miércoles, 26 de agosto de 2009

Un sabor de exilio

"Tristán e Isolda" (Rogelio Egusquiza)

Escucho a Wagner en una soleada mañana de domingo y no, no me entran ganas de invadir Polonia. Si acaso experimento un ímpetu extraño provocado por toda esa infinitud que fascinó a Nietzsche. El sentimentalismo romántico, tan ridículo como euforizante… su grandeza debería ser cómica para ser verdaderamente trágica, un amor de bufones o de marionetas, y no de superhombres. Pero entonces ¿cómo escribir algo que te deje como un fusil disparado, decía Pavese, todavía sacudido y requemado, vaciado de todo ti mismo?

martes, 18 de agosto de 2009

Al pasar la página

Glenn Gould (1932-1982)

En El malogrado, Bernhard traza un retrato implacable de Glenn Gould, una creación literaria producto tal vez de la admiración, aunque por momentos se parece más a una venganza, una venganza contra la humanidad, que era contra quien le gustaba escribir a Bernhard. También Gould, el Gould de Bernhard, parece odiar a la humanidad y a la vez buscar su purificación, para eso se aparta de su público y aniquila con su perfección a sus contemporáneos, que iban para virtuosos y acaban convirtiéndose en diletantes… o en suicidas, como le ocurre al malogrado Wertheimer. En un centenar largo de páginas, Bernhard, juez implacable, retrata la grandeza y la miseria de la ambición, y a modo de moraleja nos deja el perverso placer de la destrucción, ese refinamiento.
En la tierra baldía de Bernhard aparece Margo Glantz, y con ella Sviatoslav Richter, otro virtuoso del piano que la escritora mexicana retrata como antagonista del Gould bernhardiano. Resulta curioso cómo Glantz hace de Richter el simétrico opuesto de todo lo que Gould era para Bernhard, llevando la divergencia hasta el plagio. Piano contra piano, sus autores hacen de la convivencia de los dos maestros un duelo en las alturas. Así el Gould obsesivo, siniestro, extravagante, arbitrario… encuentra su contrapunto en el Richter modesto, elegante, dúctil, de estilo indefinido, insaciable aprendiz, enérgico, autodidacta. Hasta la postura los enfrenta; Gould toca encorvado, Richter erguido, majestuoso. Y sus efectos secundarios; el silencio, la aniquilación, la atrofia que hacen de Gould un ser monstruoso, se convierten en el caso de Richter en un deliquio stendhaliano, las manos húmedas y el estómago revuelto ante tanta belleza…
El peligro de construir el goce estético sobre una serie de placeres excluyentes podría llevarnos a tener que elegir entre Gould y Richter, o –ya que estamos– entre Bernhard y Glantz (elección ésta mucho menos comprometida). La literatura hace que a menudo lleguen a interesarnos aspectos meramente subsidiarios de otras artes, así que como dijo Mario de Sá-Carneiro antes de tomarse la estricnina, no hagamos ya más literatura, busquemos la aproximación, los puntos de fricción que estimulan o atenúan el antagonismo; busquemos pues a Bach