jueves, 23 de octubre de 2008

Moi, hypocrite lecteur


Pensaba transcribir aquí las copiosas páginas de un diario improvisado, pero he desistido. Son breves sus días, demasiado, y su narración, en cambio, no sabe decir su muerte. Ha sido una semana entera viendo este decorado que cambia de luces entre el amanecer y el ocaso, respirando aire limpio como una herida que sana, el aire de las lejanías, que decía Thomas Mann, el brebaje del Leteo. Imposible venir a esta montaña y no acordarse de ese libro, al fin y al cabo mi lugar de reclusión también fue en su día un sanatorio para tuberculosos. Hay, hubo memoria pues, en este Leteo, pero ni rastro de esa voluptuosidad del enfermo a la que aludía Mann, una forma depravada de la vida. De eso tenía que haber hablado mi diario, de enfermedades depravadas, como el amor o la literatura, de lejanías heridas, como los pinares de San Rafael, un lugar ideal para volver e iniciar un viaje de invierno, incluso ahora, en este templado otoño. Schubert y sus lieder de caminante son algo recios para sentir esa voluptuosidad, pero en este entorno son lo más parecido a la enfermedad que uno puede evocar. En realidad nada aquí es como debe ser, por eso no me extrañan mis renglones torcidos. De eso tal vez tengan la culpa César Aira y su falso diario alpino. Cambiar a Mann por Aira para subir a la montaña es como cambiar el Venusberg por una estación de esquí. Y sin embargo la magia funciona igual, tanto que, entre el revoltijo de objetos uno es capaz de encontrar su enfermedad, su forma depravada de vida. No sé cómo, pero el esfuerzo de Aira por convertir un juguete en un ready-made (empresa sencilla y colosal) me llena de melancolía. Poco a poco, a través de la enumeración y el catálogo voy llegando a una falsa infancia; el cuadro en la pared, el trompe l’oeil en la escalera, el paisaje de Corot, el reloj de Tintín, el teatro de títeres, la casa de muñecas… nada de eso es mío, pero guardo en mi memoria sus correspondientes remedos, en una secreta caja negra, en un cofre que sólo se abre cuando alguien como Aira, valiéndose de una totalidad caótica, moja su magdalena en una taza de camomila. Me gustan las historias sin historia de Aira porque bajo su aparente desaliño late la ambigüedad del fracaso, que no sé si es una manifestación del talento o de la incompetencia (o de un curioso y recurrente sadismo que consiste en abandonar una historia antes de que alcance su mayoría de edad). Porque de eso se trata, de confundir a propósito la chapuza con la iluminación, de convertir cualquier jerarquía en despojo y hacer de la memoria una olvidable fascinación. Sólo así podré regresar a mi mundo, bajar de la montaña y cantar sin duelo «Fremd bin ich eingezogen, Fremd zieh’ ich wieder aus»; o sea: “Llegué como un extraño, como un extraño me marcho". Y aquí no ha pasado nada…