jueves, 26 de agosto de 2010

Máquinas solteras

Sigo con la novela de Elizabeth Hardwick. Es desoladora en su realismo. Su mirada sobre toda esa bohemia neoyorkina es minuciosa, precisa, pero carece de piedad. Recuerdo el encanto con el que Woody Allen recreaba esa misma fauna en esa deliciosa obra menor que es  Broadway Danny Rose... Posiblemente no haya nada mejor que la comedia para digerir el caro martirio del artista. La bohemia descrita por Hardwick, sin embargo, está llena de máquinas solteras que resultan estrafalarias, neuróticas, fracasadas e inútiles… juguetes rotos en toda la extensión de la palabra. Entre ellos vaga la propia autora, como una musa inquietante, haciendo de esa soltería su rasgo más acusado, como si la soltería fuese una página en blanco en la que siempre se pudiera escribir algo nuevo. En contraste, el matrimonio es como la propia vida de artista: una experiencia que se vive de mil maneras distintas, pero que sólo se puede contar de una, quizás porque en la mayoría de los casos se vive obligatoriamente, sin voluntad (parece decirnos sin decir). Y sin voluntad no se crea nada nuevo, a no ser que uno sea Robert Walser y sepa ser a la vez sumiso y libre, lo cual resulta muy tranquilizador. Se me ocurre que Walser tal vez sea el único narrador capaz de asumir ese reto rutinario: contar una vida común. Parece fácil: basta con rebajar un poco la propia dignidad y aparentar una ingenuidad indestructible…