viernes, 3 de octubre de 2008

Días contados

Graffiti de Rimbaud en el templo de Luxor, Egipto


21 de septiembre
En un mercadillo de libros viejos rescato un ejemplar de los Carnets de Camus, editado hacia 1.962. Está como el otoño entrante, tiene todas sus tonalidades, del gris al marrón, un libro lánguido, acaso muerto, hundido en la decadencia como una vela consumida… No en vano entre sus páginas aparece prensada la rosa de Yeats: una postal de París con el nombre y la dirección de quien quizá fue su dueño, un tal Ángelo Martínez; Place Saint Sulpice, 6, 29 juin 1.962. Esa libertad y esa molestia se ha tomado: la de entablar conversación con el tiempo a través de la escritura indolente del dato. Parece una ironía, pero el Sr. Martínez dejó su caligrafía en la misma página donde Camus escribió: «Ecrire (…). Mais ça n’intéresse personne. Ce qui intéresse dans un livre, c’est la marque d’une existence pathétique. Et nos vies ne son jamais pathétiques». Así queda resumido todo, la escritura que señala una vida y la brevedad que huye del patetismo, ya sea sentimental o simplemente grotesco. Es toda una astucia enterrarse en el tiempo para escapar de cualquier postrimería. A Rimbaud no le fue tan bien tras su herético graffiti en el templo de Luxor. El destino se tomó cumplida venganza de su provocación robándole la Musa. Para escapar al destino no hay que ser precoz sino astuto, como el Sr. Martínez; tanto como para convertir el misterio de una vida presumiblemente patética en manifestación irrepetible de una lejanía, y hacerlo así, sin tener que saquear una obra de arte, sin tener que enterrarse como un puñal en su sagrado corazón. Entre Duchamp y Debord, ahí está el Sr. Martínez, sabiendo lo que los demás ignoran: que el tiempo es la obra, y que al contrario que el arte no admite saqueo alguno, porque contiene todas las variantes de la catástrofe.

25 de septiembre
Hoy, al llegar al café, mi mesa habitual estaba ocupada por otra persona, una pequeña contrariedad en mi mundo, aumentada además por el hecho de que el sujeto en cuestión practicaba, como yo, el viejo arte de la caligrafía. Sobre la mesa –«mi» mesa– su pequeña vanitas: varias cuartillas dispuestas como una baraja sobre el tapete (¿el escritor como croupier?), algunos bolígrafos de diferentes colores, un mechero, unas gafas de sol y una enorme jarra de cerveza, ya mediada…
El escritor ¿con cerveza o con café? Ese podría ser el dilema, el to be or not de esta tarde otoñal y serenísima. En eso se queda la literatura. Ausente el fondo, se trata de rehuir también el debate sobre la forma (una mentira radical y desesperante, decía Szentkuthy) para recrearse en la estrategia que hace posible la destrucción, como dos jugadores de ajedrez. Eso es lo que ahora somos, mi vecino y yo; jugamos la misma partida en tableros diferentes. Nuestro mundo de palabras desbordadas parece quieto, esperando un movimiento que lo amenace. Pero no pasará nada, porque ninguno de los dos quiere ser nada, como en aquel verso de Pessoa. Entre ambos sólo cabe una oscura fraternidad y una muda cortesía. Somos diletantes y como tales sólo tenemos tiempo para vigilarnos y refutarnos sin conducirnos a la pregunta abrumadora


26 de septiembre
Me pierdo en los jardines de Campo Grande. Su frondosidad y su trazado circular convierten el jardín en un laberinto donde es tan fácil extraviarse como encontrarse con el pasado. Hay un momento proustiano en toda soledad, incluso en la más expuesta, cuando uno empieza a sospechar que se ha perdido en el bosque y no regresará jamás. El recuerdo, entonces, suplanta al miedo. Cada memento irreal crece al pie de un árbol, lleno de nostalgia y asombro. No hay miedo porque uno sabe que en el fondo el laberinto no es una trampa, sino un juego. Dios juega a los dados mientras el jardinero conjura el azar con arquitecturas frágiles y ornamentales: glorietas, parterres, fuentes… Cada una de esas construcciones es una certeza impar ante la monótona y angustiosa repetición del laberinto. Caminar en círculos es como acecharse por la espalda. Continuidad de los parques. En un trazado circular sólo estamos nosotros, pisándonos los talones y evadiendo el rostro…