lunes, 29 de noviembre de 2010

Tutelas

Claude Monet, Le Petit Ailly, Varengeville, plein soleil (1897)

Un reciente artículo de John Berger sobre Monet (“Monet pinta la fachada de la catedral de Rouen treinta veces, y en cada lienzo capta una nueva transformación, las diferencias producidas por el cambio de la luz. Pinta los mismos dos almiares veinte veces. En unas ocasiones se queda satisfecho; en otras, frustrado. Sin embargo, sigue buscando algo más, decidido a ser cada vez más fiel, pero ¿a qué? ¿Al momento que pasa fugaz? Creo que Monet, como muchos otros artistas innovadores, no sabía en qué consistía exactamente su innovación. O, para ser exactos, no sabía cómo llamar a lo que había logrado. Solo alcanzaba a reconocerlo intuitivamente, para luego volver a dudar”) me devuelve un viejo pensamiento: la tutela inconsciente del genio en la creación artística. Quizás convendría profundizar en lo que Agamben escribe a propósito de ese viejo dios tutelar en sus Profanaciones, ese Genius que no somos nosotros, que es la vida en nosotros, haciendo y deshaciendo a su voluntad y no a la nuestra, dando lugar a algo que tiene representación, pero no necesariamente significado, como el lienzo de Monet referido por Berger. Contra lo que solemos pensar, el genio es un ser desvalido, alguien que no se hace acreedor de ninguno de sus logros y que sólo puede alegrarse de haber sido escogido por ese dios a través del cual lo impersonal se manifiesta, en tensión dialéctica con la vida y la obra. Por supuesto, no sólo de arte vive el Genius, pero es ahí, en el arte, donde tal vez se nos hace más imposible emanciparnos de su tutela, porque el arte, al igual que el dios, no pierde jamás su misterio. Sería tremendamente consolador que el rastro hiriente de nuestras palabras y nuestros actos señalara el camino de regreso hacia ese dios, o por decirlo de otro modo, que el genio fuera el garante de nuestra inconsciencia. Pero la presencia del genio, como apunta Agamben, es como la de un ángel tutelar, una magia residual, un rasgo de ingenuidad que sucumbe al carácter, que es quien, a fin de cuentas, define el estilo de un autor y la gracia de cada criatura.