias a un linaje de codiciosos…