lunes, 20 de septiembre de 2010

Cabos sueltos


Todo lo que Bernhard propone en Maestros Antiguos; el elogio del fragmento, la abrumadora infelicidad de la vida, el infierno de la infancia, la inutilidad de la memoria, la contemplación superficial de las obras de arte, la búsqueda obsesiva del fracaso, etc., es el reverso irónico de nuestras aspiraciones morales, guiadas siempre por un ingenuo afán de totalidad. Aspiramos a la obra completa, a la vida feliz, al paraíso de la infancia, al éxito y a la memoria ejemplar, pero para sobrevivir a ese proyecto estamos obligados a rechazar todos nuestros logros, especialmente los intelectuales, porque en nuestro camino de perfección la desmesura es el único logro que podemos hacer tangible. Hay en Bernhard una profunda infelicidad que es la consecuencia lógica de nuestra falta de progreso moral, y el arte no escapa a esa tendencia. Se impone un tipo de individuo que, por encima de todo, consiga sobrevivir en el umbral de la imperfección, y para ello lo único que no debe perder nunca es su capacidad de horrorizarse. Extraña paradoja esta: la prescripción del horror como modo de conservar la belleza. Procuraré recordarlo la próxima vez que visite un museo...