miércoles, 28 de noviembre de 2012

El estupor

Joan Didion (1934)
En la estela del estupor causado por la reciente muerte de Isabel Núñez, apreciada lectora y comentarista de esta bitácora, he estado leyendo El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Es, sin duda, una lectura muy apropiada para acompañar el duelo, para guardar luto, y lo es no por la empatía que uno espera encontrar en lecturas que se anuncian como consolación, sino por la lucidez con la que su autora aborda los lugares comunes del duelo, sin evitar ni uno solo de sus encuentros fatales. La muerte de un ser querido es un itinerario marcado a fuego, una reordenación de los hechos que desembocan en esa muerte y cuyo sentido (si lo tuviera) parece depender inicialmente de nuestra capacidad para, a partir de ellos, construir una causalidad. Didion lo intenta, vuelve una y otra vez al “lugar del crimen”, la estancia donde su marido se desploma, víctima de un infarto. Ese regreso constante al instante de la muerte, buscando no se sabe qué inasequible clase de rigor o exactitud, revela la incapacidad de la memoria como artefacto de precisión. En ese sentido a Didion le ocurre lo que a aquel personaje de Los adioses, de Onetti (otra lectura apropiada para guardar luto), cuando descubre, frente a un vaso medio vacío, que el pasado no se conserva inmutable, que las orejas más torpes tienen que escuchar el rumor de la arenilla que los pasados escarban para descender, alejarse, cambiar, seguir vivos… Yo diría que la culpa a la que alude Didion y que atenaza al superviviente como correlato punitivo, en el sentido de señalar al viudo/viuda como responsable de no haber podido evitar la muerte del ser querido, nace precisamente de ese rumor de arenilla; es la música del estupor que nos causa lo que sabemos irreparable; el stupor del que hablaba Quignard, ese estado de desolación en el que nuestra conciencia exhibe su oído absoluto, en el que se escuchan los sones asemánticos que turban nuestro pensamiento racional y nos dejan a merced de su música terrible y trágica. El duelo, apunta Didion, necesita atención, y su relato surge de esa atención, más que del apremio del dolor que, a menudo, nos empuja al desahogo y que escribe tantos libros malos. El gran logro de Didion en este libro tal vez sea su capacidad para huir de ese apremio sin haber tenido que acumular a sus espaldas una gran cantidad de tiempo. Un logro que nos sugiere que la distancia con la que deberíamos escribir debería venir marcada por nuestra lucidez, no por nuestra empatía o nuestra temporalidad.