jueves, 15 de marzo de 2012

Valor de cambio


Conexiones entre El Zahir y El Aleph, de Borges: la muerte de dos mujeres, Teodelina Villar y Beatriz Viterbo, respectivamente, llevan al mismo narrador, el otro Borges, a encontrarse con un objeto misterioso. Uno de ellos, el Zahir, es un objeto en esencia inolvidable, tal vez la metáfora del ser amado, transmutado aquí en una moneda común de veinte centavos. En rigor, no hay metáfora más fluida que la del dinero, que es en sí mismo un objeto cambiante, un repertorio de futuros posibles, dice Borges. Conservar al ser amado debe ser algo así como mantener intacta la posibilidad de esos futuros, y eso se traduce en obsesión, una obsesión que sobrevive al propio objeto, una obsesión que hace que lo ausente sea permanentemente visible, eterno a su modo, hasta la desesperación o la locura. De una manera un tanto morbosa, en estos cuentos se aprecia que Borges es un romántico empedernido, aunque su pasión erótica se diluya en la inimitable fusión de mentalidad matemática, profundidad metafísica y captación poética del mundo que, como reza en la contratapa de mi edición de El Aleph, identifica la estética de la inteligencia borgiana. Donde Borges cree rastrear la sombra de la Rosa y la rasgadura del Velo, no hace más que evocar a su amada muerta. La locura o la santidad son las últimas moradas del amor borgiano, cuyo recuerdo acaba con la complejidad del universo. (…) de miles de apariencias pasaré a una -escribe Borges al final de El Zahir-; de un sueño muy complejo a otro muy simple; de una mujer, pues, a una moneda común de veinte centavos