martes, 14 de septiembre de 2010

Naïveté

Raymond Isidore en su catedral.

Los pactos entre lector y autor suelen ser abusivos, sobre todo pensando en el lector, que exige muy poco y que, peor aún, lo acepta todo, o casi. En ese sentido me interesa mucho la ambigüedad de algunas consideraciones que Edgardo Franzosini hace en su delicioso librito Raymond Isidore y su catedral, biografía imaginaria de un personaje real, siguiendo la senda marcada por la obra de Marcel Schwob. Viene a decir Franzosini que el excesivo apego a la realidad bien puede acabar en una creación grotesca, y pone como ejemplo el de un supuesto carpintero mexicano que recibe el encargo de hacer un dormitorio exactamente igual al de la fotografía que aparece en un catálogo, siendo así que el fiel carpintero acaba fabricando los muebles en perspectiva, tal como aparecían en el mencionado catálogo. Es cierto que toda biografía ofrece puntos de fuga que invitan a fantasear, a escribir cualquier cosa que no exceda el rigor. Ese es el reto y la limitación: mantener lo real dentro de lo posible. El mecanismo interno del arte es la inocencia, viene a decir Franzosini (y lo secundo), la misma que el autor traduce en osadía y el lector en credulidad, encontrándose ambos de ese modo con su infancia. Pero esa inocencia -no lo olvidemos- deja inerme al lector poco avisado, que no entiende de pactos y sí de muebles en perspectiva. Mal asunto sin embargo si toda obra de arte exige una advertencia dantesca en su frontis, algo que nos avise del frágil territorio que pisamos y de sus pactos efímeros. La verdad de una obra de arte no es prolija, está orientada a la búsqueda antes que a la evidencia, y en eso coincido también con Franzosini cuando afirma que para comprender a fondo a un hombre y su obra, mejor que leer su biografía sería escribirla uno mismo. No está mal esta autosuficiencia creativa como método para descubrir otra de las grandes verdades de este libro: que, en el fondo, el significado escapa a la creación, o dicho de otro modo: que la obra de arte no necesita justificación. En ese sentido resulta enternecedora la humildad de este falso pero posible Raymond Isidore en su encuentro con Picasso, cuando confiesa su incapacidad para entender el significado último de lo que ha creado con sus manos, algo sencillo y colosal: su pequeña maison convertida en catedral en honor de Nuestra Señora de Chartres gracias a su trabajo autodidacta con materiales de deshecho. La confesión desnuda: De ese modo tan sencillo, tan antiretórico, se vuelve sublime lo naïf. Algo que el lector adicto a los pactos abusivos quisiera tener a su favor…