miércoles, 20 de junio de 2012

Paseos con Carl Seelig

Robert Walser (1878-1956)
Anoche terminé la lectura del libro de Carl Seelig. Me reconfortó la comparación que se hace en el postfacio entre los Paseos con Walser y las Conversaciones con Goethe, obra monumental de Eckermann, es algo que yo mismo iba pensando a medida que pasaban las páginas y se sucedían los años en esa peculiar amistad entre el poeta y su biógrafo, o más afortunadamente, su notario. Siempre me ha intrigado esa abnegación del biógrafo respecto a la figura del biografiado. La suya, más que una labor documental, parece una formación del carácter. Se podría decir que, de algún modo, la biografía es el bildungsroman del escritor que emprende la tarea de inventariar la vida de un personaje. En la escritura de ese libro el escritor encuentra unas normas de conducta, una seguridad y un orden semejantes a los de una carrera militar, algo que, en el caso de Seelig, ayuda a concretar su proverbial filantropía. En ese sentido, en el sentido de hacerse haciendo, no es extraño que la redacción de libros como Paseos o Conversaciones ocupen a su autor durante años y años, pues su tarea no sólo ha de realizarse en el tiempo, sino que además se hace bajo la necesidad de perpetuar su propio orden, al que quizás le sobre bondad en la misma medida en que le falta imaginación.
Esa es la sensación final que me deja el libro de Seelig, la melancolía última de lo que, a pesar de todo, está demasiado atado al tiempo y, por tanto, debe terminar. El conocido desenlace de la existencia walseriana no le resta un ápice de esa melancolía al transcurrir del libro, una melancolía que va in crescendo, como si creara un suspense, y que al final, como apuntaría el propio Walser, se abre enigmáticamente, como una rosa. Si no resultara un poco cursi decirlo, casi se agradece que el libro termine en Navidad, aunque si Walser levantara la cabeza seguro que renegaría de ese sentimentalismo del mismo modo en que renegaba de su propia obra.
La relación desdeñosa, más que conflictiva, que Robert Walser mantenía con su obra, me recuerda mi propio desdén, años atrás, cuando me encontré por primera vez con la narrativa del escritor suizo. Nunca he comprendido bien ese desdén mío, ni la causa ni su necesidad, ligadas ambas, sin duda, a una torpe y apresurada lectura. Conociéndome como me conozco, no sé cómo no fui capaz de sintonizar desde el primer momento con la ingenuidad de los personajes walserianos, una ingenuidad de la que proviene su heroísmo paradójico y su admirable patetismo. Creo que la luz se hizo anoche, leyendo los fieles apuntes de Seelig; este pasaje en concreto: “Considero un mal fundamental de la reciente literatura suiza” -dice Walser- “el que nuestros autores presuman tan ostentosamente de lo amables y bondadosas que son nuestras propias gentes, como si cada uno de ellos fuera un Pestalozzi. La inmerecida seguridad en la que nuestra generación se encuentra desde el cambio de siglo ha producido en los autores unas maneras de maestro de escuela que a veces me resultan directamente repugnantes. Todo rastro de genio demoníaco es reprimido. (…) Sin lo abismal, un artista no es más que algo a medio hacer, una planta de invernadero carente de olor”… Este fragmento, creo yo, resume perfectamente el equívoco sobre el que nació mi peculiar relación con el escritor suizo: el de no haber sido capaz, en un primer momento, de percibir lo abismal por debajo de lo amable, lo demoníaco por debajo de lo bondadoso. Que el genio demoníaco de Walser no fuese evidente para mí, sirvió para que nuestra relación se construyera sobre un malentendido. Y ese malentendido, a su vez, sirvió para diferir el placer malvado -que no perverso- con el que hoy en día degusto sus novelas. La bondad que denuncia Walser pertenece al mismo equívoco que la felicidad, que no es un buen material literario sencillamente porque es autosuficiente y no necesita comentario alguno. Tampoco debería necesitarlo este equívoco que, de una manera desafortunada, me sirvió para atribuirle a Walser las maneras de algo que nunca fue: un maestro de escuela, un pedagogo remilgado.