domingo, 12 de octubre de 2008

Tomas falsas

Mario de Biasi. Los italianos se giran. Milán, 1954

No conocía a Mario de Biasi hasta que me topé con esta foto suya en una revista. El deseo de saber siempre es anacrónico, así que a menudo uno se hace más sabio a medida que crea un pasado, porque de eso se trata al fin y al cabo. No hay un depósito, un archivo; hay una sopa primordial expuesta a nuestra curiosidad o a nuestra nostalgia y en ella creamos algo que no existe y es sólo nuestro.
De Biasi pertenece más a mi curiosidad que a mi nostalgia. Imposible que yo tenga memoria de aquellas miserias neorrealistas, aunque estén tan bien vestidas como ésta. Ya sé (tengo noticia de ello) que hubo un tiempo en que filmar la realidad era filmar la miseria; de ese modo la realidad incurría en un insólito pleonasmo, porque el lujo siempre es teatral y falso y nada hay en la sopa primordial que anuncie las tiendas de vintage (Oparin debía saberlo).
En cuestiones neorrealistas fotografía y cine van de la mano. Ambos son papel pintado, como decía aquel personaje de Paul Auster. Yo, al igual que él, tiendo a pensar que la fotografía y el cine, cuanto más se acercan a simular la realidad, menos logran representar el mundo. Prefiero sin duda el artificio, el trampantojo, la coreografía… la mentira, y eso me gustaría que fuese este sórdido ballet que componen los italianos cuando se giran. Me gustaría que esta foto milanesa fuese tan falsa como el beso que Doisneau robó en el Hotel de Ville; sólo de ese modo podría ser ejemplar… y hasta romántica, tanto como para imaginar el final de esa escena: la mujer, poderosa, entrando en el bosque de las miradas y dividiendo su mar, como si fuese Moisés… La mentira tolera los finales alternativos, que están ahí, retenidos en el instante como en una absurda enciclopedia cuyo saber se ofrece entero, pero cuyo conocimiento, como bien decía Borges, sólo es una mera posibilidad. Esa posibilidad va unida a la muerte, porque la existencia de cualquier testigo no haría más que menguar ese conocimiento. De su memoria cierta no podríamos extraer belleza alguna; sólo el orden alfabético de las partes y el precio de salida de la subasta…