viernes, 29 de agosto de 2008

Lugares vacíos en la celebración

Un año sin Umbral, eso nos recordaba ayer la prensa, pero sólo aquélla en la que él escribía, la última, que al final siempre es la única. Me lloverán las críticas, pero no dejo de pensar que el Umbral sectariamente recordado era un ser cada vez más reducido a ese tiempo de espera que es la vejez y la columna periodística, ventana abierta a un mundo que, cansado él también de esperar, reduce sus dimensiones a las de un recoleto patio de luces.
Uno no se acuerda mucho de Umbral, pero siente nostalgia de esa universalidad: del trinar de los pájaros en el alambre (del tendedero), de las voces de portera y del olor a estofado, entre otras cosas. Bien pensado, el patio de luces es como el infierno de Dante, una verticalidad suicida en la que se acumula una vida decreciente. La pirámide social no deja de ser un sumidero, y nuestra memoria también lo es; deja a los muertos blasfemando en el abismo de los réprobos y de vez en cuando baja a rescatarlos; se trae su vestuario, pero deja su alma en la oscuridad, quizás para no desmentir a Virgilio (facilis descensus averni, etc.)…
De la muerte de Umbral sólo hacen efeméride sus compañeros de armas, hermanos, primos y demás familia literaria, porque la escritura es ante todo genética, y la memoria, de padres a hijos, es como una de esas reuniones familiares en nochebuena: finge amor y sonrisas mientras devora un cadáver. El amor escribe como mata: por la espalda, pensando que lo único horrible de la muerte es el lugar que deja vacío. Porque de eso se trata al fin y al cabo: de ocupar un lugar. Quien les escribe afronta, en lo suyo, el mismo dilema, sabiendo que el olvido —de sí mismo y del otro— queda pendiente de una engañosa vindicación que lo clausure. En eso estamos, esperando la efeméride y el eterno retorno, alimentando la nostalgia como un cuervo que nos ha de sacar los ojos. Como ven, al final yo también he llegado a mi patio de luces, a mi verticalidad suicida, a mi vejez de escritor sin columna. Desde esas alturas miro con tristeza la vida decreciente de mis páginas en blanco, el lugar que, por respeto, he decidido dejar vacío…