martes, 20 de marzo de 2012

La obra maestra desconocida

Arthur Cravan (1887-¿1918?)
Uno de los muchos ejemplos de los que echar mano para no creer en las casualidades: el texto de Vila-Matas en la prensa de hoy sobre la figura de Arthur Cravan. Uno, que es un firme militante a favor del azar, no lo es tanto porque desconfíe del plan divino, sino porque siente que todo, lo trascendente y lo intrascendente, le ocurre de forma abrupta. La forma en que nos ocurren las cosas, siempre repentina y desastrosa, parece negar esa consoladora y a la vez fatal premeditación, pero el azar, a veces, produce ambiguas coincidencias que hacen desconfiar, y ya se sabe que el primer trabajo del diablo consiste en hacernos creer que no existe. Así ayer, mientras veía la película de Isaki Lacuesta sobre Cravan no podía esperar que, al día siguiente, Vila-Matas se iba a arrancar con un artículo sobre el mismo protagonista ¿Azar? ¿Necesidad?... De Arthur Cravan se sabe tan poco que se cuenta siempre lo mismo; su parentesco con Oscar Wilde, su pendenciera vida de boxeador y su misteriosa muerte de navegante en el Golfo de México. El que quiera saber más tendrá que leer algunos poemas sueltos, las cartas de amor a Mina Loy y los números de la revista Maintenant editados recientemente por Caja Negra y El Olivo Azul. De esas lecturas se pueden destilar algunas frases sueltas («Me levanto londinense y me acuesto asiático». «La pintura es caminar, correr, beber, comer, dormir y hacer las necesidades…». «El genio no es más que una manifestación extravagante del cuerpo») que parecen una bravata más que una iluminación, algo que encaja muy bien con estos tiempos en los que la poesía se hace en la puerta de los retretes, y también con aquéllos, escritos en el mismo palimpsesto. Se pregunta Vila-Matas si una desaparición como la de Cravan puede llegar a ser una verdadera obra de arte, pero eso es tanto como preguntarse por la obra desconocida de Frenhofer, esa especie de bruma sin forma que para ser todo no puede ser nada. Como el azar, el arte deja preguntas sin responder, preguntas que ocurren al borde del desastre o de la idea maravillosa donde la soledad -aseguraba Duchamp- debería ser un divertido naufragio.

jueves, 15 de marzo de 2012

Valor de cambio


Conexiones entre El Zahir y El Aleph, de Borges: la muerte de dos mujeres, Teodelina Villar y Beatriz Viterbo, respectivamente, llevan al mismo narrador, el otro Borges, a encontrarse con un objeto misterioso. Uno de ellos, el Zahir, es un objeto en esencia inolvidable, tal vez la metáfora del ser amado, transmutado aquí en una moneda común de veinte centavos. En rigor, no hay metáfora más fluida que la del dinero, que es en sí mismo un objeto cambiante, un repertorio de futuros posibles, dice Borges. Conservar al ser amado debe ser algo así como mantener intacta la posibilidad de esos futuros, y eso se traduce en obsesión, una obsesión que sobrevive al propio objeto, una obsesión que hace que lo ausente sea permanentemente visible, eterno a su modo, hasta la desesperación o la locura. De una manera un tanto morbosa, en estos cuentos se aprecia que Borges es un romántico empedernido, aunque su pasión erótica se diluya en la inimitable fusión de mentalidad matemática, profundidad metafísica y captación poética del mundo que, como reza en la contratapa de mi edición de El Aleph, identifica la estética de la inteligencia borgiana. Donde Borges cree rastrear la sombra de la Rosa y la rasgadura del Velo, no hace más que evocar a su amada muerta. La locura o la santidad son las últimas moradas del amor borgiano, cuyo recuerdo acaba con la complejidad del universo. (…) de miles de apariencias pasaré a una -escribe Borges al final de El Zahir-; de un sueño muy complejo a otro muy simple; de una mujer, pues, a una moneda común de veinte centavos