martes, 7 de diciembre de 2010

Conocimiento y nostalgia

Estudio de Goethe en Weimar
Descubro el libro de J.P.Eckermann, Conversaciones con Goethe; son más de mil páginas, demasiadas para mi musculatura de lector. Tal vez me atreva con ellas, pero no ahora. La obra de Eckermann me remite a otro inabordable templo literario, la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell. Dos monumentos biográficos, 3.000 páginas que se prefiguran como mi Everest de lector. Al pensar en ambos libros miro el calendario, a punto de doblar la esquina y entrar en el nuevo año. La felicidad de los comienzos, de la que hablaba Pavese… Ese tiempo por delante es la felicidad… y también la nostalgia. “Yo sólo tengo la nostalgia de la jungla. Kipling ha ido”, escribe Jules Renard allá por 1.900. Tal vez porque ya entonces no quedaba nada nuevo que descubrir, ningún espacio en blanco en el mapa, la única aventura posible es la nostalgia, esa enfermedad febril, esa angustia de la curiosidad, que encuentra en Baudelaire su producto más acabado. Me atrevería a decir que, ahora mismo, lo que menos me interesa de los libros de Eckermann y Boswell es la figura de sus biografiados. Me importa más el biógrafo en sí, su deformidad de confidente, albacea o detective privado. Me importa descubrir en su obsesivo relato la personalidad de quien escribe sin mundo ni verdad propios, sabiendo que lo mejor de sí mismos está en el porfiado escrutinio de otro ser. Más que una empresa literaria parece una obra de caridad, aunque no se sabe muy bien de quién con quién. En espera de futuras revelaciones boswellianas (y eckermannianas), pongo mi atención en los escritos de Juan Carlos Gómez sobre Witold Gombrowicz. La empresa gombrowiczida promovida como una cruzada por Goma, se me antoja el reverso paródico de la abnegada composición biográfica emprendida por Eckermann y Boswell. Es lo que ocurre cuando el biógrafo se convierte en un mero propagandista, o peor aún, en el sumo sacerdote de una religión absurda, alguien consagrado más al chisme y la venganza que al fiel testimonio. Sin duda hay algo monstruoso en la vida de un ser que se convierte en especialista en otro ser, eso más o menos me respondió en su día el fiel Goma cuando le interrogué a propósito de sus escritos gombrowiczidas, que llegaban puntuales a mi bandeja de correo, como la prensa del día, y que, como la prensa del día, sólo leí distraídamente. Recuerdo al respecto un curioso artículo de Vila-Matas que, leído después de mi peripecia gombrowiczida, se me aparece ahora lleno de presagios. En él V.M. decía sentir que todo lo referido a Gombrowicz le concernía de un modo misterioso e íntimo, no como nos concierne la lectura, sino como nos concierne el destino, por eso aquella relación fugaz que estableció con el fiel Goma -el amigo que el propio Gombrowicz despreció por carta- sólo podía acabar en catástrofe, como todo lo que se sostiene sobre una ficción (como dos Eckermann disputándose a un solo Goethe). Entre escritores, los encuentros no son otra cosa que un choque de ficciones que, a menudo, no se armonizan, sino que entran en conflicto, sobretodo cuando se disputan un legado. Lo inteligente, en estos casos, es hacer como V.M., o como el que suscribe, dejar de entrometerse en la vida, la soledad y los amigos del maestro, y retirarse a ese lugar donde la febril nostalgia hace aún posible el conocimiento.