jueves, 3 de diciembre de 2009

Apenas recuerdo...

Imagen: “El testamento del Doctor Mabuse”, de Fritz Lang (1933)

... mi lectura de Los siete locos (1929), de Roberto Arlt; una novela leída a trompicones y en lugares poco recomendables. Libro y culo de mal asiento, en el que cada lugar era una página distinta, en el que cada página era una taberna errante… Un libro arrugado es el testimonio de un penoso peregrinaje por las mesas de café y el bolsillo de algunos pantalones, pero su memoria, aunque incompleta, es gozosa: en ella se mezclan las epifanías literarias, las bienaventuranzas tabernarias y algunos lugares a los que volver cuando se necesita calmar el dolor.
Hace tiempo que los siete locos de Arlt demandan una lectura más sedentaria y más comprometida con las tristezas de Erdosain y –especialmente– con las locuras del Astrólogo, irónica Sherezade, capaz de llenar las mil y una noches de nuestros desvelos con máximas de Nietzsche y delirios de Raskólnikov, ingredientes que, bien o mal mezclados, le sirven al sectario para preparar una indigesta ensalada rusa [sic] de bolchevismo y fascismo. La irrupción del Astrólogo en la novela de Arlt es abrumadora y terrible; figura gigantesca, rostro romboidal, nariz fracturada, cejas abultadas, ojos profundos y negros, mejillas duras y estriadas… Parece un boxeador, pero es un profeta. De la embrutecida uniformidad de sus rasgos y de su llamativa confusión intelectual sólo podía salir un hombre de acción. Por contraste, cuesta pensar en las dificultades y resistencias que el escritor ha de vencer para exteriorizar la violencia que le atañe: le mot juste. Por eso resulta especialmente trágico cuando estilo y voluntad de poder conciertan sus objetivos.
El recuerdo de la novela de Arlt me vino mientras veía El testamento del Doctor Mabuse (1933), de Fritz Lang. La memoria, como la escritura, es propensa a las analogías, y en la locura del viejo Doctor que reescribe atropelladamente el Apocalipsis en la celda de un psiquiátrico, creí ver la utopía negativa de ese personaje arltiano que desea ser a través del crimen. No sé si estoy en lo cierto. De noche todas las películas son pardas. A pesar de los remilgos del primer cine sonoro y de sus terrores recreados en la filigrana, hay en la película de Lang como un silencio ritual que es la expectativa de ese primer ruido, tan esperado por el cine como la primera palabra de un niño. Pero detrás de toda esa ingenuidad, agazapado, viene el horror moderno, tanto más grande cuanto más invisible. No sé si en su fuero interno Lang y Arlt pretendían ser unos visionarios, pero su flecha del tiempo ha llegado hasta nosotros sin impugnaciones, como suele llegar toda esa fantasía paranoica y especulativa, a la que basta con renovarle el atrezzo para vestirla de actualidad. Lo compruebo ahora, mientras rebusco en las páginas de mi libro arrugado y me pregunto en qué medida su propia utopía se mantiene fiel a lo escrito…