martes, 28 de septiembre de 2010

Triste, solitario y final

Woody Allen (Brooklyn, 1935)

Dicen que Woody Allen ya sólo hace películas tristes. Yo no he tenido ocasión de comprobarlo aún. A estas periferias no llegan sus estrenos, y cuando lo hacen, como en este último “You Will Meet a Tall Dark Stranger”, desaparecen de la cartelera antes de que uno acabe de decidirse a verlos. Hace tiempo, pues, que ya no sigo las derivas del viejo Woody, sus tristezas de hombre menguante (tanto que ya ni aparece en sus películas); en compensación regreso con frecuencia a su antigua risa, con la que he establecido una especie de relación ideal que me parece imposible de destruir. Cuando la noche se hace larga la manta de la risa me la vuelve más corta. Es mejor que una voz que susurra en la radio, mejor que el shopping televisivo y mejor también que los episodios más gamberros de South Park. Por supuesto es mejor que la excursión nocturna a la nevera, en la que uno se arriesga a sentir ese escalofrío que Martin Amis llamaba La información y que es como un presagio de muerte más allá de los cuarenta o el eco de una pesadilla bañada en sudor que uno espera olvidar después de haberse hidratado convenientemente. El problema de la intimidad con la risa es que ésta acabe siendo la culminación de un estilo, como ocurre con el cine de Woody Allen, y cuando la simpatía se adhiere demasiado al estilo, a la larga se acaba destruyendo la relación ideal que tenemos con ese autor. Como recordamos de Oscar Wilde, el estilo y la sinceridad se disputan los asuntos importantes, y a la hora de acreditar nuestros progresos se diría que, al contrario de lo que postulaba el libertino Wilde, la sinceridad derrota siempre al estilo, a juzgar por todo lo que vamos dejando atrás; autores que ya no leemos, películas que no hemos vuelto a ver, música que ya no nos sentimos capaces de escuchar… Me disgustaría seguir este proceso con el cine de Allen, así la vieja risa o su actual tristeza. Ante ellas estoy dispuesto a impugnar ese relato lineal en el que cuentan sobretodo los despojos. Para eso dosifico mis noches de insomnio, para que la risa entre en ellas como una vieja, inalterable amistad.

* * *

(P.S.: Un ejemplo de relación ideal destruida por la excesiva intimidad y también -por qué no decirlo- por la pedantería: el cine de Bergman).