martes, 4 de noviembre de 2008

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Hay momentos, días en que los ánimos viven en cautividad. Días que el calendario mancha de rojo y uno se siente como esa jaula kafkiana que sale a buscar un pájaro, porque de eso se trata, de capturar a un ser salvaje, hermoso, libre y –a poder ser– con un toque de distinción. En días así uno sale a la captura de una pantera como Simone Simon, o se sienta frente al televisor, esperando a que pase un ángel como Audrey Hepburn, vestido para desayunar en Tiffany’s.
Recuerdo otros días de rojo donde la vida sólo recoge el latido intenso de un silencio parecido a la muerte; Bergman está detrás de ellos, como una fiera en reposo, tan inofensiva y brutal que recuerda a un toro afeitado y a su remedo masoquista, capaz tan sólo de gritar o de autoinmolarse. Ahora, de la mano de Audrey, esos silencios tienen coquetería, suntuosidad y un punto de amargura que viste como un perfume. Sólo una mujer así, delgada y triste como una sombra o un reflejo, podía desayunar con diamantes, aunque Capote, dueño del relato original, estuvo a punto de impedirlo; quería meter a Marilyn en el cuerpo de Audrey, algo física y dramáticamente imposible. Marilyn nunca podría ser esa criatura salvaje que, como escribió Capote, sube volando a un árbol a devorar nuestro corazón. La recta intención del azar acierta siempre, entre otras cosas porque se permite la venganza. Sólo Audrey podía desayunar en Tiffany’s, un lugar que es un poco como la Itaca de Kavafis, a él hay que volver siempre, pero de manera compulsiva, sin reparar en gastos y apresurando el camino de vuelta, que siempre es amargo, tanto que su memoria, a menudo, se declara enemiga de la belleza. Nada malo le puede pasar a Audrey cuando se encuentra en Tiffany’s. Así me gusta recordarla, para no tener que quererla tanto como a la Glenda del cuento de Cortázar y anticipar así, en el desánimo, su última e inviolable perfección.
Me quedo ahora en esa secuencia en la que Audrey y Peppard entran en Tiffany’s y se sienten como si estuvieran en el útero de su bienestar. Allí el lujo les protege como una madre, arrullados por una nana de brillos y espejos que siempre mienten. El lujo es como la infancia, algo cuyo valor viene determinado por su carencia, y ésta se incrementa al paso de los días, por eso somos más pobres a medida que nos hacemos más viejos, por eso Tiffany’s se nos convierte de pronto en el Metro-Centre de J. G. Ballard, el último templo de la pesadilla consumista, cuya opulencia puede resultar alienante, pero también redentora (no en vano escribe Ballard que el consumismo es el único sistema político que cumple lo que promete), de modo que por esta vez vamos a pensar que el lujo es como Audrey, un animal salvaje que huye y sube al árbol, así nuestra desesperación dejará de alienarnos y nos hará mirar con nostalgia al cielo, al lugar donde una criatura salvaje devora nuestro corazón…